lunes, 17 de noviembre de 2014

EL REINO DEL DRAGÓN



EL REINO DEL DRAGÓN

José Francisco Sastre García

Si ha existido una figura que a lo largo de la historia ha hecho tanto soñar como temer a la humanidad, ésa ha sido la del omnipresente dragón, el rey de los monstruos por antonomasia. Resulta curioso comprobar cómo desde los tiempos más remotos los hombres han creído que en determinados lugares del mundo existían criaturas capaces de desafiar la imaginación, testigos de eras pretéritas que habrían sobrevivido hasta nuestros tiempos para ser aniquilados por caballeros singulares.
En los diccionarios, la definición de estos seres aparece remarcando el hecho de que se trata de criaturas fabulosas, corpulentas, con enormes cuerpos de serpiente, patas y alas, y la capacidad de arrojar fuego por la boca. Como veremos más adelante, esta descripción se ajusta como un guante a la visión que en el mundo occidental se ha tenido habitualmente de estos animales, aunque sus características “reales” no se limitan tan sólo a este breve comentario, como podremos ver a continuación.
Dentro de la imaginería de los dragones podemos hablar de tres aspectos o formas básicas bajo las que es más habitual contemplar a estas criaturas, que serían las siguientes:

El dragón “occidental”.

Éste es el más conocido en nuestro entorno, el gran reptil escamoso alado que echa fuego por las fauces y cuya sangre es más venenosa y corrosiva que cualquier sustancia conocida. Al principio su aspecto era más basto, más brutal, pero a medida que pasaba el tiempo y se iba depurando o perdiendo el significado esotérico de su figura, fue evolucionando hasta dar lugar a un reptil más elegante y armonioso, con una poderosa magia interior, una figura que a partir de la Edad Media será sinónimo del diablo debido a la acción “benefactora” de la Iglesia Católica; y más tarde, en pleno auge de la fantasía épica inaugurada por Tolkien, sufrirá una nueva transformación, para desdoblarse en diferentes subespecies según su color e intenciones, alcanzando por fin la imagen que del dragón tenemos en la actualidad; incluso dentro de la catalogación de estas criaturas, los escritores harán que los dragones tengan una descendencia específica en los wyrms y wyverns, palabras evidentemente derivadas del término anglosajón worm, gusano, cuya relación con el mundo del dragón podremos ver más adelante, y en los dracolichs, dragones de huesos surgidos del cruce de las figuras del mítico reptil y el lich, el cadáver hechicero del mundo de “Dungeons & Dragons”…

El dragón “oriental”.

En Asia y África Oriental, desde el Próximo Oriente hasta el Japón, las características de los dragones varían notablemente, haciendo que estas criaturas, aún siendo inmensas, tengan mucha más apariencia de serpiente que de lagarto, capaz de volar sin alas, con un cuerpo muy alargado y patas cortas; poseedoras de unos poderes mágicos sutilmente distintos a los del occidental, han mantenido desde la más remota antigüedad unas connotaciones similares, mucho más relacionadas con el misticismo y el esoterismo oriental, sin sufrir apenas variaciones: aunque algunas religiones en general las han asociado al mal y los demonios, esa influencia no ha sido en ningún caso tan fuerte como la que el cristianismo ejerció sobre la naturaleza de estos seres, ya que la actitud oriental siempre ha sido más mística o filosófica, más cercana a las antiguas tradiciones, que la occidental… Tal vez sea la herencia de esa idea oriental la que da lugar, en Occidente, a una figura serpentiforme con una poderosa simbología de vida y muerte, el Ouroboros, la serpiente que se enrosca sobre sí misma y se muerde la cola en una evidente alegoría de los ritmos cíclicos; como más adelante podremos ver, esta imagen viene a ser la del dragón tradicional, la del regenerador y a la vez destructor.
Este modelo serpentino es divinizado en la América precolombina: mientras que entre los aztecas será Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, entre los mayas será Kukulkan, con el mismo apelativo, lo que resulta aún más significativo si tenemos en cuenta la etimología del primer término: si el quetzal es un ave propia de la zona y cóatl significa serpiente, la palabra completa estaría designando en realidad a un reptil con apariencia de ave, no meramente a una serpiente con alas; ¿por qué, entonces, la iconografía de esta entidad es siempre ofídica? En cualquier caso, la relación con el mundo del dragón parece bastante evidente; y rizando el rizo, podríamos asociar incluso a Viracocha, el dios civilizador inca: como figura está prácticamente al mismo nivel de las otras dos, y una de las variantes con el que se la conoce es Huiracocha, con una clara raíz egipcia, la del dios Horus, el Halcón Sagrado, en una evidente referencia a las aves y el vuelo… Aunque posteriormente estos tres dioses fueron personalizados, su origen parece ser el mismo que el del mito que estamos tratando, puesto que se trata de seres civilizadores, portadores de un conocimiento superior que comparten con la humanidad durante una edad dorada y luego se irá perdiendo con el transcurso del tiempo…

Los grandes gusanos o serpientes

Esta variante en la apreciación de la imagen draconiana se da fundamentalmente en el folklore británico, siendo además muy rico en este tipo de historias: aquí, desaparece la naturaleza tradicional de estas criaturas, desaparecen sus poderes mágicos y sólo permanecen la extrema acidez y veneno de su sangre y, en algunos casos, las llamaradas de sus fauces. Como su denominación indica, su aspecto es básicamente serpentino o vermiforme, mostrándose más como un mero animal que como una criatura tan mítica como el dragón; de esta manera, tal vez se esté indicando la pervivencia desde los tiempos más remotos en ciertos lugares de grandes ofidios o criaturas similares que finalmente fueron exterminados por el pueblo al que aterrorizaban.
También podemos encontrar esta subespecie de dragones en las tradiciones orientales acerca de las nagas y las criaturas serpentiformes que habitan en las cavernas subterráneas y que, al igual que sus parientes de mayor envergadura, protegen celosamente los tesoros de la tierra.

LAS TRADICIONES

Inicialmente estas imágenes proceden de una remota antigüedad en la que la humanidad había de enfrentarse a múltiples peligros para sobrevivir, transmitiéndose oralmente hasta que las leyendas, deformadas aunque guardando en su núcleo algún fundamento de realidad que se nos escapa, se plasmaron en las diferentes mitologías de la humanidad.
La naturaleza de estos seres es ambivalente, dual, mostrando tanto una imagen benevolente como maléfica. Son los custodios de las tradiciones, representaciones de un conocimiento antiquísimo que hay que mantener, a la vez que celosos vigilantes de los tesoros, en una especie de representación de guardianes de la tierra que los engendró; al mismo tiempo, se les consideraba guardianes de las aguas, a quienes se imploraba la bendición de la lluvia mediante sacrificios humanos; como ejemplo podemos hablar de Tatsu, el dragón japonés que es a la vez dios marino y fluvial.
A su vez son símbolos de regeneración, una especie de entidades de la fertilidad, con cuya muerte se producen la reanudación del ciclo vital y la abundancia de las cosechas; en este sentido, es posible que tras estas ceremonias sagradas se escondan los verdaderos orígenes del culto al toro y los rituales paganos de fertilidad con el sacrificio de este animal que, posteriormente, darán lugar a las corridas de toros. Para entender esta teoría, tenemos que partir de la base de que como guardián de las aguas, el dragón podría ser entendido como el dios primordial del mar, entidad que, en eras posteriores, derivaría hacia las conocidas deidades marinas de las diferentes civilizaciones; si tenemos en cuenta que en la rica mitología griega Poseidón, además de dios del mar, es el Señor de los caballos y los toros, el rito podría haber sido transformado para que en lugar de ser el dios el sacrificado, lo cual podría ser interpretado como una blasfemia o la muerte de toda vida, lo fuera una de sus criaturas, en este caso el toro.
De hecho, basta con ver las tradiciones para comprobar hasta qué punto la figura del dragón se relaciona con los antiguos misterios de la vida y el conocimiento sagrado, hasta qué punto ha calado hondo en la memoria colectiva de la humanidad: en Sicilia, una efigie de dragón era llevada en procesión el día de San Jorge, junto con dos grandes hogazas de pan, que se troceaban y repartían al finalizar la fiesta para que cada labrador enterrara su trozo en el campo y asegurara la fertilidad de las cosechas; en Baviera, la muerte del dragón se representaba el día de San Juan, durante la cual San Jorge reventaba una vejiga de sangre escondida en la efigie del dragón que luego los espectadores recogían para derramarla sobre los campos de lino para ayudar a las cosechas; en China, el Año Nuevo se festeja con grandes dragones de papel y bambú llevados en procesión por las calles; en el Imperio Romano de Oriente, el estandarte era una bandera con un dragón púrpura; en Inglaterra, el símbolo es el dragón blanco…
Entre los celtas, el dragón por excelencia era Y Ddraig Coch, que fue adoptado como estandarte por Uther Pendragon, el padre del legendario rey Arturo, tras la visión de un dragón llameante en el cielo (tal vez un meteorito incandescente, tal vez otra cosa…). Sin embargo, no olvidemos que entre aquellos antiguos pueblos el término dragón designaba a un jefe, y que Pen-dragon era un jefe entre jefes, lo que puede hacer sospechar que muchas de las historias de aquellas épocas sobre luchas con dragones eran en realidad batallas con bandas de salteadores o entre tribus… Desde un punto de vista más amplio, el creador de la Tabla Redonda es el hijo del dragón, y como tal, un custodio de las antiguas tradiciones.
Las connotaciones cambian notablemente en el caso de Vlad Tepes Drácula: dicho término, asociado habitualmente con el vampirismo, no significa otra cosa que hijo de Dracul, es decir, hijo de demonio o dragón; evidentemente, en este caso se puede percibir la notable influencia del cristianismo, que convirtió la figura del reptil mítico en la imagen rediviva del Príncipe de las Tinieblas, con lo que todo lo que oliera a la vieja serpiente era sospechoso de contener azufre; aunque, en el fondo, al igual que al Rey Arturo, al famoso conde se le podría considerar un guardián del antiguo conocimiento. Sin embargo, esta apreciación sólo es hipotética, puesto que no sabemos si el apelativo de dragón que tenía su padre se lo habían asignado exclusivamente a él o si era un término propio de su estirpe…
En nuestro país hay un ejemplo notorio de figura de dragón surgido directamente de las tradiciones de los pueblos celtas que se asentaron en la zona: el Cuélebre asturiano, también conocido como Culebro. A pesar de la opinión de algunos, que sugieren que no tiene nada que ver con el mundo del dragón, la propia descripción de la criatura nos guía directamente por las características de las que hemos estado hablando: se trata de una gran serpiente con crines, orejas, alas de murciélago cuando es viejo, con el grosor “como el del brazo de un picador de la mina”, que custodia tanto tesoros en cuevas como a las criaturas de las aguas, a las que se conoce como Xanas (ondinas, náyades…), cuando se asienta junto a una fuente, río, arroyo, etc. Según las leyendas, esta criatura es el origen de la conocida como Piedra de la Culebra: al parecer, se reúnen seis culebras alrededor del “dragón” (conformando así uno de los números de poder de la antigüedad, el místico siete), y vierten sobre su cabeza “baba y sudoraciones”, sustancias que al endurecerse conforman la piedra anteriormente citada; ésta, una vez robada por el osado capaz de ello, será capaz de, según unos mitos, curar las mordeduras, y según otros, dar la felicidad. No es necesario redundar en la evidente vertiente sanadora / regeneradora del Cuélebre…
Muchas de las antiguas culturas contemplaban en sus cosmogonías la existencia en el cielo de un dragón que intentaba devorar al dios sol, y que entre ambos se producía una feroz lucha hasta que, por fin, el astro rey conseguía derrotar al monstruo y rechazarlo. Evidentemente, ésta era una explicación divinizada de los eclipses, pero tras ella también subyace la lucha de la que ya hemos hablado entre la vida y la muerte, y el triunfo de la primera para producir la fertilidad que lo inunde todo…
Como símbolo de lo sagrado, de la sabiduría más ancestral, aparece también en las tierras americanas, concretamente bajo la apariencia básica de la serpiente, ya sea emplumada (Quetzálcoátl, Kukulkan), o diseñada en el suelo, inmensa, devorando el huevo primordial del que surge toda vida, en el territorio de Ohio, Estados Unidos. ¿O tal vez lo está regurgitando, entregándolo para el renacimiento cíclico?
En el caso mesoamericano, como ya se ha comentado con anterioridad, la relación del reptil alado con el dragón es más que evidente, a pesar de la incongruencia entre el nombre y la imagen con que es plasmado por todas partes. La tradición de estos pueblos habla del dios civilizador, del que entrega el conocimiento a la humanidad, es decir, regresamos de nuevo al guardián que permite que el velo se descorra, aunque no lo levanta del todo: el hombre, al fin y al cabo, jamás podrá llegar a alcanzar la sabiduría del dios, ya que acabaría por destronarlo y erigirse a sí mismo como tal…
La influencia del dragón en el ser humano es inmensa, poderosa: aparece representado en miles de iglesias por todo el mundo, tanto bajo la apariencia de la serpiente como del dragón tradicional; lo mismo lo encontramos como criatura advocatoria, benéfica, que como enemigo a abatir por los verdaderos creyentes… William Stukeley, en el s. XVII, postula que los círculos y avenidas, el megalitismo practicado por los primeros habitantes de Gran Bretaña, son en realidad enormes representaciones que indican el antiguo culto al dragón.
Inicialmente, las leyendas sobre la muerte del dragón eran la transposición del ritual de fertilidad del que ya hemos hablado: con la muerte del monstruo, del “dios”, toda la vida volvía a abundar y a expandirse, entrando en un nuevo ciclo de fertilidad de las cosechas que revigorizaría a la humanidad; después, ese significado fue perdiéndose y se difuminó hasta quedar tan sólo la muerte de la bestia a manos de un héroe legendario, haciendo hincapié en muchos casos en la malignidad de la criatura, aunque esa seña de identidad que era la regeneración fue manteniéndose a duras penas. Estos titánicos combates aparecen a lo largo de todas las culturas, transmitidos en narraciones entre las que podemos hablar de las siguientes:
-          Entre los germanos, en los Eddas, Sigurd mata al temible Fafnir y libera las tierras, las revitaliza, aunque deba perecer en el intento; sin embargo, en “El Anillo de los Nibelungos”, el héroe (Sigfrido) tras matar al dragón se convierte en inmortal al bañarse en la sangre del monstruo, excepto por una pequeña parte de su espalda que quedó tapada por una hoja que cayó sobre ella. Al igual que en el mito de Aquiles, ése será el lugar en que recibirá la lanzada que lo matará a traición. En este relato se advierte con claridad el aspecto regenerador del dragón, plasmado en su sangre, que ya no es venenosa.
-          En la antigua mitología escandinava, cuando suenen las trompetas del Ragnarok, Thor, el dios del trueno, luchará contra la gran Serpiente de Midgard, cuyos anillos circundan la Tierra; en esta titánica batalla perecerá el hijo de Odín, y se desencadenará el fin del mundo en un holocausto flamígero, que será a su vez el origen de uno nuevo.
-          Entre los antiguos babilonios, en la leyenda escrita en el Enuma Elish, el dios Marduk aniquila a la serpiente Tiamat y la parte en dos trozos, a partir de cada uno de los cuales crea el cielo y la tierra respectivamente en una clara representación del brote de la vida a partir del sacrificio de la criatura primordial.
-          La epopeya sumeria de Gilgamesh narra cómo este héroe y su amigo Enkidu luchan en repetidas ocasiones contra diversos dragones.
-          En el Rigveda hindú, Indra derrota al temible Vitra y libera las aguas que aprisionaba el monstruo para que corrieran en torrentes, arroyos, etc. Aquí podemos interpretar el mito de dos maneras distintas: por una parte, como el dios guardián de las aguas, el que concede la lluvia y la vida; y por otro, entendiendo la sangre del dragón como el torrente vital que, al brotar del cuerpo del animal, da a su vez lugar al nacimiento de la vida.
-          En el Apocalipsis bíblico, el Arcángel San Miguel, a la cabeza de las huestes celestiales (recordemos que, para los hebreos, Yahveh es el dios de los ejércitos, una entidad celosa y vengativa como pocas), derrota a la gran bestia, representada como una figura de apariencia dragontina. También en este entorno, en el Libro de las Revelaciones 20:2, se alude a la lucha de este arcángel con Satanás: es el momento en que los ángeles caídos son expulsados del cielo y arrojados a la tierra, y entre otros términos se los trata de dragones.
De la misma manera, existe un pasaje en la Biblia ampliamente conocido que puede ser reinterpretado bajo la luz del gran reptil: el “incidente” en el Paraíso Terrenal. Eva, a instancias de la serpiente Satanás (En este caso, se trataría más bien de Lucifer, el espíritu del conocimiento), come la manzana del árbol prohibido, en una clara alegoría del ser que entrega la sabiduría a los mortales para que sean dueños de sus propios destinos; en este caso parece haber una transposición clara del mito griego de Prometeo, que robó el fuego a los dioses para entregarlo a la humanidad, aunque tal vez el origen de este ciclo sea mucho más antiguo…
-          En las tradiciones anglosajonas, el héroe Beowulf muere tras aniquilar al dragón Worm, considerado como el “enemigo primordial”, el que se arrastra en la oscuridad.
-          En las leyendas árabes, Rustem también da muerte a un dragón en la segunda de sus siete pruebas cual Hércules árabe…
-          Mención especial merecen las leyendas griegas asociadas al mito de estas criaturas: tras un titánico combate, Zeus consigue derrotar a Tifón y enterrarlo bajo el Etna. La descripción que hace Hesíodo en su Teogonía de este monstruo es impresionante: “desde sus hombros crecían cien cabezas de serpiente, las de un temible dragón, y las cabezas lamían con lenguas oscuras, y desde los ojos las inhumanas cabezas despedían fuego por debajo de sus párpados. El fuego brotaba de todas sus cabezas, de todas sus miradas; y dentro de cada una de esas horribles cabezas había voces que proferían toda clase de horribles sonidos”.
Tras su encierro, Tifón engendró una demoníaca y abundante progenie; entre otros, se encontraban la Hidra de Lerna y el dragón Ladón, guardián éste último de las manzanas doradas de la inmortalidad del Jardín de las Hespérides, ambos aniquilados por el conocido semidiós Hércules durante el transcurso de sus famosos doce trabajos y el segundo arrojado al cielo y convertido en la constelación del Dragón...
Otros monstruos conocidos de la mitología griega son el que guardaba el vellocino de oro, burlado o aniquilado por Jasón durante la expedición de los argonautas en busca de la preciada piel, o el dragón marino aniquilado por Perseo para liberar a la princesa etíope Andrómeda.

La antigüedad ofrece muchas figuras relacionadas con estas criaturas, como son la serpiente Apofis de la mitología egipcia, asimilable al Tiamat babilónico o la serpiente de Midgard escandinava, inmensos seres ofídicos que se supone aprisionan la tierra o el cielo y que hay que destruir para su liberación, o el bíblico leviatán, un inmenso animal marino del que se decía que un hombre podía vivir en su interior (en la Biblia, es Jonás quien tiene esa “suerte”), un ser salvaje que agitaba las aguas y provocaba formidables tormentas… Plinio en sus “Historias” asegura que en la India conviven elefantes y dragones, y que ambos son enemigos irreconciliables. Más recientemente, en la Edad Media, surgen otras historias como la de la Tarasca francesa, eliminada por Santa Marta, o la bestia del mismo nombre que los conquistadores españoles encontrarán en tierras de México, por citar tan sólo un par de ejemplos.
En lo que respecta a estas tradiciones, en el folklore británico poseen, además de las habituales empresas contra los malvados dragones de turno, otras en las que, como ya se ha explicado anteriormente, el monstruo es más una gran serpiente o un gran gusano; así tenemos, sin ir más lejos, las historias sobre el dragón de Loscky Hill o el gusano de Lambton, criaturas que se regeneran a pesar de ser despedazadas hasta que, en el segundo caso, el perro del héroe se va llevando de la escena de la lucha los pedazos que su amo corta; en esta historia, ambos mueren a causa del aliento y la sangre ponzoñosa del dragón. Y otra reseña, enclavada históricamente en la Escocia del siglo XII, nos habla del gusano de Linton, que aterrorizaba la aldea de Roxburgh; al parecer fue eliminado por un caballero de nombre Somerville de Lariston, que empapó la punta de su lanza en brea ardiente antes de clavársela al monstruo. Según esta leyenda, los riscos en espiral que bordean la colina de Wormington (nótese que de nuevo aparece la raíz Worm, gusano) se deben a las tremendas convulsiones agónicas de la criatura.
Sin embargo, no todo es trascendente en lo tocante a las historias sobre los “cazadores de dragones”: en algunos casos las narraciones muestran un cierto tono jocoso, como si pretendieran quitarle hierro al asunto o burlarse de los que creían semejantes patrañas; por ejemplo, en un libro de baladas medieval se nos cuenta que un tal Moore, del Castillo de Moore, a la hora de enfrentarse a uno de estos monstruos lo trata previamente con desprecio, como quien no quiere la cosa, antes de destruirlo al modo tradicional…
Pero si en algún momento ha habido una leyenda de héroe aniquilador de dragones que haya sido más manipulada desde su origen inicial, ésa es, precisamente, la de San Jorge: fuera cuál fuera la narración original, de la que se piensa que tal vez proceda del mito anteriormente citado de Perseo y Andrómeda, probablemente tenía poco o nada que ver con lo que la Iglesia Cristiana hizo, que fue convertir la historia en un cuento moralizante: el prístino caballero en su refulgente armadura como paladín de la cristiandad, la princesa virgen entregada al monstruo en sacrificio para calmar su furia, en la que la propia Iglesia se identifica a sí misma, y el malvado dragón, convertido en la representación de la vieja serpiente, Satanás, que ha de ser vencido por la luz de la “verdadera fe”.
Ahora bien, resulta extraño teniendo en cuenta la “inexistencia” de esta criatura y su imagen mítica, constatar que estas historias han llegado hasta los tiempos históricos: hay reseñas ya indicadas del siglo XII, otra del tiempo de los sajones en la que sir John Conyers destruye al dragón de Sockburn, en la zona de Durham, e incluso de 1668, en la que los aldeanos de Menham eliminan a la serpiente de Essex, descrita como un ser sin patas, de piel escamosa y con protuberancias parecidas a las de los sapos…

LA ENERGÍA DE LA TIERRA

¿Qué es lo que hace que un lugar sea especial? ¿Por qué puntos como Stonehenge, la Gran Pirámide, el Cerro Uritorco en Argentina o Els Vedrá en Ibiza, por citar tan sólo algunos entre todos los que hay dispersos por el planeta, son más sagrados que cualquiera de las iglesias existentes en nuestras ciudades? ¿Es debido acaso a las sensaciones, experiencias y fenómenos misteriosos que se producen en su entorno? Y si ésa es la explicación, ¿por qué ocurren específicamente en esos sitios?
Desde la más remota antigüedad, el ser humano ha percibido que hay lugares en el mundo que desprenden una fuerte aura de poder, de energía, de “magia”, que los han llevado a sacralizarlos y convertirlos en puntos de adoración. La explicación a este misterio tal vez haya que buscarla precisamente en la teoría de Gaia, un planteamiento que lejos de ser nuevo resulta proceder de los más lejanos confines de la historia…
Según esta hipótesis, el planeta Tierra no es meramente una bola inerte de materia, sino una entidad viva; evidentemente, no en el sentido que le damos habitualmente a dicha expresión, sino al hecho de que parece estar animada de una cierta vitalidad que hace que se renueve continuamente; y esa vitalidad, esos “nervios” que recorrerían todo el planeta, serían corrientes energéticas que dotarían de vida a todo lo existente, que en ciertos puntos viajarían más superficialmente y en otros más profundamente; de esta manera, cuando las líneas de energía afloraran generarían una serie de manifestaciones tanto físicas como psíquicas que harían de ese punto un lugar sagrado, adorado por los pueblos que en sus alrededores se asentaran. De hecho, en los supuestos puntos por los que pasan estas corrientes, parece ser habitual sufrir estados alterados de conciencia, avistamientos de OVNIS, alucinaciones, apariciones… Un ejemplo de la notable casuística de estos lugares pueden ser la multitud de manifestaciones de todo tipo que se producen en Warminster, en Gran Bretaña.
Esta energía telúrica, que a pesar de ser investigada no ha sido suficientemente contrastada, ya que no debemos confundirla con la térmica que subyace bajo nuestros pies, sería la que daría origen a muchos de las leyendas, sobre todo orientales, acerca del dragón en relación con su aspecto de guardián y de regenerador de la vida, y dando asimismo origen a los mitos cthónicos (Cthon era una entidad poco conocida, relacionada con el subsuelo y la fertilidad, a la que no se debe confundir con los dioses de los infiernos de todas las mitologías), relacionados con el interior de la tierra. Como podremos ver a continuación, en Oriente el gran reptil no es simplemente una criatura física, sino más bien una manifestación de la “magia”, el poder que brota de los lugares sagrados, la energía en sí misma, serpenteante, siguiendo unos trazados muy concretos…
Donde más se desarrolla esta idea es en China: el dragón es una figura acuática, de carácter básicamente benigno, con la que ningún hombre se enfrenta, sino que intenta atraerse sus favores; actúa a su vez como un vínculo esencial entre el cielo y la tierra. Esta figura se vuelve tan intensa que acaba por convertirse en el símbolo por excelencia del poder en el País del Dragón: el emperador viste ropas de dragón, se sienta en el Trono del Dragón…
Los chinos distinguieron entre dos tipos de corrientes telúricas: las positivas, que estarían representadas por el yang, y a su vez por el dragón macho, y las negativas, el ying, el concepto femenino. El dragón macho sigue los lugares altos, las montañas y los picos en los que vive, y las rutas que marcaba eran lo que se denominaba senderos de dragón (lung mei). Por el contrario, el dragón hembra sigue los valles y las hondonadas, en una clara simbología tántrica, fálica. Los geomantes buscaban los puntos más adecuados de estos “caminos” para edificar y canalizar las corrientes naturales, imponiéndose la prohibición bajo pena de muerte de que tan sólo el emperador podía tener construcciones en dichos lugares.
Siguiendo esta línea de pensamiento, John Mitchell piensa que el conocimiento armónico entre cielo y tierra no fue privativo de la civilización china, sino también europeo: según él, los hombres escogían como lugares sagrados aquellos que tenían una relación directa con una fuerza terrestre. Así, los megalitos, crómlechs, túmulos, dólmenes… actuaban como conductores de esta energía oculta, aprovechándola y canalizándola. Hecho este planteamiento, especuló con que estas líneas telúricas montaban una red energética planetaria, que denominó líneas lay, y se dedicó a buscar en Gran Bretaña señales de dicha estructura. Pensaba que todos aquellos lugares sagrados situados sobre focos cthónicos poseían una toponimia basada en la raíz “ley”. Al parecer había múltiples alineaciones que cumplían dicha condición, por lo que llegó a hallar una auténtica red energética. Pero lo más interesante es que entre sus descubrimientos halló una alineación significativa que partía desde el Mount Saint Michael hasta el norte de Lowestoft, pasando por lugares tan emblemáticos como Avebury y Glastonbury, conocidos por sus monumentos megalíticos, y diseñando un sendero relacionado directamente con el dragón y las advocaciones cristianas de sus enemigos ancestrales, San Miguel y San Jorge. Curiosamente, se corresponde con el ángulo de la salida del Sol el día 1º de mayo. En esta alineación, la relación con el dragón y los santos “exterminadores” es evidente, veamos algunos de estos puntos:

-          Mount Saint Michael: es un lugar megalítico sagrado, harto conocido por ser a la vez isla y península según esté la marea alta o baja. Según algunos investigadores, en este castillo se pueden percibir una cierta sensación de paz y recogimiento trascendente.
-          Hurlers en Bodmin Noor: en este punto hay tres círculos de piedra de hasta 4 m. de altura que, según la leyenda, son los restos de una serpiente convertida en piedra por un santo cristiano.
-          Iglesia de San Miguel en Brent Tor, en la región de Dartmoor.
-          Iglesia de San Miguel en el valle de Cadbury, en el Devonshire: una antigua tradición asegura que un dragón dominó la región desde lo alto de una cueva.
-          Iglesia de San Miguel de Trull: se dice que mataron un dragón en la cercana colina de Castleman. Una de las ventanas de esta iglesia muestra a San Jorge, San Miguel y Santa Margarita sobre sendos dragones, cada uno de ellos diferente.
-          San Miguel de Greech.
-          Lyng: en la iglesia de esta localidad, los ventanales están decorados con dragones.
-          Ruinas de la iglesia de San Miguel en el montículo Burrowbridge Mump: parece estar relacionado con la línea trazada en Somerset, donde se halla el templo de las estrellas, el zodíaco de Glastonbury. También en esta región, en la iglesia de Crowcombe, aparece el grabado de un dragón al que dan muerte dos hombres.
-          Iglesia de Othery Saint Michael, en Sedgemoor: hay un relieve de dragón grabado en el porche.
-          Glastonbury: en las cercanías hay una capilla dedicada a San Miguel.
-          Stoke Saint Michael.
-          Avebury: el gran templo neolítico de este enclave parece representar, según algunos investigadores, la figura de un dragón. Al mismo tiempo, en la propia iglesia de la ciudad, hay una imagen de un obispo con un libro en la mano que aplasta con su crucifijo a un dragón alado que intenta morder su pie.

Evidentemente, las iglesias dedicadas a San Jorge y a San Miguel aparecen dispersas en gran cantidad por todo el mundo, lo que no significa que la Iglesia siempre haya intentado acabar con el paganismo, el culto al dragón y a la energía que éste representa; a partir de cierto momento en la historia esa actitud se desvanece, ya que el Cristianismo está firmemente asentado, y las advocaciones se realizan más por “gusto personal” que por motivos evangelizadores…
Mitchell no es el único que ha seguido esta línea de investigación acerca de los senderos de dragón: Xavier Guichard ha efectuado búsquedas similares en Europa, encontrando el equivalente a las líneas ley, al que ha denominado líneas de Alaise; en este caso, la imagen que da este entramado es la de una telaraña, irradiando desde la antigua Alesia y conformando una curiosa red de “meridianos” y “paralelos”. Parece bastante claro que estos descubrimientos están íntimamente relacionados entre sí, y a su vez con una red mundial de energía que circunda el planeta. Si, aparentemente, los términos ley y Alaise parecen tener una misma raíz, ¿estamos hablando de un idioma común para definir todas estos descubrimientos?
No cabe duda de que esta telaraña telúrica ha ejercido una influencia muy poderosa en la humanidad: si en las culturas orientales ha sido de alguna manera identificada con el dragón y su potencial regenerador, en las culturas occidentales también se han aprovechado sus características a lo largo de la historia, desde el megalitismo hasta nuestros días (pensamos en el feng shui y otras corrientes de decoración basadas en las corrientes de energía): basta con observar lugares de poder como el antiguo Oráculo griego de Delfos, la Sibila de Cumas, etc.
Como se puede comprobar, el conocimiento redescubierto de estas líneas de energía telúrica ha acompañado al ser humano desde siempre: una vez un lugar ha sido sacralizado, todas las culturas que se han asentado en sus cercanías lo han reutilizado para sí mismos: donde inicialmente se erigía un megalito, posteriormente se elevaría un templo a Ceres, Atenea o cualquier otro dios, y más tarde alguna iglesia, catedral, capilla o ermita; o al menos, una cruz de piedra para “cristianizar” el foco. Y así hasta nuestros días…

¿ESPECIE REAL?

Siempre se ha dicho que los dragones eran unas criaturas míticas, inventadas por personas de fértil imaginación; sin embargo, y a pesar de esta explicación simplista y demasiado general, cabe la posibilidad de que tras la leyenda se esconda una especie real, quizás perfectamente conocida, quizás extinguida; no olvidemos, por citar un breve ejemplo, que después de que Marco Polo diera una descripción muy exacta del caimán chino, un imaginero medieval lo plasmó con alas y cabeza de serpiente al final de la cola…
Evidentemente, el dragón clásico como tal es bastante probable que no haya existido, sino que se trate de la manipulación de otra figura no excesivamente distinta. Pero, ¿Cuál? Evidentemente, las especies actuales conocidas no se ajustan a esa imagen, lo cual nos lleva a plantear una hipótesis de base: o se trataba de una especie que se extinguió, o fue inventada para explicar o racionalizar acontecimientos cósmicos o telúricos, fenómenos terrestres o estelares desconocidos, como eclipses, erupciones volcánicas, terremotos, etc.
Supongamos, siguiendo esta hipótesis, que realmente existió una criatura que excitó la imaginación del ser humano y con la que éste luchó en múltiples ocasiones. ¿Cuál podría haber sido dicho ser?
En principio, lo que parece más evidente es que estamos ante la transposición de la lucha del hombre, en una remota antigüedad, con dinosaurios, los grandes reptiles de la era Mesozoica o Secundaria; pero esta teoría choca de frente con dos escollos fundamentales: que según la arqueología oficial, el hombre como tal no convivió con tales criaturas, y que se extinguieron hace 65 millones de años. ¿Cómo encajar semejante contradicción? Sólo hay una manera si queremos pensar así: que algunos dinosaurios sobrevivieran a la extinción masiva en determinados lugares del mundo. Y no se piensen que se trata de una broma, porque ahí están las investigaciones abiertas sobre el mokele m’bembe del África Central, el monstruo del Lago Ness y sus “primos” de otros lagos del mundo, los supuestos pteranodontes que podrían anidar en determinadas montañas, las representaciones gráficas de los babilonios acerca del sirrush (una criatura a la que tenían escondida en una habitación), el piassa de los indios americanos, las últimas investigaciones acerca de la relación entre el mítico grifo y ciertos dinosaurios …
Aunque tal vez no sea necesario recurrir a los grandes señores del Secundario para explicar la presencia de los dragones: en las islas del Índico existe un reptil en peligro de extinción que podría responder a la imagen de las criaturas míticas, y es el varano o dragón de Komodo: de enorme tamaño, su aspecto resulta lo bastante draconiano como para intimidar a cualquiera; si además le añadimos que en estado salvaje es muy feroz y ataca a las primeras de cambio, podríamos suponer qué pensarían los hombres de las antiguas culturas al tropezarse de cara con un lagarto inmenso que se les venía encima; ahora bien, esta explicación también tiene un pero, ya que presupondría el hecho de que las viejas civilizaciones estuvieron interconectadas entre sí, y que viajaron por todo el mundo para expandir sus ideas, cosa que los historiadores actuales distan mucho de admitir por completo…
Más cercanos en el espacio estarían los cocodrilos, auténticos dinosaurios supervivientes de la extinción de sus primos mayores; los mayores eran los del Nilo, en Egipto, auténticos monstruos y terror de los habitantes de la ribera del gran río; pero ya que existen también caimanes, gaviales, aligátores, yacarés y otras subespecies repartidas por todo el mundo, no sería necesario pensar en el cruce de culturas; sin embargo su apariencia, aunque verdaderamente terrible, no parece lo suficientemente adaptada a la imagen tradicional que se tiene del dragón…
Pero claro, ¿qué pensar de la variante de gran serpiente o gusano atribuida al dragón? ¿Cómo entenderla dentro de la posible realidad de un mito, cuando está tan alejada de la imagen tradicional del reptil gigante? ¿Acaso estamos ante los recuerdos de la pervivencia de grandes criaturas ofídicas o vermiformes hasta tiempos muy recientes? Quizás para poder racionalizar esta idea debamos recurrir a otro misterio, el Gusano de la Muerte de Mongolia, una criatura extraña, especial, con apariencia vermiforme y que parece tener la “mágica” cualidad de matar a distancia. Al parecer vive en el sur del desierto de Gobi, y el nombre que los lugareños le dan es allghoikhorkoi o allergohai-horhai, términos que significan gusanos-tripa, por su semejanza con los intestinos de la vaca. Ha sido descrito como un inmenso y gordo gusano de 1 a 1,5 m., de color rojo oscuro moteado; su piel es suave, y posee extrañas protuberancias en ambos extremos de su cuerpo, sin apreciarse cabeza, ojos, orificios nasales ni boca; pasa la mayor parte del año escondido bajo la arena, y reaparece en los meses de junio y julio, y cuando llueve. Se desplaza con un movimiento serpenteante, y al parecer suele aparecer donde crece el goyo, una planta parásita de nombre científico cynomorium songaricum y forma alargada, cuyas raíces contienen saxaul, una sustancia muy venenosa.
Siempre según las descripciones de los testigos, cuando esta criatura ataca deja la mitad de su cuerpo dentro de la arena, inflándose para, por uno de sus extremos, segregar burbujas de veneno que lanza incluso hasta a medio metro sobre su víctima, tornándola amarilla como si hubiera sido atacada por un ácido. Aparentemente este veneno es tan poderoso que la propia piel del gusano se vuelve venenosa, matando por simple contacto.
Sin embargo, hay otro detalle curioso respecto a este animal: parece ser capaz de matar a distancia, sin contacto de ningún tipo con su víctima. Para explicar esta situación, algunos investigadores especulan que se trate de un “gusano”, pues ni siquiera están seguros de que pertenezca al orden de estos animales, con capacidad, como los gimnotos o las anguilas eléctricas, para lanzar poderosas descargas capaces de paralizar el corazón de un caballo o un camello.
Dentro de estas especies serpentiformes, nos encontramos con otros misterios relacionados, como son, entre otros, el tatzelworm o serpiente gigante de los Alpes, o una misteriosa serpiente gigante con cuernos y pelo en el cuello que viviría en la cordillera del Atlas…
En cualquier caso, hay un pequeño problema añadido a este análisis: con excepción de los extintos dinosaurios voladores, todas las demás criaturas son terrestres, ninguna posee alas; así pues, ¿de dónde surge la idea del vuelo del dragón?
Resulta curioso comprobar cómo los “especialistas” han intentado demostrar la existencia real de esta criatura aparentemente mítica y, sobre todo, cómo era posible que pudiera hacer las cosas que hacía: así, en 1658, Edward Topsell, en su “Historie of Serpents”, es capaz de, siguiendo a Plinio, hablar sobre las diferentes especies de dragones que viven en la India y las describe con precisión, así como las propiedades medicinales que poseen: la grasa cura las úlceras, la cabeza el estrabismo, la lengua encurtida en vino protege contra íncubos, súcubos y pesadillas…
Carl Sagan, en “The Dragons of Eden”, es más comedido: para este conocido científico, los mitos acerca de estos seres representan una especie de “memoria fósil”, un recuerdo atávico de nuestros antepasados, que debían competir con esas criaturas, algo parecido a los archivos akáshicos de los que hablan ciertas corrientes esotéricas. Desde este punto de vista, la humanidad accede a un banco de memoria general del que extrae la información para generar sus leyendas. No es una mala teoría para explicar ciertas tradiciones, sin embargo no existe prueba alguna de que esa memoria exista.
Sin embargo, el premio a la interpretación de los dragones y sus características físicas se lo lleva, sin duda alguna, Peter Dickinson. En 1979 escribió “The Flight of Dragons”, un ensayo “científico” en el que especulaba acerca de cómo podría volar una criatura como ésa. En sus primeros cálculos, basándose en la aerodinámica y en que un dragón podía pesar alrededor de 9.000 kg. y poseer la capacidad de elevación de un abejorro, concluyó que la envergadura alar tendría que haber sido de… ¡180 metros! No contento con esta conclusión, elucubró después con la posibilidad de que la mayor parte de su cuerpo estaba hueca y llena de un gas más ligero que el aire. Sugirió que en su interior se producían complejas y aparentemente imposibles reacciones químicas mediante las que se generaba hidrógeno a partir del calcio de los huesos, que a su vez se autoregenerarían mediante la ingestión de piedra caliza. El exceso de hidrógeno se quemaría en otro proceso en la garganta del animal… Si pudiese ser considerada válida, esta teoría sería capaz de explicar tanto las historias acerca de la sangre venenosa como la ausencia de restos fosilizados: cuando el dragón moría, el mecanismo de control dejaba de funcionar y toda la estructura se corroía. Sin embargo, y a pesar de que las explicaciones químicas que aporta son científicamente absurdas, hay un detalle que parece contrastarla: en julio de 1968, un lugareño en Irlanda habló de un dragón o monstruo marino que había sido hallado una generación antes en una alcantarilla próxima al lago Derrylea, en Cross (Country Clare). Al parecer, había quedado atrapado y terminó por “derretirse”.
Y, con todo, la cosa no se queda meramente en intentar explicar la omnipresente figura del dragón mediante animales conocidos o no, sino que se va más lejos: por ejemplo, hay quien interpreta el mito como la imagen de fenómenos cósmicos tales como eclipses, cometas, etc. Para ello, los que siguen esta teoría se basan en las tradiciones que ya hemos comentado acerca del dragón devorador del sol, y en expresiones como las de Geoffrey de Monmouth, quien, en el s. XII, describe la “estrella de maravillosa grandeza” como que “era semejante a un dragón, de cuya boca salían dos rayos, uno de los cuales era de tal magnitud que parecía alcanzar las regiones de la Galia”.
Hay otra teoría en torno a esta figura, basada en las hipótesis de Immanuel Velikovsky, uno de los propulsores de la teoría del catastrofismo: la historia del planeta Tierra no es una secuencia evolucionista, sino que los cambios se producen en base a cataclismos que el planeta ha ido sufriendo cada cierto tiempo. Así, Velikovsky, en su libro “Worlds in Collision” (1947), propugna que el planeta Venus no pertenece al sistema solar, sino que era un cometa que entró en el radio de acción del Sol y que a consecuencia de ello, tras pasar muy cerca de la Tierra y provocar en ella desastres y calamidades sin cuento, se estableció en la órbita que actualmente ocupa. Éste, a su vez, utiliza mitos aztecas, sirios y babilónicos, que hablan de Venus como la “serpiente emplumada”, terrible dragón que estuvo a punto de causar la destrucción de la Tierra con fuego y grandes inundaciones… Aunque es cierto que esta hipótesis explicaría por qué Venus es el único planeta del Sistema Solar con rotación inversa al resto, no explica cómo es posible que la relación de distancias de los planetas al Sol estuviese “quebrada” hasta los tiempos históricos, en los que Venus ocupó su lugar matemático exacto. Al fin y al cabo, entre Marte y Júpiter, donde debería haber otro planeta, hay un cinturón de asteroides; pero al parecer donde está Venus no había absolutamente nada…

EL DRAGÓN EN LA LITERATURA

Pocas criaturas han aparecido más a menudo en la literatura fantástica de todos los tiempos que el dragón; como hemos visto anteriormente, las epopeyas más antiguas ya relataban las colosales luchas que los héroes debían enfrentar para poder derrotar a estos letales seres. Estos grandes reptiles se deslizan a lo largo de la historia, pasando por la Edad Media, época en la que conocerán un gran auge merced a las gestas de los grandes paladines de las novelas de caballerías y las incipientes exploraciones de África y Asia, y por otras épocas como el Renacimiento, hasta nuestros días, momento en que se produce la mayor eclosión literaria en torno a estas criaturas. Como ejemplo, baste citar, entre otros, la Biblia de Winchester, del siglo XII, en la que ya aparecen imágenes de dragones, el Bestiaire de Guillaume le Clerc de Normandie (1210-1211), donde el dragón lucha con el elefante que representa a Adán, las Mil y Una Noches, narraciones orientales, o los cuentos tradicionales infantiles de Perrault, los hermanos Grimm, Andersen, etc.
La imaginería relacionada con estos animales míticos ha utilizado los tres aspectos que ya contemplábamos al principio de este artículo, aunque adaptando cada autor ciertos rasgos propios:

-          La figura más usada con diferencia es la tradicional, la del reptil gigante alado que arroja llamaradas de fuego, aunque cada escritor muestra sus propias salvedades; así, Michael Moorcock, en su ciclo de Elric de Melniboné, habla de unas criaturas aladas que escupen ácido y que deben descansar un largo tiempo antes de volver a lanzarse al ataque; Anne McCaffrey en sus relatos de Ciencia Ficción hace que sus dragones se alimenten de pedernal, que se combina con los ácidos de su aparato digestivo para producir fosfinas venenosas; Valle-Inclán trata también el tema, aunque de forma más infantil, en “La Cabeza del Dragón”…
Pero es Tolkien el que inaugura realmente el aspecto del dragón occidental, aunque sea, paradójicamente, el autor que menos lo usa: en su obra “El Hobbit” nos presenta al único gran reptil que aparecerá en la Tierra Media, Smaug, el Guardián del Tesoro, mientras que en “Egidio, el Granjero de Ham”, mostrará .
A raíz de este escritor, la fantasía épica tendrá tal auge que se creará todo un mundo nuevo, el de “Dungeons & Dragons” (Dragones y Mazmorras), con todas las secuelas posteriores: Margaret Weis y Tracy Hickman con el ciclo de la Dragonlance o el ciclo de la Puerta de la Muerte, Terry Pratchett en su hilarante “¡Guardias! ¡Guardias!”, R. A. Salvatore en el ciclo de Bedwyr y, ocasionalmente, en el ciclo del Valle del Viento Helado (Icewind Dale Trilogy), Michael Reaves con “El Último Dragón”, y múltiples autores de la extensa serie de los Reinos Olvidados, por no olvidar, entre muchos otros, a Robert Jordan, Nancy Varian Berberick, Mary Kirchoff, Rose Estes… Incluso Stephen King, el conocido escritor de terror, se subirá a este carro con “Los Ojos del Dragón”, aunque en este caso no hay lucha con el monstruo, sino que toda la narración se contempla prácticamente a través de los ojos de uno de los protagonistas, que contempla la historia a su vez a través de la cabeza del dragón que mató su padre tiempo ha…
En general, y salvo en algunos casos contados de los ya citados, la figura dragontina mantiene un esquema prácticamente idéntico: gran reptil alado, inteligente, en ocasiones capaz de hablar, la primera criatura que la magia engendra en la tierra y a la que dota del mayor poder de todos exceptuando el divino, y que según su color puede escupir ácido, rayos, gas venenoso, escarcha o el tradicional fuego. Puede ser blanco, negro, rojo, azul, verde, dorado, plateado… Por su propia naturaleza emana de su cuerpo lo que algunos autores denominan el miedo al dragón, una especie de exudación o sensación que paraliza a sus presas de terror para devorarlas a placer. Al mismo tiempo, estas criaturas evolucionan para dar lugar, como ya dijimos anteriormente, hacia seres como los wyrms y los wyverns, más pequeños, o los dracolichs; e incluso de su corrupción pueden surgir criaturas como los draconianos o los dracs… En algunos casos los dragones pueden, entre otros poderes inherentes a su naturaleza, transformarse en otras criaturas, sobre todo seres humanos.
R.E. Howard prescinde de esta imagen habitual y muestra, en “Clavos Rojos”, la figura del dinosaurio (estegosaurio) superviviente de épocas pretéritas como sinónima de dragón. Posteriormente, esta figura la mantendrán los continuadores de su personaje Conan (Bjorn Nyberg, L. Sprague de Camp, Lin Carter…) en relatos como “La Luna Roja de Zembabwei”, “Sombras en la Calavera”, “Conan de las Islas” o “Conan el Vengador”.
También aparece el dragón en el ciclo de Lhork, aunque sus connotaciones son ligeramente distintas: en el relato “El Despertar del Linkur”, de Francisco Javier Hernández, simplemente se lo menciona como animal de poder del imperio chino, que inunda con su “magia” al héroe Logan de Khitai.
-          En lo que respecta al dragón oriental, hay un ejemplo notorio en Michael Ende, en “La Historia Interminable”: Fuyur, el dragón de la suerte que ayuda a Bastián en sus aventuras.
-          La figura del Gran Gusano o Gran Serpiente está presente también en la obra de R. E. Howard (“El Valle del Gusano”, “La Guarida del Gusano de Hielo”, “El Aposento de los Muertos”, “Abismo Negro”, “Más Allá del Río Negro”, “La Ciudadela Escarlata”), aunque a veces se confunde con los mitos primigenios lovecraftianos acerca de las criaturas subterráneas de la oscuridad, como Tsathoggua o Nyarlatothep y sus acólitos (Thog en “La Sombra Deslizante”, las cosas de “La Maldición del Monolito” o “La Piedra Negra”); incluso llega a adoptar las tradiciones orientales acerca de las nagas, y utilizarlas en historias como “El Dios del Cuenco”, aunque despojadas de su cualidad de guardianas de los tesoros terrestres y convertidas en meros esclavos del villano Thot Amon.
Sin embargo, si queremos buscar una relación más evidente todavía con el mundo del dragón, no tenemos más que leer “La Serpiente Ouroboros”, de Eric Rucker Eddison, o “La Guarida del Gusano Blanco”, de Bram Stoker.

EL DRAGÓN EN EL CINE

Al contrario que en la literatura, donde la variedad de formas y actitudes es muy amplia, en el mundo de la gran pantalla los dragones han conservado su imagen más tradicional en occidente, la del gran lagarto alado escupefuego, con salvedades como “La Historia Interminable”, adaptación del libro del mismo título en la que el animal adopta el típico aspecto oriental de gran serpiente voladora, pero eso sí, no parece una serpiente, sino más bien un peludo perro de raza basset...
Así, la principal variación que esta criatura ha sufrido en el cine ha sido la de su actitud:

-          En algunos casos, el cine ha mostrado criaturas tremendamente feroces; unas, como es el caso de “Dragones y Mazmorras” o “Willow”, de origen mágico, y otras, como “El Imperio del Fuego”, simplemente animales antediluvianos brutales, sangrientos, desprovistos de toda magia y cuyo único poder reside en sus llameantes fauces. Igualmente feroz, aunque arropado en la mística esotérica de las sagas germánicas, se halla el Fafnir de la adaptación a la gran pantalla de “El Anillo de los Nibelungos” de Fritz Lang.
Resulta curioso comprobar cómo en el primer título citado en el párrafo anterior se produce un hecho sorprendente del que no se sabe a ciencia cierta si achacarlo a la imaginería actual, o que proceda de los tiempos más antiguos: me refiero al hecho de que los dragones son los guardianes de la magia, cuantos más haya más poderosa será ésta, y cuanta más sangre de dragón se vierta más esterilidad se extenderá por el mundo… No pululan alegremente por todas partes, sino que han de ser convocados por los magos.
Dentro de este encuadre podemos citar también la adaptación cinematográfica de una conocida leyenda griega, “Jasón y los Argonautas”, donde el dragón aparece representado como una terrible hidra que mata a todo aquel que se acerca al mítico Vellocino de Oro. En esta historia se refleja muy bien el carácter regenerador de esta criatura desde el momento en que el rey Aetes hace brotar de la tierra, a partir de los dientes del dragón muerto, unos esqueletos guerreros…
-          En “Dragonheart” I y II, se retratan reptiles de corte medieval cuya única ambición es vivir tranquilos y sin sobresaltos, sin que ningún caballero pesado y con ganas de medrar en el reino aparezca para importunarlos. Concretamente en la primera, la imagen del animal queda muy poco lograda, dando una sensación más bien pobre.
-          El cine de animación se especializa básicamente en adaptaciones simpáticas como las de “Shreck” o “Pedro y el Dragón Elliot”, filmes en los que estos seres son benignos y con un gran corazón, aunque en ocasiones, como en “La Bella Durmiente”, regresa a la vertiente malvada y feroz. Sin embargo, hay otras películas, básicamente en el sector de animación, que rompen esa tónica general de maniqueísmo y muestran unos reptiles entre indiferentes y beligerantes o incluso cómicos, con la excepción del protagonista, como apoyo comparsa del héroe.

OTROS DRAGONES

El mundo de la mitología dragontina ha saltado a todas las áreas de la cultura popular; no se conformó con quedarse en las páginas de los libros, o pasar por la pantalla de cine, sino que entró de pleno y con una fuerza arrolladora, igual que lo había hecho en otros campos, en medios de comunicación como la televisión y formas artísticas como los cómics.
Al igual que en la literatura, la imagen que se refleja de estos grandes reptiles es muy variable, ateniéndose en lo básico a los tres grupos que se han hecho al principio de este artículo:

-          El dragón tradicional es el que más juego da: así, una conocida serie de animación como “Dragones y Mazmorras”, que no debemos confundir con la relativamente reciente película del mismo título, lleva a la pequeña pantalla todo el mundo de los mitos y seres creados tras la gran eclosión de la fantasía épica para el mundo del rol, del que además ambos tomaron el título: “Dungeons & Dragons”. De la misma manera, podemos observar los grandes reptiles de corte occidental en series más recientes como “El Duelo” (“Yu-Gi-Oh”) u “One Piece”, aunque en este último caso las escamas han sido sustituidas por un denso pelaje.
También aparece un dragón (bastante flojito, eso sí), aunque sólo al final de la miniserie de Telecinco “El Viaje del Unicornio”, como guardián de los reinos mágicos: al morir, todas las criaturas del mundo de las hadas, cuyos reyes son Titania y Oberón (tomados de las tradiciones anglosajonas, y concretamente de Shakespeare en “El Sueño de una noche de verano”) quedan expuestas a la destrucción por parte de los malignos trolls.
En el mundo de los cómics podemos destacar, entre otros muchos otros, las adaptaciones que se han hecho de “El Hobbit” (Tolkien), del ciclo de Elric de Michael Moorcock, la serie de animación “Dragones y Mazmorras” ya citada con anterioridad, o el ciclo de la Dragonlance que también ha sido mencionado, amén de multitud de obras entre las que podemos nombrar “The Black Dragon” de Bolton, la colección de cómics de Marcel dedicada a Thor con las apariciones de diversos dragones, incluida la serpiente de Midgard, o, en nuestro país, las historias del Capitán Trueno o El Jabato en las que aparecen “dragones” muy sui generis...
Una de las series de cómic que brilla con luz propia es la de Conan, de R. E. Howard: los guionistas adaptan la obra del escritor norteamericano e insertan en gran parte de las historias dragones que no son otra cosa que dinosaurios escapados de la aniquilación de la era Secundaria; algunos de estos seres incluso brotan de invocaciones y hechizos mágicos… En este caso, la amalgama es monumental, cruzándose tanto los reptiles de corte oriental como las grandes serpientes o gusanos, pero prácticamente siempre manteniendo la idea anteriormente citada de criaturas físicas no extintas, exterminadas por un buen golpe de hacha o espada.
-          Una buena adaptación de la imagen oriental del dragón la podemos encontrar en la miniserie “El Viaje a Occidente”, en la que aparecen las grandes serpientes voladoras sin alas, aunque en este caso son malignas y atacan al protagonista y al Rey Mono. Pero en este caso también está la vertiente benigna, y ahí tenemos, sin ir más lejos, al dios-dragón de la serie de animación “Bola de Dragón”, extraída del cómic del mismo nombre, que encarna de forma más o menos premeditada la imagen de la criatura guardiana, energía pura que se condensa con la invocación correspondiente para conceder deseos al primero que se los pida…
Esta idea se desdibuja notablemente en series de corte mitológico clásico como “Xena” o “Hércules”: en uno de los episodios de Hércules se produce el combate ya comentado en este artículo contra un dragón marino, de apariencia serpentiforme, para la liberación de la princesa Andrómeda, aunque modificado para adaptarlo a la serie.
-          Sin embargo, no encontramos el mundo de los grandes reptiles meramente en los cómics o las series de televisión, sino que trasciende mucho más allá, alejándose cada vez más de la simbología tradicional y desdibujándose hasta quedar convertido en una mera criatura de enorme poder: basta con ver cómo se infiltra en los videojuegos, en los juguetes de los niños y, últimamente, hasta en los móviles…

CONCLUSIÓN

Como hemos podido comprobar, la influencia del dragón en el mundo es absoluta: su simbología es tan notoria y poderosa, y la propia criatura en sí resulta tan elegante y armoniosa en la mayoría de los casos, que ninguna de las artes o tradiciones ha podido resistirse a su influjo y ha caído en las redes de una criatura que combina a partes iguales bondad y maldad, vida y muerte. El inmenso poder del gran reptil ha hecho tanto soñar como temer a la humanidad hasta nuestros días, y nada hace presagiar que esta situación vaya a cambiar: la imaginación del hombre va más allá de la realidad, y, tanto si han existido como si no, tanto si se trata de reflejos de nuestros anhelos y religiones como del efecto de brotes de energía telúrica o animales reales extintos o no, necesitamos creer en mundos y seres que trasciendan nuestra propia vivencia, que estimulen nuestras ilusiones y anhelos: dragones, hadas, dioses…


Fuentes de información:
“El Planeta Incógnito”, Peter Kolosimo, edit. Plaza & Janés, col. Realismo Fantástico, nº 3
“Lo Inexplicado”, editorial Delta.
Revista “Enigmas”, año IV nº 2
Mitología Asturiana en Internet

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