sábado, 3 de enero de 2015

GILLES DE RAIS



GILLES DE RAIS
DE LA GLORIA A LA PERVERSIÓN

José Francisco Sastre García

            ¿Qué es lo que hace que un ser humano se convierta en un depredador para los de su propia especie? Y no me refiero ya al mero afán de poder, a las continuas guerras por los recursos, por meros trozos de tierra o por ideas diferentes, a los conflictos sin fin de que somos capaces, sino a cierto afán morboso, perverso, que a algunos los convierte en auténticas bestias salvajes dignas de figurar en cualquier zoológico…
            Vlad Tepes III “El Empalador”, Elizabeth Bathory, Madame Lalaurie, Chikatilo, Jack el Destripador… son una pequeñísima muestra de la cantidad de nombres que se me vienen a la mente al evocar este fenómeno. Aunque pudiera defenderse como una de las posibles explicaciones que sean hijos de una época, no es suficiente para explicar este tipo de conductas, más propias de un desarreglo mental (por utilizar un eufemismo suave) que de una mente racional y sensata; se alude también a cuestiones sociales, familiares, incluso en algunos casos a las altas instancias en las que se desenvuelven estos personajes, que les pueden hacer pensar que son intocables ante las leyes de los hombres y casi ante las de los dioses, pero siguen sin ser explicaciones lo suficientemente convincentes como para poder dar una respuesta satisfactoria a la existencia de estas criaturas (en algunos casos, utilizar el término “seres humanos” no encaja demasiado con la idea que tenemos habitualmente de nuestra especie y lo que contemplamos en estos especímenes).
            En este caso, nos encontramos ante otra de esas criaturas que más parecen demonios salidos del más tenebroso de los infiernos que personas que nacieron y se criaron entre humanos normales. Nos referimos a Gilles de Rais, el hombre del que se dice que dio origen a la leyenda de Barba Azul, el hombre que de luchar junto a Juana de Arco por unos en principio altos ideales, pasó a convertirse en sinónimo del horror y la muerte…

El personaje

            Normalmente conocido como Gilles de Rais (o, en ocasiones, Gilles de Retz), su nombre fue Gilles de Montmorency-Laval, con el título de nobleza de Barón de Rais. Según los registros nació un 10 de septiembre de 1404, en la región de Bretaña, en el castillo de Champtocé, en la que se denominaba la Torre Negra (irónico perfil de lo que sobrevendría posteriormente), y murió el 26 de octubre de 1440 en Nantes, ahorcado por los execrables crímenes que había cometido. A este respecto hay quien apunta a que tal vez naciera en realidad en el castillo de Machecoul. Era hijo de Guy II de Laval y Marie de Craon, uno de los más grandes e ilustres linajes de la Francia del siglo XIV; de hecho, formaban parte de los Pares.
            Al parecer fue la inspiración de Perrault para componer el personaje de uno de sus más célebres cuentos, Barba Azul: del noble se decía que tenía una lustrosa barba negra con reflejos azulados que le habían hecho ganarse tal apelativo.
            Desde pequeño debió mostrar ya las inclinaciones sádicas que lo perseguirían hasta el final de su vida: a él y a su hermano menor René de Susset, al que estuvo muy unido, se les encomendó a diferentes tutores y nodrizas eclesiásticos, que no solían aguantar mucho tiempo en su puesto ante las costumbres y artes que ya demostraba nuestro personaje en sus primeros tiempos.
            La muerte de Guy II marcó a Gilles profundamente: a sus nueve años, durante una partida de caza, el intento de abatir a un verraco se saldó con la embestida furiosa del animal tras haber sido herido, lo que ocasionó que el Par recibiera brutales heridas de los colmillos de la bestia en el estómago: lo que se cuenta acerca de esta historia es que su hijo se quedó ensimismado contemplando cómo se desparramaban la sangre y las entrañas por el suelo, imagen que lo perseguiría hasta el punto de reconstruirla una y otra vez en sus futuras víctimas.
             Su madre no tardaría en seguir a su marido a la tumba. A pesar de que Guy de Rais había dejado en su testamento que la tutela de los niños pasara a un primo suyo, lo que sucedió fue radicalmente distinto: saltándose a la torera esta última voluntad del fallecido, fue el abuelo materno, Jean de Craon, quien se hizo cargo de los pequeños, un noble que se dedicó a envolver a ambos en un halo que no hizo otra cosa que favorecer lo que el destino deparaba para Gilles: narcisismo, soberbia, poder, orgullo… Si además añadimos a este sombrío cuadro que el abuelo, tal vez al comprobar las tendencias maníacas del mayor de sus pupilos, dedicaba más atención a René que a su hermano, no resulta demasiado extraño que nuestro personaje se aislara y se encerrara en la biblioteca familiar, donde pasaría las horas muertas leyendo.
            Fue allí donde encontró la obra de Suetonio, Las Vidas de los Doce Césares, obra que resultaría de una influencia enorme sobre su carácter: pudo comprobar que los hombres más poderosos siempre hacían lo que les apetecía sin dar cuentas a nadie, sin tener en cuenta nada ni a nadie. Tenía muy claro que, aunque joven, estaba llamado a ser Par de Francia como lo había sido su padre. En el volumen citado encontró a los ídolos en los que se basaría: Nerón, Tiberio y Calígula.
            Con tan sólo 14 años, Jean le regaló una armadura fabricada en Milán y le proclamó caballero. Si hasta ese momento ya había estado practicando con la espada, a partir de ahí comenzó a entrenarse aún más duramente, a perfilar sus innatas habilidades para el combate; sin embargo, pronto se cansaría de bregar con peleles de paja, pasando a usar su arma contra todo ser viviente que encontraba a mano: al principio sólo se trató de animales, pero hasta de eso se cansó y se dedicó a las personas: comenzaba ya a practicar algunos delitos de perversión sexual que se acrecentaron cuando, con 15 años, cometió su primer asesinato: entrenando con su amigo Antoin con machetes, en el ardor del combate, sin contenerse un ápice, le clavó su arma en el cuello: no se molestó en llamar para que fuera atendido, sino que se quedó tranquilamente, contemplando cómo el joven se desangraba, disfrutando con la efusión de sangre y la expresión agónica, dolorida, del moribundo. Aunque hubo una investigación, no sirvió de nada: la condición de Gilles como noble del reino y la intervención de su abuelo hicieron que ni este crimen ni los delitos que ya había cometido previamente sirvieran para condenarlo: lo único que se le impuso fue pagar una indemnización a la familia del infortunado Antoin, que hubo de conformarse.
            Jean de Craon debió ser un hombre sin escrúpulos ni piedad, pendiente tan sólo de acrecentar su riqueza y su poder: su nieto lo secundaba en tales andanzas, aunque entre ellos había una gran diferencia: donde Jean era frío y calculador, evaluando todas las circunstancias antes de llevar a cabo una empresa, Gilles era una completa nulidad en asuntos políticos, actuando y dejándose llevar por sus impulsos violentos. Da una idea del comportamiento de ambos sujetos una de las “hazañas” que llevaron a cabo: raptaron a una dama para extorsionar a una gran familia, a lo que ésta respondió enviando a los tres hermanos de la desventurada: tuvieron tan mala fortuna que fueron a su vez capturados por el abuelo y encerrados: uno de ellos murió de hambre.
            Sólo había una manera de que diera rienda suelta a sus instintos criminales sin que por ello acabara condenado por ello: alistarse en el ejército. Jean pretendía convertirlo en un poder a tener en cuenta en el reino, encumbrarlo a lo más alto, por lo que lo presentó a Guillaime La Jumelliers. Éste, tras comprobar las aptitudes del joven, lo puso bajo las órdenes del duque de Bretaña, Juan V, que trataba de resolver los últimos coletazos de la Guerra de Sucesión Bretona entre las familias de los Montforts y los Penthièvres. Aquí es donde comenzaría a labrarse la siniestra fama que siempre lo envolvió: luchaba siempre en la vanguardia de sus tropas, a las que él mismo pagaba, y era objeto tanto de admiración y temor. Admiración por el arrojo que demostraba, rayano en el fanatismo y la locura, y temor porque daba la sensación de estar poseído por el demonio: al parecer se desenvolvía con una rapidez y una fuerza increíbles.
            Cuando acabó la campaña y regresó a casa, tenía ya 17 años. En una demostración de alarde y desprecio por todo y por todos, raptó a su prima de 15 años, Catherine de Thouarscon, azuzado en parte por su abuelo, y la obligó a casarse con él el mismo día de la fechoría, el 24 de abril de 1422. Por este tiempo tenía ya una diabólica apostura: debió ser un joven muy elegante e increíblemente atractivo.
            Si creía que la familia de la muchacha iba a aceptar de buen grado la fusión de las riquezas de Gilles con las suyas, que consistían en varios castillos repartidos por la región, para que se convirtiera en la familia más poderosa de Francia, se equivocó de medio a medio: no aceptaron el matrimonio por entender que se había efectuado bajo coacción, y sobre todo para evitar darle el tremendo poder que aquella malhadada unión suponía.
            El Barón de Rais, al comprobar el desagrado que había suscitado entre la familia de su recién adquirida esposa, montó en cólera y reaccionó a su manera habitual: raptó a su suegra y la mantuvo encerrada indefinidamente, bajo las peores condiciones posibles, hasta que aceptó cederle los castillos que el pedía como dote de los esponsales.
            Durante el tiempo que duró este matrimonio pareció mostrar tendencias homosexuales que intentó encubrir engendrando una hija, Marie, en 1429, siete años después de haberse casado: no mostraba el más mínimo interés por ninguna de las dos, lo que contribuyó a que, al final, Catherine tomara a su hija en brazos y huyera de su marido, refugiándose en uno de los castillos de su padre.
            Después de pasar por las campañas bretonas, nuestro personaje se inclinó en vasallaje ante el por entonces Delfín de Francia, Carlos VII, con el objetivo de embarcarse en la guerra que los enfrentaba a los ingleses y sus aliados borgoñones. El gran chambelán, Georges La Tremoille, había comprobado la gran capacidad para la batalla de Gilles, por lo que abogó para que entrara en el ejército. Por entonces las luchas por el poder eran brutales, y La Tremoille intentaba mantenerse a toda costa en el alto puesto que ocupaba merced fundamentalmente a los éxitos militares.
            Su presentación en el escenario militar contra los ingleses lo acercó en 1429 a un personaje que lo fascinaría por completo, quedando maravillado por su historia y su belleza física: Juana de Arco. Imagínense la idealización que se hizo de ella a tenor de sus palabras: “Cuando la vi por primera vez parecía una llama blanca. Fue en Chinon, al atardecer, el 23 de febrero de 1429. Desde el principio fui su amigo, su campeón. En el momento en que entró en aquella sala, un estigma maligno escapó de mi alma y ante el escepticismo del Delfín y la Corte, yo persistí en creer en su misión divina. En presencia de ella y por ese breve lapso, yo iba en compañía de Dios y mataba por Dios. Al sentir mi voluntad incorporada a la suya, mi inquietud desapareció”.
            Aquí es donde se funden, al menos por un tiempo, las vidas de ambos héroes de la historia francesa: el Delfín les otorgó un pequeño ejército para que liberaran Orleáns del asedio al que la sometían los ingleses. Junto a ellos se alineaban generales como el Conde de Dunois (conocido como el Bastard de Orleáns), el Duque de Alençon y La Hire. Era un sitio que llevaba varios meses devastando la ciudad, pero lo levantaron en ocho días: fueron recibidos en Orleáns de forma triunfal, llegando a verlos todo el mundo como los auténticos salvadores de Francia.
            Y, a la postre, casi podría pensarse que así fue: aunque fuera a la sombra de Juana, el Barón de Rais participó heroicamente en las batallas de Jargeau y Patay, sonadas victorias ante los ingleses.
            Gilles había quedado tan obnubilado ante la figura de la Doncella de Orleáns que llegó a decir que ella era Dios, y que si debía matar ingleses por mandato de Dios así lo haría. Llegó hasta el punto de convertirse en su guardaespaldas personal, en un obsesivo protector que la salvó varias veces el pellejo en medio de la brutalidad de los combates, como en el ataque a París en las postrimerías de 1429.
            En ese momento, la actitud de nuestro personaje resultaba paradójica: por una parte, en la guerra se había mostrado cruel, salvaje e implacable, algo que parecía connatural a la personalidad que llevaba demostrando desde antes; y, sin embargo, él mismo se sentía realizado espiritualmente ante tales barbaridades, debido a la adoración que le inspiraba Juana y el gran servicio que estaba rindiendo a su patria.
            Tras la batalla de París ascendió rápidamente en el escalafón: fue nombrado Mariscal de Francia a la edad de 25 años, el más joven de toda la historia militar francesa. A partir de ese punto consiguió amasar una enorme fortuna y, cuando Carlos VII fue proclamado rey en Reims ese mismo año, el 17 de julio, su escudo de armas se adornó con la flor de lis distintiva de los Grandes de Francia.
            Poco después ocurriría otro hecho que marcaría su existencia profundamente: la captura y condena a muerte de Juana de Arco por parte de los ingleses, que la acusaron de herejía debido a sus visiones de la divinidad; en suma, de servir no a Dios, sino al diablo. Sucedido esto el 31 de mayo de 1431, Gilles acudió a su rey, Carlos V, para que intercediera a favor de la muchacha que le había entregado el reino gracias a sus victorias militares, a lo que éste se negó en redondo. Fue entonces cuando el Baron de Rais pronunció unas duras palabras contra el monarca que, aunque han pasado a la historia, no dejan por ello de estar en el filo de la realidad, puesto que algo así hubiera supuesto la eliminación inmediata de nuestro personaje sin dejarle llegar a los extremos que llegó. Estas palabras, al parecer, fueron las siguientes:  “¿Quién es este rey que niega a su salvadora la posibilidad de ser recuperada de manos inglesas?; Sólo sois un miserable bastardo que se sirvió de la pureza demostrada por la doncella para alcanzar sus fines. ¡Os desprecio!”
            Tras este osado discurso, que insisto, de real le hubiera costado la cabeza, arrancó sus emblemas y se movilizó, contratando a un pequeño ejército de mercenarios para que le ayudaran a liberarla, pero no llegó a tiempo: no hay referencias de lo que pudo suceder, la cuestión es que a pesar de estar muy cerca de Rouen, la población en la que había sido juzgada (aproximadamente unos 25 kilómetros), no pudo evitar que su amiga fuera quemada en la hoguera.
            La Guerra de los Cien Años se acababa para él: su última intervención de la que se tiene constancia fue en la batalla de Lagny, en 1432, en la que el ejército francés resultó victorioso.
            Dicen que las desgracias nunca vienen solas, y ésta no fue una excepción: en 1434, tras una campaña de amparo al Duque de Bourbon contra el Duque de Borgoña, que sitiaba la ciudad de Grancey, La Tremoille cayó en desgracia ante el rey, lo que supuso para el Baron de Rais la pérdida de su condición de Mariscal de Francia; ante semejante hecho, nuestro personaje decidió refugiarse en la región de la Vendée, en su castillo de Tiffauges, donde dieron comienzo los desmanes que acabarían por completo con su carrera: el hecho de no embarcarse en grandes batallas que liberaran sus instintos más oscuros, unido a la circunstancia de que en 1432 su abuelo Jean había muerto, dejándolo en la posición que siempre había envidiado a sus ídolos los Césares, de libertad absoluta para hacer lo que le viniera en gana, se conjugaron para dar paso al monstruo al que todos acabarían temiendo.
            Su personalidad “dicotómica” se agudizó aún más: siendo una persona culta, se dejaba guiar completamente por sus impulsos; y, al mismo tiempo, obsesionado como estaba por el poder y las riquezas, era el más derrochador de los mortales, entregándose a cualquier capricho que se le antojara, por loco, absurdo o caro que pudiera resultar, y pagando por ello lo que hiciese falta y aun más. En toda la historia de Francia no se recuerda un noble que se dedicara a tales fastos y tales despilfarros, a rodearse del lujo y boato que Gilles poseía.
            No paraba en mientes a la hora de conseguir lo que deseaba: se volcó apasionadamente en las artes, especialmente en la música, llegando al punto de alcanzar el éxtasis mientras escuchaba arrobado los cantos gregorianos. Buscaba las mejores voces que se encontraran por toda Francia, y no descansaba hasta que no conseguía que se pusieran a su servicio, dándole igual dónde pudieran encontrarse; así, entre otros, en Poitiers encontró a André Buchet de Vannes y a Jean de Rossignol de La Rochelle; y si traemos a estos dos en particular a colación, es porque fueron dos de los que consiguió pervertir y arrastrar a sus más horrendos actos y orgías.
            Se había rodeado además de numerosos órganos de todas clases, instrumentos que escuchaba con una deleitación rayana en el misticismo o el fanatismo, hasta el punto de mandar construir algunos portátiles para poder disfrutar de su sonido estuviera donde estuviese.
            La exaltación religiosa en la que había caído le guió hasta el cargo de canónigo de Saint-Hilaire-de-Poitiers, rodeándose de una comitiva alucinante: cincuenta eclesiásticos y doscientos caballeros, con sede en la capilla de los Saints Innocents, en Machecoul, una edificación que mandó construir él mismo en un alarde de fastuosidad y máxima ironía de lo que estaba por venir; debía ser todo un espectáculo verlo aparecer…
            No daba la impresión ni la apariencia de un monstruo: se mostraba generoso, hospitalario, y todo el que acudía a él era bien recibido, sin importar cuál fuese su condición: daba igual quién se presentara o el momento que eligiera para hacerlo, siempre tenía una mesa a la que sentarse y casi siempre regalos con los que partir; de esta manera, y con los grandes banquetes que celebraba para intentar recuperar el prestigio perdido desde que fue Mariscal de Francia, fue dilapidando su fortuna. En un alarde de fastuosidad y máxima ironía de lo que estaba por venir, mandó edificar la Capilla de los Santos Inocentes…
            Entre otros actos se dedicaba a crear obras teatrales en las que se representaban las campañas en las que había intervenido con Juana de Arco; una de las más espectaculares fue la recreación de la batalla de Orleáns, en mayo de 1435, durante la cual por el escenario se movieron más de 150 actores, se usaron trajes lujosamente rematados, unidades militares ataviadas con armaduras auténticas y cuadros que simulaban multitudes; el dispendio fue brutal, los asistentes disfrutaron no sólo de la obra sino además de comida y vinos, y no recuperó ni una de las monedas invertidas (al parecer, unas 80.000 coronas de la época), pues la asistencia era gratuita.
            Otra de sus extravagancias fue la de ordenar construir autómatas con la forma de distintos tipos de pájaros, hecho que levantó una enorme curiosidad entre aquellos que lo frecuentaban.
            La fortuna iba menguando de forma ostensible, y no parecía haber manera de mantenerla viva; por ello, comenzó a recurrir a diversos métodos para intentar mantener el tren de vida que estaba llevando: contratos que le resultaron aún más ruinosos, arbitrios… Por fin pareció lograr la colaboración de mercaderes, aposentadores y burgueses, que le prestaron el dinero que necesitaba a unos intereses de auténtica usura; esa generosidad que lo estaba caracterizando hacía que el dinero se le resbalara de entre las manos como agua y se encontrara sin dinero y con grandes deudas.
            Viendo que era imposible mantenerse en aquellas condiciones, llegado a 1437 decidió vender Engrandes y Champtocé por 100.000 escudos a Juan V de Bretaña, una cantidad muy por debajo de su valor real. La ruina se veía inevitable, sus cofres vacíos… Y lo que es peor, quienes habían estado a su alrededor adulándole, disfrutando de sus dispendios, abusando de su generosidad, se apartaron de él, abandonándolo a su suerte.
            En este momento crítico hace su aparición la piedra de toque de quienes, como él, necesitaban desesperadamente riquezas y no tenían la manera de conseguirlas: se vuelve hacia el esoterismo y la alquimia, tratando de alcanzar el secreto de la piedra filosofal, rodeándose de una pléyade de personajes escapados del submundo de las artes arcanas (brujas, nigromantes, alquimistas…), entre los que se pueden contar a sujetos como Guillaume de Sillé, Roger de Brinqueville (Éstos dos primos suyos para más inri), Antonio de Palerno, Heriet, Poitou, Corrillaut…
            Por esta época apareció en su vida un italiano, un florentino de ascendencia francesa llamado Francois Prelatti, un embaucador que lo engañó haciéndole creer que podía llenar sus arcas gracias a los poderes de la magia negra.
            La relación entre ambos llegó a convertirse en algo más que una cuestión de servicio y pago, llegando según se dice a la homosexualidad; mientras tanto, el estafador, visitado frecuentemente por su señor para informarse del estado de las investigaciones, le daba largas que Gilles se creía a pies juntillas, asegurando que a lo largo de sus invocaciones había llegado a ver al demonio, pero que se había desvanecido tan rápido que no había podido pronunciar palabra alguna; para el Baron de Rais, aquello era como la palabra de Dios, máxime teniendo en cuenta el atroz terror que nuestro personaje profesaba al Señor de las Tinieblas.
            Todos los que rodeaban al Señor de Tiffauges se habían puesto de acuerdo para aprovecharse todo lo que pudieran de su crédulo amo: Sillé aportaba todos los materiales para las invocaciones, el padre Eustace Blanchet buscaba a los invocadores (fue él quien llevó a Prelatti), La Riviére aseguró haber visto al demonio bajo la forma de un leopardo durante una invocación en un bosque, Jean Petit creó varios hornos en los que pretendía trabajar con mercurio… Todo esto no hacía más que acrecentar el pavor de Gilles, que se redoblaba con nuevas energías cuando Prelatti salía del cuarto escondido en que realizada sus invocaciones con heridas de todo tipo.
            Aquel estado de cosas no podía durar indefinidamente: el Delfín de Francia, el futuro Luis XI, hizo una visita al Barón de Rais por una orden del rey Carlos V: los hornos fabricados hubieron de ser destruidos de inmediato, pues para este rey la alquimia era otra forma de herejía, y la condena era a muerte.
            Las cosas comenzaban a salirse de madre: en palabras de Huysmans, “Es imposible que el mariscal salga bien de sus empresas —dijo uno de los familiares de Gilles de Rais— si no ofrece al demonio la sangre y los miembros de niños llevados a la muerte. Porque su lectura habitual la constituyen los más ardientes poemas de Ovidio y el relato que hace Suetonio de los criminales sacrificios que exige el rey del infierno. ¿Qué le importa el sacrificio de vidas humanas si adquiere a ese precio el poderío que codicia?”.
            Pero no nos llamemos a engaño: no había sólo una intención de conseguir riquezas en los sacrificios de los infantes, también se escondía detrás de ello el instinto sádico de nuestro personaje, que disfrutaba con las torturas, las agonías y la vista de la sangre y las entrañas de los inocentes…
            Las víctimas de estas hecatombes eran elegidas por todas partes, en pueblos y aldeas siempre lejanos, buscando niños y adolescentes que llevaban al castillo bajo la falsa promesa de hacerlos pajes, aunque también recogían entre las legiones de niños mendigos que por entonces infestaban la región a consecuencia de las orfandades producidas por las guerras; normalmente se encargaban sus cómplices, como Henriet o Poitou, pero en ocasiones era el propio Gilles quien salía de caza, acudiendo con su amabilidad característica a las casas para asegurar a los parientes de sus víctimas que no tenían nada que temer, y que les iba a dar un futuro prometedor. A partir de aquel momento, nada se volvía a saber de las víctimas, y a los requerimientos de las familias afectadas, la respuesta era invariablemente la misma: están bien.
            La gente comenzaba a alarmarse; el Barón de Rais comenzaría a recurrir al rapto. En los ocho años que transcurrieron desde 1432 hasta 1440 llegaron a contabilizarse en Bretaña hasta 1.000 desapariciones de niños de edades comprendidas entre 7 y 10 años.
            El destino de estos desventurados era siempre el mismo: torturas, vejaciones, humillaciones y, al final, el asesinato de los condenados; mientras sus socios en el crimen se dedicaban a quemar los restos para hacer desaparecer las pruebas, él salía al amanecer, recorriendo en solitario las calles, como si hipócritamente se arrepintiera de lo hecho. Y, a tenor de lo sucedido durante el juicio, es posible que así fuera…
            Aunque sus andanzas se centraban en el castillo de Tiffauges, posiblemente para derivar las sospechas que iban creciendo a su alrededor utilizó también los castillos de Machecoul y de Champtocé, y la casa de la Suze, en Nantes.
            No tardarían en aparecer sórdidas historias acerca de la naturaleza de sus actos: en una ocasión unos niños mendigos fueron a pedir limosna y no volvieron a salir de sus posesiones: los violó y los desmembró; se dice que con algunos de ellos practicó la necrofilia, los violó una vez muertos y con las entrañas al aire…
            Cuando asesinaba a alguno de aquellos inocentes los abrazaba con fuerza y se ponía a delirar; le gustaba cortarles la yugular y ver brotar la sangre, contemplación que lo llevaba casi hasta el éxtasis, y algunas veces, cuando estaban en sus últimos instantes, se reía de ellos… En más de una ocasión había jurado partir a Tierra Santa para redimir sus pecados, pero no tardaba mucho tiempo en volver a caer en el salvajismo.
            El clamor popular iba creciendo, y al final alcanzó a las autoridades, que acabaron por tomar cartas en el asunto.
            El final de la ordalía comenzó con el obispo de Nantes, Jean de Malestroit, que inquieto por el malestar que recorría las tierras de Bretaña, se puso a investigar las desapariciones y comprobó que no se trataba de casualidades ni accidentes; y, sobre todo, el descubrimiento de los crímenes de Pilles, o más bien su encausamiento, se debió casi más a la propia naturaleza salvaje del Barón que de otra cosa.
            Nuestro personaje había vendido el castillo de Saint-Etienne-de-Memorte, uno de los últimos que le quedaban, al tesorero de Juan V, Geoffroy Le Farron. Después de ello se enteró de que el señor de Villecigne, un primo suyo, estaba interesado en la misma propiedad y pensó que sería mejor que todo quedara en la familia, pero estaba convencido de que Farron no aceptaría la anulación del contrato, que a su vez había dejado al frente de la construcción a su hermano, el eclesiástico Jean.
            La idea más feliz de Rais fue la de entrar a saco en la iglesia en la que Jean estaba oficiando misa y raptarlo, encerrándolo en Tiffauges, para obligarle a romper el negocio y devolver la propiedad. Evidentemente, algo así no podía permanecer demasiado tiempo en secreto; de hecho, el Duque de Bretaña se enteró casi de inmediato, y a continuación el propio obispo: Juan V envió a su propio hermano, que no era otro que el condestable del rey, a rescatar a Jean Le Farron, mientras él mismo intentaba calmar la irascible personalidad de Gilles.
            El 15 de septiembre de 1440 se acabó todo: a las puertas del castillo de Machecoul, donde por entonces se encontraba el Barón, apareció un grupo armado bajo el mando del capitán Jean Labbé, acompañado por un notario, Robin Guillaumet, que representaba al obispo de Nantes. Las órdenes, firmadas por el propio Duque, eran terminantes.
            Atrapado por fin, el antiguo compañero de armas de Juana de Arco se entregó a sus captores, y junto con él fueron prendidos Prelatti, Blanche, Henriet y Poitou. Sillé y Bricqueville, su primo, habían previsto el final de aquella locura y, recogiendo su parte del botín, habían puesto pies en polvorosa… Cuatro días después de esta detención, el 19, comenzarían los interrogatorios para el juicio contra el Baron de Rais y los horrendos crímenes que se decía que había cometido. Este proceso prosiguió durante el 28 y se extendió hasta octubre, durante los días 8, 11, 13, 15 y 22.
            Los registros de este juicio aún existen, y muestran un alto grado de detalle, lo que nos permite saber con bastante exactitud cómo se desarrolló.
            Su condición de noble hacía que su prisión hubiera de ser acomodada; y aunque al principio se declaró inocente, pasando tan pronto del desprecio y el insulto a los jueces como a la depresión más absoluta, demostrando así que en su mente se escondía un serio trastorno de personalidad, en uno de aquellos arranques aceptó su culpabilidad: el 15 de octubre se arrepentía amargamente de los desaguisados que había cometido. Al parecer, este arrepentimiento tras su contumaz insistencia de inocencia e injurias contra el tribunal se debía no tanto a las torturas, que no llegó a padecer, como a las amenazas de excomunión que le llegaban desde los jueces eclesiásticos, amenazas que pesaban más duramente sobre él que cualquier castigo físico: no podía siquiera imaginar la posibilidad de morir fuera de la gracia de Dios y ser entregado al Diablo para toda la eternidad… Buena prueba de estas afirmaciones la encontramos en las palabras que dirige a Prelatti cuando se cruza con él tras los interrogatorios: “Adiós, François, amigo mío, nunca volveremos a encontrarnos en este mundo. Pido a Dios que te dé paciencia y conocimiento y estoy seguro de que, si tienes paciencia y esperanza en Dios, nos volveremos a ver con gran alegría en el Paraíso. Ruega a Dios por mí y yo rogaré por ti”.
            Más tarde, el 22, explicó con pelos y señales todas y cada una de las aberraciones que había cometido en sus infantiles víctimas ante un jurado eclesiástico presidido por el obispo de Saint-Brieuc. Había de todo: asesinatos, vejaciones, pedofilia, necrofilia, rasgaduras, colgamientos de ganchos, decapitaciones, degollamientos, destripaduras… Incluso llegó a admitir que había bebido la sangre de los niños tanto estando vivos como muertos, y que “necesitaba aquel goce sexual”. Ante la horrorizada audiencia aseguró haber escrito un libro de conjuros, un grimorio, con la sangre de los infantes.
            En compañía de sus cómplices, tan abominables como él, cortaban las cabezas de varios niños recién asesinados, las ensartaban en picas y se dedicaban a contemplarlas, calificándolas hasta decidir cuál consideraban la más bella de todas… Llegaron a afirmar incluso que los resultados de estos concursos los firmaba el propio diablo, al que era capaz de invocar un brujo del grupo llamado Rivière, o al menos a un demonio llamado Barrón, al cual se le presentaban en cruento sacrificio órganos de todo tipo: ojos, corazones… Y todo ello envuelto en una pesadilla atroz plagada de orgías sexuales en las que corría el alcohol como si fuera agua.
            Todo el reino quedó aterrorizado ante las atroces confesiones que el Barón de Rais estaba poniendo en claro: ¿cómo era posible que uno de sus mayores héroes, uno de los que acompañó a Juana de Arco en su lucha contra el pérfido inglés para liberar el suelo patrio, pudiera ser tan vil y bárbaro? ¿Cómo era posible que ningún ser humano pudiera cometer tales atrocidades?
            El resultado final del juicio fue la declaración de alrededor de 200 víctimas, aunque por el tiempo y las prácticas de Gilles es bastante probable que fueran muchas más. De hecho, según se desprende de los textos, en la aldea de Tiffauges dejó de haber niños, al igual que en La Suze; en Champtocé se encontraron multitud de cadáveres en el foso de una torre; y aún más, a comienzos del siglo XX un médico que acudió a Tiffauges descubrió una mazmorra en la que yacían montones de cabezas y huesos… Con esta perspectiva, incluso hablar de mil víctimas parece quedarse corto…
            En cualquier caso, la sentencia fue inapelable: se le encontró culpable de asesinato, sodomía y herejía.
            Hasta qué punto llegaría el horror que se extendió al escuchar sus palabras que el propio Malestroit llegó incluso a tapar el rostro de Jesús del crucifijo que presidía la sala por la vergüenza que debía sentir el propio Hijo de Dios ante aquella sarta de obscenidades. Y, por supuesto, no pueden faltar los episodios más sorprendentes: las crónicas de la época hablaron de que a través de las paredes llegó a manar sangre que se deslizó lentamente hacia el suelo como si con ello se buscara la redención del reo o, tal vez, su condena más absoluta.
            El trastorno de personalidad del Barón debía ser extremado: mostró tal arrepentimiento ante la Corte que lo juzgaba que llegó al punto de que mucha gente, tanto religiosos como laicos, llegó a tenerle compasión: llegados a este punto, se le concedió la gracia de que a su lugar de ejecución lo acompañara una comitiva. Por ser Par de Francia se le había ofrecido la gracia real, conmutarle la pena de muerte, pero la había rechazado.
            Así las cosas, el 26 de octubre, en Nantes, fue conducido al lugar donde sería ahorcado y posteriormente quemado en la hoguera, el Prado de la Madeleine. A petición del Mariscal, no llegó a la segunda parte de la sentencia, sino que a su cuerpo se le dio sepultura solemnemente en la iglesia de las carmelitas de esa ciudad.
            Como muestra de las brutalidades que llegó a cometer, a continuación mostraremos sus declaraciones ante el tribunal que lo juzgó:
“Yo, Gilles de Rais, confieso que todo de lo que se me acusa es verdad. Es cierto que he cometido las más repugnantes ofensas contra muchos seres inocentes —niños y niñas— y que en el curso de muchos años he raptado o hecho raptar a un gran número de ellos —aún más vergonzosamente he de confesar que no recuerdo el número exacto— y que los he matado con mi propia mano o hecho que otros mataran, y que he cometido con ellos muchos crímenes y pecados.
Confieso que maté a esos niños y niñas de distintas maneras y haciendo uso de diferentes métodos de tortura: a algunos les separé la cabeza del cuerpo, utilizando dagas y cuchillos; con otros usé palos y otros instrumentos de azote, dándoles en la cabeza golpes violentos; a otros los até con cuerdas y sogas y los colgué de puertas y vigas hasta que se ahogaron. Confieso que experimenté placer en herirlos y matarlos así. Gozaba en destruir la inocencia y en profanar la virginidad. Sentía un gran deleite al estrangular a niños de corta edad incluso cuando esos niños descubrían los primeros placeres y dolores de su carne inocente.
Contemplaba a aquellos que poseían hermosa cabeza y proporcionados miembros para después abrir sus cuerpos y deleitarme a la vista de sus órganos internos y muy a menudo, cuando los muchachos estaban ya muriendo, me sentaba sobre sus estómagos, y me complacía ver su agonía...
Me gustaba ver correr la sangre, me proporcionaba un gran placer. Recuerdo que desde mi infancia los más grandes placeres me parecían terribles. Es decir, el Apocalipsis era lo único que me interesaba. Creí en el infierno antes de poder creer en el Cielo. Uno se cansa y aburre de lo ordinario. Empecé matando porque estaba aburrido y continué haciéndolo porque me gustaba desahogar mis energías. En el campo de batalla el hombre nunca desobedece y la tierra toda empapada de sangre es como un inmenso altar en el cual todo lo que tiene vida se inmola interminablemente, hasta la misma muerte de la muerte en sí. La muerte se convirtió en mi divinidad, mi sagrada y absoluta belleza. He estado viviendo con la muerte desde que me di cuenta de que podía respirar. Mi juego por excelencia es imaginarme muerto y roído por los gusanos.
Yo soy una de esas personas para quienes todo lo que está relacionado con la muerte y el sufrimiento tiene una atracción dulce y misteriosa, una fuerza terrible que empuja hacia abajo. (...) Si lo pudiera describir o expresar, probablemente no habría pecado nunca. Yo hice lo que otros hombres sueñan. Yo soy vuestra pesadilla”.
Durante todo el tiempo que duró el despilfarro y la locura, el hermano menor de Gilles, René, se esforzaba por salvar todo lo que pudiera del patrimonio familiar, que el Barón había estado dilapidando como si no existiera un mañana, vendiendo posesiones a medida que necesitaba dinero para poder seguir costeando sus aberraciones; por fin, consiguió que el rey le prestara su ayuda: firmó un edicto mediante el cual Rais ya no podría seguir deshaciéndose alegremente de sus posesiones. A la postre, René alcanzó a comprar Machecoul, pero más le hubiera valido no hacerlo: cuando entró en su nueva posesión se encontró con los cadáveres y esqueletos de 50 niños. Convencido de que si lo contaba tal descubrimiento podría volverse contra él, intentó silenciarlo…

Consideraciones

·         En base a los actos y palabras de Gilles de Rais, se dice de él que probablemente padecía una grave enfermedad psicopática, una mentalidad completamente trastornada, esquizofrénica, que oscilaba entre la beatitud y la más extrema violencia: Georges Bataille sugiere que poseía la personalidad de un “niño con poder”, y lo consideraba “un monstruo esencialmente infantiloide” con un “carácter arcaico”. Es probable que se basara en sus palabras ante el juicio, en las cuales aseguraba que había actuado según la naturaleza que le habían impuesto los astros y que, por tanto, no podía controlarse. Por otra parte, Thomas Mann abunda en la dicotomía de nuestro personaje con sus declaraciones: “Gilles de Rais personificaba la grandeza religiosa de los malditos; la inteligencia como enfermedad, la enfermedad como inteligencia, el tipo de afligido y poseído en el que lo santo y lo criminal se aúnan". Por mi parte, no puedo por menos que estar de acuerdo en las apreciaciones psiquiátricas de los historiadores e investigadores: es imposible aceptar que una mente sana pueda desplazarse tan rápida y drásticamente de un polo a otro del espectro moral sin que tras ello no haya, cuando menos, algún trastorno de bipolaridad, de esquizofrenia, o algo similar…
·         Aunque no se deja del todo claro, parece que ya apuntaba maneras desde pequeño. Así pues, ¿hemos de pensar que el problema del Baron de Rais surge en el mismo instante de su nacimiento? ¿O tal vez nos encontramos con algo que en realidad está latente, y que en principio no debería aflorar, excepto en casos excepcionales? En el caso que nos ocupa, hay tres de estos hechos excepcionales, que seguramente serán el detonante del ramalazo de perversión sangrienta que sacudirá a Gilles: la contemplación de la muerte de su padre a manos del jabalí, la muerte de Antoin y la actitud que su abuelo materno tuvo en todo momento hacia él, fomentando su orgullo, su narcisismo y su intocabilidad.
·         Es evidente la fijación que estas personas tienen con el desmembramiento, la sangre y las entrañas: de hecho, Rais es el precedente, el exponente más salvaje de la filiación sádico-patológica (por emplear un término un poco más concreto, puesto que el sadismo no necesita llegar a estos extremos); y si digo que es el más salvaje no creo exagerar en lo más mínimo: Elizabeth Bathory, en el siglo XVI, asesinó a alrededor de 600 mujeres, y Madame Lalaurie, en el XIX, a bastante menos pero con el mismo o mayor ensañamiento…
·         En la biografía de este noble se habla de las características que desplegaba en el combate: una rapidez inusual, una fuerza tremenda, una resistencia inhumana… Tal y como han apuntado de forma esquiva algunos investigadores, tales características parecen propias de un estado conocido entre los pueblos del Norte de Europa como berseker. En resumen, se trata de guerreros que, bien por consumir sustancias estimulantes o por otros motivos, entran en un estado especial de trance que los convierte en auténticas máquinas de matar, olvidadas por completo de la propia supervivencia; sus facultades físicas se vigorizan, aumenta su fuerza, su resistencia, surgiendo una rabia atroz que anula cualquier contención racional. La pregunta evidente es: ¿puede el desequilibrio que tenía Gilles dar lugar a tal estado de conciencia? ¿O no es más que el desahogo natural de alguien ansioso por la sangre?
·         En lo tocante a la muerte de Juana de Arco, los historiadores cuentan que el Barón hizo un intento por rescatarla de las manos inglesas, pero que no llegó a tiempo a pesar de estar tan sólo a 25 kilómetros. Mucho tuvieron que entorpecerlo para semejante dislate, puesto que desde que la capturan hasta que la queman transcurren unos cuantos días, al parecer alrededor de un mes. Mi planteamiento es un poco distinto: al fin y al cabo, las acusaciones contra la mujer eran de herejía, de pactar con el diablo, no de haber luchado contra ellos; por tanto, en la enfermiza mente de Gilles podría haberse producido una de esas frecuentes dicotomías que hemos constatado a lo largo de toda su carrera: a pesar de la idolatría que profesaba a Juana, podría haber tenido dudas acerca de la naturaleza de las visiones de la muchacha, toda vez que ya no estaba bajo su “benéfica” influencia; en base a esta idea, su planteamiento pudo haber sido el de ayudarla, el de dejarla morir como hereje, e incluso el de no poder llegar hasta ella por encontrarse en territorio enemigo… ¿Pudo haber cambiado de idea en el último momento, asediado por las dudas que sembraban entre la población las acusaciones contra su amiga de servir al Diablo en lugar de a Dios?
·         A lo largo de toda esta biografía se da una paradoja que nadie ha podido dejar de observar por ser absolutamente evidente: por una parte, la extrema religiosidad y la idealización obsesiva y visionaria de Juana por Dios, y por otra la fijación obsesiva de Gilles por la muerte, la sangre y el mal: están en los dos extremos opuestos del espectro, como el día y la noche, aunque como suele decirse, los extremos se tocan, y éste es un caso claro de ello: también Rais posee una religiosidad muy marcada, hasta el punto de confesarlo todo no bajo tortura, sino ante una amenaza de excomunión. La polaridad que demuestran sus actos es brutal, cometiendo un horrendo crimen tras otro y arrepintiéndose inmediatamente de haberlo hecho…
·         Juan Antonio Cebrián es de la opinión, junto con otros investigadores, de que los actos de Gilles posteriores a la muerte de su amiga no fueron otra cosa que un desafío a Dios por haber abandonado a su sierva a una horrible muerte en la hoguera. En parte me siento identificado con esta teoría, pero creo que no es suficiente para justificar las atrocidades a que se dedicó. Al fin y al cabo, su macabra carrera comenzó en un vano intento por recuperar unas riquezas y un patrimonio que se le escapaban por entre los dedos como agua debido al exagerado despilfarro al que se dedicaba: al principio fue la alquimia, fue después cuando pasó al satanismo y cuando llegaron los crímenes contra los niños. Su comportamiento, tal y como sugiere Bataille, era el de un niño grande, caprichoso y malintencionado, con las ansias propias de la infancia de tenerlo todo y disfrutarlo todo sin cortapisa ninguna, con una inocencia y una credulidad que, aunque propias de la época, resultaban extremadamente ilógicas en alguien que se suponía inteligente: ¿cómo aceptar que alguien te diga que no puedes asistir a una invocación, que ha de ser a puerta cerrada, o escondido en algún rincón del bosque, y que como mucho oigas los ruidos de una pelea? Además, en este sentido, hay una cuestión aún más evidente en la que parece no caer ninguno de los investigadores: cuando se invoca a un demonio, lo normal es hacerlo con la protección adecuada para que no pueda volverse contra el invocador; por tanto, éste no debería recibir ninguna herida. Pero, ¿qué sucede si la protección no es suficiente? ¿Acaso los demonios se conforman con apalear a sus víctimas? Que yo sepa los matan, consumen sus almas y se acabó el juego. Y en el caso que nos ocupa no una, sino varias veces, los invocadores de Rais se las ven con los demonios y salen del trance con contusiones y heridas leves…
·         Las biografías abundan en la idea de que aunque Barba Azul no había vendido su alma al diablo (al menos en eso fue suficientemente inteligente), habría redactado su testamento de forma que sus bienes recayeran en la figura de Satanás. Es de suponer que esto no es más que mera leyenda, pero resulta sospechoso comprobar que las escrituras del castillo de Tiffauges tienen como titular al mismísimo Satán. Si esto es cierto, ¿por qué no pensar que, efectivamente, pudo haber hecho testamento legando todos sus bienes al Señor de las Tinieblas?
·         Se le llegó a llamar el “Vampiro de Bretaña”; y el apodo más conocido que se le dio fue el de Barba Azul por su vello facial, que no por la leyenda que posteriormente Perrault creó en torno al uxoricida que asesinaba a todas sus mujeres; sin embargo, y esto es algo que no mucha gente conoce, la leyenda de este siniestro personaje no procede de Gilles de Rais, sino de un origen muy anterior, de un caudillo bretón del siglo V d.C., Comorre el Maldito, que al parecer debió ser también una buena pieza.
·         Finalizaremos con la condena a la que fue sentenciado: era la habitual para los casos de herejía, necrofilia, pedofilia y demás, aunque hemos de pensar en un detalle bastante obvio: siendo como era un personaje muy notorio y con un gran patrimonio, del que todavía le quedaban algunos castillos, despertaba codicias que pudieron impulsar y, de hecho, impulsaron a los altos estamentos franceses a acabar con un problema como el de Gilles. Lo que realmente supuso su caída fue una combinación de todos los factores que se aunaban a su alrededor: al fin y al cabo, en aquella época masacrar plebeyos por parte de sus amos era algo normal, no se consideraba ni siquiera falta: la plebe no era otra cosa que parte del mobiliario de la aristocracia. En realidad, la depravación que demostró, sus injurias iniciales al tribunal que lo juzgaba, y la ambición de la que ya hemos hablado, fueron las causantes de su caída. Y para demostrar estas palabras, diremos que, tras su muerte, sus bienes fueron confiscados y pasaron a manos del rey, Juan V, y del obispo de Nantes, Malestroit. Esto me lleva a pensar hasta qué punto fue un monstruo, y hasta qué punto se han podido exagerar las salvajadas cometidas por este “buen” hombre: se habla de 200 ó 300 víctimas a lo largo de un intervalo de unos catorce años, lo que nos da una media aproximada de un niño cada 17 a 25 días; si atendiendo a las ideas del despoblamiento infantil que provocó en la región elevamos la cifra a 1000, obtendremos aproximadamente un niño cada cinco días. Teniendo en cuenta sus palabras a lo largo del juicio y su personalidad, perfectamente contrastada, no me parece algo improbable, aunque cada cual deberá sacar sus propias conclusiones…

Bibliografía


  • Là-Bas (Allá Abajo o Allá Lejos), Joris-Karl Huysmans. 1891.
  • Gilles de Rais, Vicente Huidobro. 1932. Obra teatral.
  • La Espada Bruñida. Lawrence Schoonover. 1950. En esta novela se hace referencia a Gilles de Rais antes y después de su aprehensión.
  • El Fuego en el Cielo, Michel Bataille. 1967.
  • La crueldad de la bestia, Shaun Hutson. 1990
  • Ladrón de almas, Ann Benson. 2002.
  • Mater Terribilis, Valerio Evangelisti. 2002.
  • Alicia en el Lado Oscuro, Pablo Santiago. 2004.

Fuentes en Internet:
  • Wikipedia
  • http://www.asesinos-en-serie.com/gilles-de-rais/
  • http://curiosomundoazul.blogspot.com.es/2011/05/gilles-de-rais-el-placer-del-mal.html
  • http://oscarherradon.wordpress.com/2009/02/19/gilles-de-rais-bailando-con-el-diablo/
  • http://escritoconsangre1.blogspot.com.es/2009/02/gilles-de-rais-azul.html

Filmografía

  • Images à propos de: Enluminures autour des minutes du procès de Gilles de Rais,  Martine Lancelot. 1975. Documental.
  • Asesinos Sanguinarios de la Historia – Gilles de Rais, Peregrino Eterno. Documental.
  • Gilles de Rais, der Baron des Schmerzes, Martin C. Documental.

  • Le Merveilleuse Vie de Jeanne D’Arc, Philippe Heriat. 1929.
  • Joan D’Arc, Henry Brandon. 1948.
  • BBC Sunday-Night Theatre, Bryan Johnson. Serie de TV. 1950.
  • BBC Play of the Month, Philip Bond. Serie de TV. 1968.
  • El Espanto Surge de la Tumba, Carlos Aurel (Paul Naschy, Emma Cohen). 1972. El personaje principal, Alaric de Marnac, es un trasunto del Baron de Rais.
  • El Mariscal del Infierno, Leon Klymovsky (Paul Naschy, Norma Sebre). 1974.
  • Catherine, Benoit Brione. Serie de TV. 1986.
  • Jeanne D’Arc, le Pouvoir de l’Innocence, Vincent Gauthier. Serie de TV. 1989
  • Juana de Arco, Luc Besson (Vincent Cassel). 1999.

Otros

            Al igual que otros grandes sádicos de la historia, como Elizabeth Bathory, Vlad Tepes El Empalador o Jack el Destripador, la figura de Gilles ha sido fuente de inspiración para las más diversas formas de arte, especialmente la música, y en ésta para los grupos más “bizarros”, con estilos en la línea del Rock, Heavy Metal, Black Metal… Así, podemos citar, entre otros, a Celtic Frost (Into the Crypts of Rays), Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (Barba Azul versus el Amor Letal), Cradle of Filth (Godspeed on the Devil's thunder)
            De la misma manera, este atroz personaje ha servido de fuente de inspiración para los videojuegos, siendo incorporado en diferentes formas a ellos: bien por sí mismo, bien por referencias, o por generación de figuras que se basan en su historia y poseen un comportamiento similar…




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