sábado, 20 de diciembre de 2014

EL PEQUEÑO PUEBLO EN LA LITERATURA



EL PEQUEÑO PUEBLO EN LA LITERATURA

José Francisco Sastre García

El hombre siempre se ha sentido fascinado por lo sobrenatural, por los misterios que encierra este planeta: desde la más remota antigüedad, las civilizaciones han contemplado, unas veces con pavor, otras veces con estupor, fenómenos que no comprendían y que asimilaban a los dioses o a entidades más cercanas a ellos, definidas como “elementales” de la naturaleza o criaturas tutelares de la tierra y los seres humanos, cohabitantes con nosotros ya sea en los bosques, las cavernas, el agua, el aire, e incluso en otros mundos, en otras dimensiones ocultas a la visión de los hombres… Al mismo tiempo, esa fascinación va siempre acompañada por un temor atávico hacia todo lo desconocido, hacia todo aquello que no somos capaces de asimilar, un temor que fácilmente puede trocarse en odio, en una oleada de vesánica destrucción de todo aquello que escapa a nuestro entendimiento, por entender que puede ser peligroso o perjudicial para nosotros.
Esta atracción por lo desconocido es la que hace que, inicialmente, se creen las religiones y las mitologías asociadas a ellas, con toda su pléyade de criaturas más o menos creíbles, más o menos basadas en observaciones reales deformadas por la mentalidad del momento; no hay más que fijarse en cualquiera de los antiguos panteones y los seres asociados a ellos: grecorromano, celta, sumerio, babilónico, inca, maya, azteca, nórdico, chino, hindú… Prácticamente al mismo tiempo, la fértil imaginación del ser humano hace brotar obras literarias relacionadas con estos temas, como pueden ser la Ilíada y la Odisea de Homero, la Eneida de Virgilio, la Epopeya de Gilgamesh, el Mahabbarata, el Ramayana y muchos otros.
Posteriormente, los cambios de pensamiento y actitud que ha habido a lo largo del tiempo ante la religión y los fenómenos desconocidos hacen que se produzca un enorme crecimiento de la bibliografía dedicada a lo sobrenatural, con los bestiarios y los grimorios de la Edad Media, y la aparición de autores de la línea de Alarcón, Poe, Bécquer, Dickens, Perrault, los hermanos Grimm, Hans Christain Andersen, Washington Irving, Machen, por citar tan sólo una minúscula muestra de la gran cantidad de escritores que se han dedicado a este tema.
De entre todos los temas que se podrían tratar en torno a lo sobrenatural, vamos a centrarnos en un pequeño apartado: el dedicado a aquellos que entre los anglosajones ha sido conocido, desde los tiempos más antiguos, como el Pequeño Pueblo o la Gente Pequeña, del cual pasaremos a continuación a dar unas breves pinceladas para conocer mejor a estas criaturas.
Ya los celtas hablaban de estos seres con respeto y temor: para ellos, todo a su alrededor estaba lleno o influenciado por ellos: tan pronto se dedicaban a hacer travesuras como a ayudar; incluso en ocasiones mostraban un aspecto netamente maligno… Se hablaba entre susurros de sidhi o elfos, leprechauns, duendes o trasgos, hadas, spriggans, gnomos,… Según las tradiciones, vivían tanto en cavernas bajo tierra como en dimensiones paralelas comunicadas con nuestro mundo por lo que se conocía, y aún se conoce, como “círculos de hadas”, lugares marcados en los que se pueden notar características diferentes en la vegetación y en los que se suponía bailaban estas criaturas y arrastraban a los desventurados para llevárselos a su mundo…
No hay un punto claro de acuerdo en la concepción del término Pequeño Pueblo o Gente Pequeña, puesto que hay corrientes de investigación que separan cada una de estas “razas” y delimitan la definición a las hadas, mientras que otras, entre las que me incluyo, se inclinan más bien a pensar que estamos ante una manifestación múltiple del mismo fenómeno, esto es, un único pueblo en el que se entroncan varias agrupaciones; vendría a ser algo así como comparar las diferentes etnias que existen dentro de la especie humana.
Estas criaturas no tienen una esencia definida de maldad o de bondad, sino que unas veces se dedican a ayudar a los humanos, otras veces a fastidiarlos, a hacer travesuras con o sin malicia; e incluso pueden llegar al extremo de cambiar sus propios bebés por los de los humanos. Es probable que esta actitud sea debida, precisamente, a que su pensamiento sigue una línea totalmente distinta a la nuestra, y que sus valores no tengan nada que ver con los nuestros aunque a veces así lo parezca.
En lo tocante a su aspecto físico, se les asocia con una enorme variación de características, aunque se suele coincidir casi siempre en unos detalles básicos que serían su baja estatura, los ojos rasgados y una piel morena o, al menos, oscura, las orejas puntiagudas…
Suelen estar asociados a lugares muy concretos, puntos que parecen focalizar energías telúricas o desconocidas, por lo que desde la más remota antigüedad han sido considerados sagrados; por ejemplo, los “círculos de hadas” ya mencionados serían una especie de “puertas” entre su mundo y el nuestro, el Bosque de Osorio (Gran Canaria), el de Broceliande (lugar de nacimiento de Merlín, en Francia) o las selvas del Yucatán, por donde incluso hoy en día algunos afirman ver corretear a los misteriosos y elusivos aluxes, duendes de la mitología mesoamericana, ubicaciones en las que estas criaturas vivirían a sus anchas…
Todas estas tradiciones han pasado oralmente de generación en generación, llegando hasta nuestros días y generando una abundante literatura en la que se puede distinguir claramente el sello que ha impreso cada autor, en base a sus propios conocimientos sobre el tema.
Así, el asunto de las hadas de Cottingley hizo que Sir Arthur Conan Doyle, el creador de personajes como Sherlock Holmes o el profesor Challenger y ferviente defensor del espiritismo como medio de comunicación con los espíritus de las personas fallecidas, escribiera un ensayo defendiendo la realidad de la existencia de estas criaturas y la posibilidad de haber sido fotografiadas por las pequeñas Elsie Wright y Frances Griffith, mostrando otra de las leyendas en torno a este elusivo pueblo, que dice que sólo los niños y los puros de corazón pueden verlo. Aún hoy en día, después de la confesión de ambas y la posterior retractación de Elsie, el asunto sigue sin estar completamente claro, ya que en él confluyen detalles que, por una parte, hacen dudar de él como la evidente modernidad de los atuendos de las hadas; o, por otra, creer en él como la aparente inexistencia de trucajes en las fotografías…
En general, podemos delimitar dos corrientes claras en el tratamiento del Pequeño Pueblo en la literatura: por una parte, los autores que se ciñen más o menos razonablemente a las tradiciones célticas y anglosajonas, mostrando a una raza pequeña, oscura, de ojos rasgados y orejas puntiagudas, alejada de la humanidad, subterránea o procedente de otros mundos paralelos al nuestro, con una actitud hacia los seres humanos entre benigna y rencorosa según los casos; y por otra, una imagen más alejada, en la que sólo se distinguen ligeros rasgos de estas criaturas: los ojos oblicuos, el tratamiento como demonios por parte de la humanidad, su voluntad de aislamiento, siendo su actitud básicamente orgullosa y despreciativa, salvo excepciones.

EL RESPETO A LAS TRADICIONES

Esta circunstancia se da principalmente en los escritores de origen británico e irlandés; sin embargo, no todos los autores de las islas mantienen este respeto, ni tampoco son los únicos en seguir las viejas tradiciones y leyendas. Así, podemos comprobar cómo esa amoralidad inherente al Pequeño Pueblo se manifiesta una y otra vez, mostrándose unas veces como criaturas bondadosas, benignas, y otras como seres rencorosos, pasando por el intermedio de las travesuras, con capacidades mágicas más o menos poderosas.
Por ejemplo, en los cuentos infantiles más clásicos (Perrault, los hermanos Grimm, Andersen…), recopilados tanto de las islas británicas como de la Europa Central, del Este o de Escandinavia, se narran las aventuras de humanos ayudados o maldecidos por hadas, enanos, gnomos… Se trata sin duda de una imagen equívoca, pues a veces da la sensación de que se está creando una dualidad a partir de un mismo elemento: ¿por qué no pensar, en buena lógica, que las hadas y las brujas son realmente las dos caras de una misma moneda? En el fondo, el hecho de que estos cuentos se dediquen a los niños no es el objetivo real ya que, en su origen, estas historias proceden de narraciones y leyendas más antiguas engendradas en las religiones “paganas” aplastadas por la iglesia cristiana y relacionadas con la filosofía y el misticismo, que portan dentro de sí el germen de antiguos conocimientos y enseñanzas iniciáticas fuera totalmente del alcance de aquéllos a los que se supone que van dirigidos; por ello, leyéndolos entre líneas, vemos que están impregnadas en buena parte de una cierta “oscuridad” que se intenta paliar sin conseguirlo del todo: brujas, lobos, criaturas dedicadas a hacer el mal, y combatidas por los humanos con o sin la ayuda de los “aliados” subterráneos: Rumpelstilskin no es precisamente un dechado de virtudes, por poner un ejemplo…
En esta misma línea se mantiene Shakespeare, que retoma también a la antigua raza en “El Sueño de una Noche de Verano”, dando como teoría que se conforman como un reino misterioso, poblado por criaturas de todo tipo y gobernado por Titania y Oberón; todos en el bosque en que habitan se comportan como juerguistas natos, se divierten a costa de los incautos que penetran en sus dominios, aunque no parece haber tras ellos rastro alguno de malicia, sino tan sólo la necesidad imperiosa de pasárselo bien y esquivar el aburrimiento en que caen cuando no hay nadie de quien burlarse.
Siguiendo al creador de “Hamlet” o “Macbeth”, nos encontramos con un escritor que mantiene en alto la lírica y la magia de los mundos feéricos y sus habitantes: Lord Dunsany, cuya poesía transporta en su seno la naturaleza etérea, delicada, ensoñadora, de las hadas y los duendes. Con este poeta se abren las doradas puertas entre los mundos, accediendo a brillantes y evocadoras dimensiones en las que danzan las tradicionales criaturas de las leyendas célticas… Como gran conocedor de las leyendas británicas, en su obra se produce un gran respeto hacia las apariencias y actitudes de estos seres.
La luminosidad del Pequeño Pueblo se manifiesta, aunque con un estilo más crudo y centrado en la prosa, en Lloyd Alexander y su Ciclo de Prydain: nos ofrece una imagen mucho más suave y edulcorada de estos seres, y se mantiene en la idea que ya enunciábamos al principio de una única raza que vive en otra dimensión que coexiste con la nuestra, pero que ofrece múltiples aspectos según su adaptación a los diferentes medios naturales (No debemos olvidar que, en última instancia, las leyendas nos presentan al Pequeño Pueblo como una especie de genios o elementales de la naturaleza, a veces guardianes, a veces simples presencias). En esta ocasión, estas criaturas, aunque traviesas, se muestran solícitas, dispuestas a ayudar en la lucha contra el Señor del Mal… Tampoco resulta excesivamente sorprendente que utilice el folklore tradicional, ya que este ciclo está claramente basado en las leyendas y el territorio británico, concretamente Gales, principal fuente de tradiciones en lo que respecta a estos elusivos entes.
Siguiendo esta estela de la imagen de un Pequeño Pueblo básicamente benigno aunque travieso, Rudyard Kipling retoma a Shakespeare y extrae de su obra “El Sueño de una Noche de Verano” a uno de sus personajes, el duende Puck; y en su novela “Puck, de la colina Pook”, nos lo muestra como una criatura traviesa, entrañable, que se encuentra con dos niños y los hechiza para que sean capaces de ver y oír cualquier cosa sucedida hasta 3000 años antes. Conocedor de las tradiciones británicas sobre las criaturas ocultas, el autor da una imagen muy ceñida al aspecto generalmente atribuido a estos seres, y mantiene las capacidades mágicas que ya poseía tanto en las leyendas como en la obra del autor de “El Rey Lear”.
Pero no todo es tan bonito y tan hermoso como lo pintan los escritores anteriormente reseñados: J. M. Barrie en su conocida obra “Peter Pan”, da una vuelco inesperado a esta idílica imagen: en medio de un paisaje de ensueño, poblado por todo tipo de personajes a cual más sorprendente, Campanilla es un hada enamorada del niño que no quería crecer, aunque poseedora de un fuerte sentimiento de celos contra Wendy y mal carácter. Su aspecto pequeño, alado, brillante, de ojos rasgados y orejas puntiagudas, recuerda notablemente a las hadas de Cottingley que hemos mencionado anteriormente; su indumentaria, una hoja en torno al cuerpo, está marcada por el canon que se impuso acerca de esos seres a lo largo del siglo XIX y no es otra cosa que un reflejo de su estrecha relación y comunión con la naturaleza.
Uno de los autores que más ha profundizado en la esencia de las leyendas sobre estos seres, y ha mostrado las dos caras que poseen, ha sido Arthur Machen: con un estilo muy particular, a caballo entre la lírica de lord Dunsany y una prosa elegante y delicada, adopta las tradiciones y sitúa al Pequeño Pueblo como unos seres esencialmente amorales, con unas características que hacen pensar en una cultura neolítica o al menos primitiva, que por motivos propios derivados de quién sabe qué sentimientos y emociones perjudican a la humanidad en cuanto tienen ocasión; basta con leer sus relatos para darnos cuenta de que son celosos de su territorio y de que están dispuestos a todo, ya sea inmolar a los seres humanos en sus “altares” y a sus “dioses” o “convertirlos” en gente de su raza (“La Pirámide de Fuego”), intercambiar sus niños con los de sus enemigos quién sabe con qué inconfesables fines (“El Sello Negro”), apalear a quien se cruce en su camino (“De las Profundidades de la Tierra”)… Sin embargo, a veces tan sólo pretenden jugar con aquéllos ante los que se muestran (“El Pueblo Blanco”). Curiosamente, poseen unos poderes extraños, ajenos a nuestro conocimiento, entre los que se cuentan, por ejemplo, la capacidad de proyectar “tentáculos” o transformarse en seres humanos comunes (“El Sello Negro”).

LAS CORRIENTES INNOVADORAS

Algunos autores han tratado el tema del Pequeño Pueblo de una manera más o menos diferente a las tradiciones, alterando algunos detalles sobre ellos, variando su aspecto físico o alterando su actitud o personalidad, y dando lugar a una serie de modernismos que, a veces, poco o nada tienen que ver con los seres de los que estamos hablando…
Los gnomos, convertidos en una especie diminuta, que convive con los humanos en ciudades y pueblos, que debe sobrevivir luchando contra ratas, búhos y muchas otras criaturas, con una cultura semitecnológica que les permite manejar las máquinas de la superficie y usarlas en su provecho para poder huir a un lugar mejor… Así es el mundo de Terry Pratchett, creador de la divertida trilogía del Éxodo de los Gnomos, unas novelas en las que muestra a una raza simpática, pacífica, y que sólo desea pasar desapercibida y vivir sin ser molestada.
De la misma manera, Charles Sheffield, en “El Tesoro de Odirex”, prescinde a su vez de la vertiente oscura de estas criaturas y las hace devenir en un pueblo subterráneo, pacífico, asustadizo, de origen humano y deformidades anatómicas que parecen corresponderse con la Gente Pequeña de la tradición. Poseedores de una cultura de carácter primitivo, sus conocimientos se reducen a la mínima esencia, sin rastro alguno de magia o artes ocultas, dominadores de la sabiduría de la curación por las plantas… Inicialmente, vivían en los bosques, pero en la época prerromana fueron arrinconados y obligados a vivir en el interior de una montaña, convirtiéndose en portadores de una letal enfermedad que se transmite por el simple contacto...
Robert Erwin Howard, el creador de personajes como Conan, Kull, Solomon Kane, Bran Mak Morn, etc., mantiene el origen humano, pero anula totalmente la parte benigna y les asigna una imagen oscura, maligna. En la obra de este escritor tejano, las referencias al Pequeño Pueblo son mucho más duras, más salvajes, en la línea clásica de espada y brujería: estas gentes constituyeron un pueblo humano que, en la más remota antigüedad, fue acosado y arrinconado en las cavernas más recónditas; a causa de ello, sufrió una involución brutal, acumulando un odio eterno hacia la raza humana, hasta devenir en una subespecie que nada tenía que ver con los que los expulsaron: también de baja estatura, terminaron adquiriendo unos rasgos ofídicos aterradores; de costumbres nocturnas debido a su reclusión en la oscuridad, “cazan” a los incautos que encuentran en o cerca de su territorio (“Los Hijos de la Noche”), y persiguen con saña y sin tregua a quien se interna en sus guaridas (“El Pueblo de la Oscuridad”), a no ser que alguien les plante cara y los chantajee con alguna razón convincente, como puede ser la devolución de su más sagrado talismán a cambio de un favor (Bran Mak Morn, en “Gusanos de la Tierra”)… Sus capacidades, a causa de us reclusión en las profundidades, se han desarrollado de una manera especial, adquiriendo una especie de sexto sentido psíquico, pero sin poderes mágicos notorios.
Por supuesto, no podríamos olvidarnos del inmortal Tolkien y su extensa y magnífica obra sobre la Tierra Media; gran conocedor del folklore anglosajón, también sus páginas están impregnadas de la rica tradición sobre este enigmático pueblo, aunque en este caso hay un cierto matiz a tener en cuenta: si bien es notorio que los sidhi parecen corresponderse con los altos elfos, que viven en los bosques ocultándose del resto de la humanidad, también lo es que, a pesar de que se ha comparado a los hobbits con los ingleses por el gran parecido de sus típicos y tópicos comportamientos, el hecho de que en la Comarca se intente pasar desapercibido a toda costa y de que procuren no meterse en líos, amén de un cierto e impenitente amor por las travesuras, nos indica que esta raza también tiene un cierto nexo de unión con el Pequeño Pueblo. Asimismo, los trasgos de los que se habla en “El Hobbit”, también denominados duendes por algunos autores, proceden de la rica mitología acerca de esta extraña raza.
Como bien sabemos, el creador de “El Señor de los Anillos” sentó cátedra y creó un nuevo subgénero fantástico dentro de la fantasía heroica, que sería el conocido como fantasía épica; tras él vinieron muchos imitadores, que tomaron su fórmula y, olvidando la relación evidente entre los elfos y/o los hobbits y aquellos de los que nos estamos ocupando en este artículo, lo adaptaron a su manera, obteniendo unos resultados muy desiguales: de esta manera, tenemos, entre muchos otros, el Ciclo de Isla de Nancy Springer (elfos), casi tan lírico como la obra de Tolkien, o el Ciclo de la Dragonlance, de Margaret Weis y Tracy Hickman (kenders, enanos, gnomos, elfos, goblins), de notable parecido aunque con un estilo mucho más ceñido a la prosa que el de los relatos sobre la Tierra Media, y muy dispar resultado debido a su inagotable extensión y a la multiplicidad de autores, haciendo que baje notablemente el nivel de calidad... En todos estos casos, la Gente Pequeña desaparece como tal, y se queda convertida en meramente una serie de razas que conviven con los humanos, en lugares concretos y manteniendo su aislamiento a toda costa… Cambian el aspecto, manteniendo tan sólo los ojos rasgados y las orejas puntiagudas (y no siempre), y la personalidad, mostrando a unos elfos generalmente orgullosos y aislacionistas con respecto al resto del mundo.
Otro “continuador” del creador de “El Señor de los Anillos”, aunque con muchas características de espada y brujería, es Michael Moorcock, muy conocido por su ciclo sobre el Multiverso. Al igual que los escritores de los que ya se ha hablado en el párrafo anterior en relación a su adaptación de la obra de la Tierra Media, obvia todas las referencias tradicionales al Pequeño Pueblo y lo convierte en las habituales figuras élficas de la literatura fantástica, aunque en este caso añade unas pinceladas propias que le dan un toque distinto, no habitual, dando lo mismo leer Los ciclos de Corum (conocidos como vadhagh y sus parientes lejanos los nhadragh), Elric (los melniboneanos) o Erëkose (la raza eldren): aquí, el pueblo sidhi no es de baja estatura, ni se oculta entre las sombras, sino que forma una raza propia, de rasgos delicados y ojos rasgados, pero con una dureza y unos conocimientos entre científicos y mágicos que los convierten en demonios ante la raza humana, por lo que siempre, a lo largo de los ciclos, se establece una guerra declarada entre ambos pueblos. De esta manera, en “El Campeón Eterno”, Erëkose, como ser humano, es condenado a convertirse en tal personaje por la traición que hace a su raza al entregarla al enemigo eldren a causa de su amor hacia una mujer de esa raza “demoníaca”; a lo largo del ciclo de Elric, el último emperador del antaño glorioso Melniboné, los reinos jóvenes, buscan la ruina del imperio, que sólo sobrevive ya en la Isla del Dragón, cuyos habitantes se complacen hasta la saciedad en la crueldad más despiadada por ser algo inherente a su propia naturaleza, hasta ser el propio emperador albino el que cause la caída de su pueblo en decadencia, entregándolo a las ansiosas manos de los humanos; y en el ciclo de las espadas, Corum, un vadhagh, queda solo en el mundo cuando los mabdén arrasan su mundo y exterminan a toda la especie del Campeón Eterno, cuya única aspiración hasta aquel momento había sido vivir en paz compartiendo el mundo con los incipientes humanos y sus primos lejanos, los nhadragh…
Éstos no son, evidentemente, los únicos autores que tratan el tema de la Gente Pequeña, ya que hay una enorme cantidad que se han dedicado a narrar historias sobre estos elusivos seres, pero sí se puede afirmar una cosa: son escritores que se han acercado al asunto de la forma más original o tradicional, dándole nuevos enfoques y giros que nos permiten disfrutar de sus relatos y desear o temer que, realmente, pueda existir una raza como la que compone el Pequeño Pueblo… Mientras sigamos soñando con las leyendas y tradiciones referentes a estas criaturas, no morirán jamás.

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