jueves, 9 de octubre de 2014

El Manuscrito Voynich



EL MANUSCRITO VOYNICH

José Francisco Sastre García

            No cabe duda de que existen muchos misterios en el mundo, misterios derivados de la ciencia, de la historia, de la naturaleza humana… Misterios que desafían la lógica, que desafían los esfuerzos de quienes intentan resolverlos, riéndose de ellos mientras su secreto permanece escondido, oculto tras un tupido velo imposible de penetrar, al menos con los conocimientos que se poseen en el momento.
            Podría enumerar muchos de esos misterios, y más de uno se reiría de mi ingenuidad al pensar que son tales en lugar de elaborados fraudes, pero no todo en la vida se reduce a tal explicación: como diría Shakespeare en Hamlet, “Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, de las que se sueñan en tu filosofía”. Por tanto, dejaremos que sea el lector quien piense en cuáles pueden merecer la pena de ser estudiados, y cuáles desechados, pero siempre procurando seguir una máxima que considero incuestionable, la del método científico: nada ha de ser descartado a priori, todo ha de ser investigado hasta que se dictamine su veracidad o falsedad; y otra premisa científica, son los datos los que conducen a las hipótesis, no las hipótesis las que recogen los datos y los incorporan en ellas a martillazos con el objetivo de reforzarlas a toda costa…
            Expuesta esta breve digresión, vamos a centrarnos en el tema en torno al que gira este artículo, que no es otro que el controvertido manuscrito Voynich, un documento misterioso de cuya antigüedad se tienen fundadas sospechas e incierta autoría. Su principal característica es que, a fecha de hoy, ninguno de los especialistas que se han enfrentado a él ha conseguido salir airoso a pesar de todo lo que se ha escrito al respecto. ¿El motivo? Parece estar escrito en un código cifrado suficientemente complicado como para que nadie haya conseguido descifrarlo. Pero vayamos por partes…

El libro y su historia

            Año 1912. Villa Mondragone, un colegio de la Compañía de Jesús, enclavado en el pueblo de Frascati, cerca de Roma. Éste es el comienzo “oficial” de las azarosas aventuras de este manuscrito.
            Por entonces, los jesuitas de esta congregación se encontraban frente a un peliagudo problema: estaban al borde de la ruina, y no tenían manera de solucionar la situación tan desastrosa en que se habían colocado, por lo que sólo les quedó una opción para hacerle frente: vender su biblioteca.
            Avisaron a un coleccionista al que ofrecieron el material de que disponían: el hombre era Wilfrid M. Voynich, un polaco bibliófilo graduado en Química y Farmacia; había destacado por ser un revolucionario antizarista (recordemos que por aquel entonces, una parte de Polonia estaba encuadrada bajo el dominio del imperio ruso), actitud que lo condujo hasta la cárcel y, posteriormente, a Siberia; pero este encarcelamiento le duraría poco, ya que consiguió escapar a través de Manchuria y China. Los azares lo llevarían hasta Londres, donde acabaría casándose con Ethel Boole, una novelista de éxito, y regentando una librería junto a ella.
            Como ya hemos dicho, en 1912 se desplazó hasta Italia, a conocer la biblioteca de los jesuitas, donde acabaría comprando 30 ejemplares, que sencillamente recogió y se llevó a tierras británicas. Junto al manuscrito objeto de nuestro interés, oculta en la cara interna de la tapa, descubrió una extraña carta que hablaba sobre la historia del manuscrito, aunque no aclaraba apenas nada de forma definitiva; ésta es conocida como la “Carta Marci”. Está fechada en 1666, y firmada por alguien llamado Johannes Marcus Marci de Cronland.
            Antes de comenzar la Gran Guerra, en 1914, empaquetó una parte de su colección de libros y se marchó a Nueva York, donde proseguiría con su oficio de librero especializado en textos raros. Durante ese tiempo, intrigado por el contenido del ejemplar, hizo multitud de copias que repartió a todos aquellos especialistas que consideraba que podían arrojar un poco de luz sobre el misterio.
            A su muerte, sucedida en 1930, su viuda vendió el ejemplar a un marchante, Hans P. Kraus, que no consiguió encontrar comprador debido a los 160.000 dólares que pedía por él, y acabó por legarlo, allá por 1969, a la Universidad de Yale, a la Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos, donde ha permanecido hasta nuestros días, custodiado y examinado hasta la saciedad.
            Hasta aquí todo parece normal, tan sólo un volumen añejo más, como tantos otros, pero el manuscrito, bautizado con el nombre de su “descubridor”, guardaba, y aún lo hace, un secreto: parece estar escrito en una lengua desconocida, o al menos encriptado. Su formato es el llamado cuarto grande, de 15 cm. por 22.
Tras mucho tiempo intentando descifrar el contenido, a la lengua encriptada en que estaba escrito se le dio el nombre de voynichés, ya que finalmente se descartó que se tratara de una lengua desconocida, e incluso que pudiera tratarse de un idioma inventado o artificial, puesto que parecía cumplir las reglas de una o más lenguas europeas. El abecedario de este lenguaje contendría entre 20 y 30 letras, con 170.000 caracteres agrupados en 35.000 palabras; ninguno de estos términos posee más de 10 letras, y no hay ningún signo de puntuación.
            En el volumen, de 240 (ó 230, según versiones) páginas, se pueden apreciar en apariencia dos caligrafías diferentes, como si hubiese sido la obra de dos escribanos. Se especula incluso con que puedan faltar alrededor de una treintena de páginas… Entre quienes se han acercado a su contenido se habla de la extraña sensación que se tiene al intentar leerlo, como si de un momento a otro fueran a ser capaces de interpretarlo con normalidad, debido a la naturalidad de su terminología, como si en realidad no estuviera cifrado…
            Las ilustraciones que contiene han sido divididas en cinco o seis secciones diferentes (según las versiones que tomemos), zonas creadas merced al contenido de las imágenes:

  • Un herbario, con dibujos de plantas de todo tipo: tan sólo unas pocas han podido ser identificadas, el resto no parecen existir en la naturaleza, ya que parecen constar de injertos de diferentes especies, o tener ojos, garras, y detalles similares que desconciertan a los investigadores, obligándolos a pensar si no se tratará de claves simbólicas visuales o algo similar... Entre las que se han creído identificar hay lo que parece un girasol del Nuevo Mundo, lo que estaría indicando, en principio, que la obra no puede ser anterior a 1492; pero todos sabemos que los viajes transoceánicos no empezaron realmente con Colón…
  • Astrología, con símbolos zodiacales y mujeres desnudas que sostienen estrellas, así como aparentes tránsitos de cuerpos celestes, posibles galaxias y tal vez prototipos de instrumentos ópticos. Algunas de las imágenes han sido perfectamente identificadas, lo que presta aún más misterio al volumen, ya que dichas constelaciones y galaxias supuestamente localizadas no fueron reconocidas hasta mucho después del XVI.
  • Biología. En esta sección nos encontramos con dibujos que podrían estar mostrando la circulación sanguínea o el aparato digestivo: podemos contemplar una especie de cisternas conectadas por lo que parece un sistema de cañerías que contiene un líquido de color verde circulando, en el que se bañan mujeres desnudas, además de pequeñas figuras vestidas introducidas en una especie de cubos de basura.
  • Cosmología: pueden contemplarse más diagramas circulares, aunque éstos no tienen un significado reconocido. Esta sección también posee páginas desplegables, una de ellas de seis páginas de largo, que contiene una especie de mapa o diagrama con seis "islas" conectadas por calzadas, castillos y posiblemente un volcán.
  • Farmacia. Aquí nos tropezamos con imágenes de plantas y lo que en principio podría reconocerse como recipientes de boticario catalogados con etiquetas.
  • Recetas alquímicas. En el texto se identifican lo que podrían ser diferentes epígrafes en los que algunas líneas de texto están marcadas con asteriscos. A pesar de este nombre, el apartado no tiene nada que ver con la alquimia, no sólo porque a lo largo de todo el manuscrito no se detecta ninguno de los símbolos tradicionales de este arcano arte, sino porque en el siglo XV, en la Italia del Norte, existió una industria doméstica de libros para curanderos, herbarios con dibujos inventados, preparados para que los sanadores impresionaran a sus clientes. Estos libros se escribían en lenguaje normal, y eran muy diferentes al Voynich en estilo y diseño.

Parte de esta imaginería es quimérica, fantástica, mostrando seres u objetos que no han podido ser reconocidos, y parte perfectamente identificada.
Estudiando su origen se ha podido rastrear a quien se considera oficialmente como su primer propietario: el emperador Rodolfo II de Bohemia, quien lo adquirió por 600 ducados de oro (actualmente equivaldrían a unos 70.000 €). Este gobernante, sobrino de Felipe II, fue un excéntrico y, al igual que su tío, gran aficionado a las ciencias ocultas, coleccionando todo tipo de objetos considerados por entonces malditos o heréticos: juguetes mecánicos, autómatas, recetarios de magia, textos alquímicos…
En este momento de la historia entra en el escenario Jacobus Sinapius, también conocido como Jacobus de Tepenecz, su farmaceútico, favorito del emperador desde que, presuntamente, lo curó de una grave enfermedad con un elixir que él mismo había fabricado. Esta panacea pronto corrió de boca en boca por todas partes, lo que derivó en que el buen hombre hiciera una inmensa fortuna a costa de su bebedizo.
Bien, la cuestión es que Rodolfo II, prendado de Sinapius, le cedió el manuscrito en 1612, que lo retuvo hasta 1622 y lo entregaría a Georgius Barschius (Baresch), que lo poseería desde 1622 a 1665; éste, a su vez, lo enviaría al rector de la Universidad de Praga, Johannes Marcus Marci (Aparentemente, el autor de la carta que encontró voynich), quien lo enviaría a su vez al célebre jesuita Athanasius Kircher, un especialista en criptografía y el hombre más adecuado de su época para conseguir encontrar la clave que se había estado persiguiendo, pero incluso a él se le resistió, desde 1665 hasta 1680. A partir de este momento el rastro se vuelve nebuloso durante unos 250 años, aunque las investigaciones suponen que permaneció custodiado en el Collegium Romanum de los jesuitas (Actualmente la Universidad Pontificia Gregoriana), desde donde fue finalmente enviado a donde lo encontraría su “descubridor”, en Villa Mondragone.

Investigaciones

El Manuscrito Voynich pasó por innumerables manos que intentaron desentrañar su oscuro secreto, sin éxito todos ellos: podemos citar a Johannes de Tepenecz, alias Sinapius, al ya mencionado Athanasius Kircher, e incluso al propio Voynich…

            Las investigaciones para establecer la datación de su escritura han podido averiguar que se trata de una obra del siglo XV, entre 1404 y 1438, redactado e ilustrado con pluma de ave, y sobre pergamino de ternera; no posee título ni marca de autor, lo que resulta aún más extraño; quienquiera que lo hiciera lo escribió de forma impecable, de manera fluida y sin el más mínimo tachón ni mancha, detalles que no concuerdan con el estilo de la época, en el que no era inhabitual encontrar alguna marca de tinta en los textos; también se ha pretendido ubicar su aparición en el Norte de Italia, en base a una idea surgida de la Universidad de Arizona: en una de las ilustraciones se observa una ciudad amurallada con almenas en forma de cola de golondrina, un estilo arquitectónico que, aunque durante el Renacimiento se popularizó por toda Europa, en el momento en que se escribió esta misteriosa obra sólo se había empleado en las zonas de influencia de Venecia y Milán.
            Sin embargo, en este sentido las propias imágenes dan otra versión ligeramente distinta: en algunas de ellas, los personajes que aparecen retratados parecen estar vestidos a la moda de finales del XV o principios del XVI. Si la tinta usada es, según las pruebas, de principios del XV, ¿cómo puede producirse tal incongruencia?
            Pero vayamos aún un poco más lejos: esta datación, llevada a cabo por la Universidad de Arizona, fue realizada en base a las pruebas con Carbono 14, un método que aunque muy fiable, tiene cierto margen de error debido a la posibilidad, muy real y muy probable, de que el objeto estudiado haya podido recoger impurezas a lo largo de su tránsito por diferentes manos y lugares; al fin y al cabo, acercarlo a un punto de intenso calor supondría un ligero rejuvenecimiento, lo que podría suponer que en realidad estuviéramos ante una obra anterior, pongamos por caso del XIII, o del XII…

Lo único que se ha podido constatar con certeza, aparte de su datación y ubicación, a través de los múltiples estudios que se le han hecho al misterioso ejemplar es que su construcción literaria cumple a rajatabla la ley de Zipf, que viene a decir que, en cualquier idioma “normal”, la distribución estadística de las letras y palabras no es aleatoria: la palabra más frecuente en un texto extenso aparece el doble de veces que la segunda más frecuente, el triple que la tercera, etc. Esta ley no la cumplen ninguno de los idiomas artificiales, ni siquiera los más elaborados y complejos, como el élfico de Tolkien o el klingon de Star Trek… Un equipo de investigación dirigido por el físico Marcelo Montemurro comprobó, tras comparar la estructura del Voynich con otros textos en inglés, chino, latín, e incluso con un lenguaje informático y fragmentos del código del ADN (¿?), que, efectivamente, se hallaban ante un lenguaje natural, un idioma del que aún no se sabe cuál es, aunque pueda sospecharse. Sin embargo, esta investigación adolece de ciertos defectos que Gordon Rugg, de quien hablaremos más adelante, se apresuró a remarcar…

            En el siglo XIX, Roger Boole, un excelso matemático al que debe su nombre el Álgebra de Boole, inventó un sistema de lógica simbólica que, según algunos investigadores, podría haber sido similar al que se utilizó para la codificación del manuscrito.

            En 1917, el MI-8, la División de Inteligencia Militar de los Estados Unidos, se interesó por el misterioso ejemplar y puso a su sección de criptología a trabajar en su descifrado. Por entonces, a la cabeza de esta sección se encontraba Herbert Osborne Yardley, un brillante decodificador, y su mano derecha era el capitán John M. Manly, doctor en filosofía.
            Los trabajos de Manly en ese momento con el criptograma Witzke, que consiguió descifrar en tres días a pesar de tratarse de un complejo código de 424 letras y descubrir así el peligroso trabajo del espía alemán Lothar Witzke, llevaron a que se le encargara la misión de afrontar la empresa del Voynich. Tras mucho tiempo bregando con el enigma, tanto él como su jefe abandonaron la tarea, declarando que era “el manuscrito más misterioso del mundo”.

            William Newbold es uno de los hombres que más empeño puso en traducir el misterioso volumen: profesor de Filosofía en Pensilvania a principios del siglo XX, tuvo una meritoria labor como decodificador de los mensajes de los espías alemanes durante la Primera Guerra Mundial, lo que le valió ser condecorado. Fue a finales de su vida cuando se encontró con el Voynich y se propuso la tarea de descifrarlo, empeño que le costó perder la noción de la realidad, volviéndose loco… El misterio de esta investigación estriba precisamente en que a pesar de que anunció que había encontrado claves que le iban conduciendo a la resolución del enigma, ninguna de estas pistas o señales salió jamás a la luz: en 1921 daría una conferencia de prensa explicando el resultado de sus investigaciones, lo que produjo un auténtico revuelo a nivel científico.
            Se había partido de la base de que el autor era Roger Bacon, y que éste había plasmado en su obra sus conocimientos acerca de una ciencia que no empezaría a aflorar hasta mucho más tarde: sabría que la nebulosa de Andrómeda era una galaxia como la nuestra, conocería la estructura de la célula y la formación del embrión a partir de la unión entre el espermatozoide y el óvulo, e incluso la naturaleza de las novas y los quasars, fuentes de energía superiores a la energía de una bomba de hidrógeno y tan fáciles de manejar que incluso gentes del siglo XIII podrían hacerlo…
            La primera medida que Newbold había tomado había sido analizar meticulosamente el manuscrito con una lupa, descubriendo, al parecer, que existía un texto secundario microscópico dentro de las letras, que interpretó como una suerte de taquigrafía. Con todos los conocimientos de cifrado y descifrado que poseía, consiguió reducirlo a una clave de 17 letras romanas, de lo que extrajo seis traducciones diferentes, cada una de las cuales conducía a la siguiente. Por fin, hizo un anagrama del sexto texto, con el que aparentemente consiguió llegar a la redacción definitiva, la solución, escrita en latín.
            Los presentes en la rueda de prensa parecieron dispuestos a aceptar aquellas sensacionales declaraciones, e incluso John Manly, que por entonces había ya abandonado el MI-8, se declaró de acuerdo con los resultados obtenidos.
            Las investigaciones prosiguieron aún varios años más, en colaboración con un amigo, Roland Grubb Kent, quien en 1928, tras la muerte de Newbold, publicaría todas las investigaciones realizadas bajo el título The Cipher of Roger Bacon (La Clave de Roger Bacon). Éste fue el canto de cisne de la obra del descifrador, pues Manly, en colaboración con otros expertos, quiso conocer a fondo el sistema utilizado, y lo que encontró no le gustó nada, lo que le llevó a publicar en 1931 un artículo en la revista Speculum en el que desmontaba por completo la validez de la traducción del Voynich. De cara, la misteriosa escritura miniaturizada no aparecía por ninguna parte, por no hablar del sistema de anagramas que permitía a Newbold obtener múltiples traducciones de un mismo texto, vulnerando así la regla de oro de la criptografía, que señala que para un pasaje dado sólo puede haber una solución…

            En 1943, un abogado de Nueva York creyó haber descifrado el enigma, exponiendo un confuso texto en latín tan lleno de incongruencias que fue desestimado casi al momento.

            Otro de los que se enfrentaron con tesón y ganas al empeño a partir de 1944 fue William Friedman, considerado como el mejor criptógrafo de la era moderna y uno de los fundadores de la NSA (National Security Agency, Agencia Nacional de Seguridad, hoy por hoy uno de los organismos más poderosos de Estados Unidos, por no decir el que más). Entre los avales de este hombre se encuentra haber descifrado el Código Púrpura, un código que protegía las comunicaciones navales japonesas durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el manuscrito Voynich fue la horma de su zapato. A pesar de todo, la hipótesis de trabajo que empleó para enfrentarse al enigma es considerada como una de las más probables: se trataría de una lengua europea sobre la que se habría aplicado un algoritmo que desplazaría letras individuales.
            A su favor hay que decir que su trabajo quedó inacabado, abandonándolo al finalizar la guerra. Demostró que las palabras del texto se repetían más a menudo de lo que suele suceder en un documento corriente, lo que podría sugerir que se tratara de algún tipo de herbario o libro de química.
            Al final, postuló, casi al mismo tiempo que John Tiltman, que en realidad podrían encontrarse ante una lengua artificial, inventada, concretamente una lengua de tipo filosófico, cuyo vocabulario estaría organizado según un sistema de categorías, algo parecido a la categorización que se aplica en las bibliotecas, añadiendo sufijos o prefijos al concepto general. De esta manera, todos los nombres de plantas empezarían con letras similares, de la misma manera que todas las enfermedades, los animales… Podría explicarse así la naturaleza repetitiva del misterioso documento. Sin embargo, aún no se ha podido establecer un significado plausible a ninguno de los posibles prefijos o sufijos del Voynich…

            En 1945, quien se enfrentó al desafío fue un investigador del cáncer, Leonell C. Strong, quien se consideró con las acreditaciones adecuadas para afrontar el misterio: declaró haber sido capaz de traducir ciertos pasajes médicos, asegurando que el autor no era otro que Roger Ascham, estudioso inglés del siglo XVI, y que la traducción hablaba de una fórmula anticonceptiva eficaz. En contra de esta teoría se alzaron voces críticas, sobre todo teniendo en cuenta que el buen doctor no explicaba nada acerca de sus métodos de desencriptado: lo único que comentaba al respecto era que se trataba de “un doble método inverso de progresiones aritméticas basadas en un alfabeto múltiple”. Además, el estilo lingüístico no se correspondía con el de Ascham…

            En la década de los 70, un criptógrafo de la Marina de los Estados Unidos, Prescott Currier, trabajó con el Manuscrito Voynich, observando que parecía haber dos caligrafías diferentes, con diferentes dialectos y convenciones ortográficas, lo que podría obligar a replantearse si no habría dos códigos distintos… Sin embargo, posteriormente, un experto en caligrafía analizó la escritura, concluyendo que la obra completa había sido escrita por la misma mano.
            La explicación a la observación de Prescott podría estar en que a lo largo de todas las secciones se puede distinguir una transición gradual, que comenzaría en lo que él llamó el herbario A, y acabaría en el herbario B, lo que estaría indicando que, probablemente, en un origen el herbario B marcaba el final del documento, y que en algún momento había sido cosido en la posición que ocupa en la actualidad…

            Un detalle que surge de todas estas investigaciones, y que podría arrojar algo de luz sobre el misterioso documento, es que se han reconocido algunos símbolos que podrían apuntar a que el sistema de cifrado utilizado era el que disponía la cancillería milanesa en el siglo XV, y que consistiría en un algoritmo que trastocaría letras individuales, imposible de resolver sin la clave…

            Pero sigamos con los intentos: en 1978 le tocó el turno a John Stokjo, un filólogo aficionado, quien aseguró que el texto estaba escrito en ucraniano, pero que habían sido eliminadas las vocales. Sin embargo, a pesar de que su traducción no era un galimatías como otras, los términos en que se expresaba carecían de un sentido lógico. Como muestra, una de las frases obtenidas de su traducción: “La vacuidad es aquello por lo que lucha el ojo de un dios bebé”…

            Todo el mundo ha estado interesado en el dichoso manuscrito, sin que hasta el momento haya nadie tenido ocasión de conseguir leerlo entero: en 1987, Leo Levitov aseguró que el Voynich era una transcripción sencilla de una “lengua oral políglota”, y propuso un desciframiento parcial en una mezcla de lengua flamenca medieval con préstamos del alto alemán y del francés antiguos. Pretendía que todo giraba en torno a los cátaros y el culto a Isis, y que se trataba de un ritual específico de este pueblo, conocido como el ritual de Endura, y que no era otra cosa que una ceremonia de suicidio asistido. Según esta teoría, las imágenes no representan nada físico, real, sino que se trataría de la simbología propia del pueblo cátaro en relación con el ritual: las plantas serían símbolos secretos de la fe, las mujeres en tinas mostrarían el suicidio ceremonial, que incluiría la venesección, esto es, cortarse las venas para que la sangre se derrame en una bañera con agua caliente, y las constelaciones sin análogo celestial constituirían las estrellas del manto de Isis…
            Los obstáculos a esta propuesta no tardaron en llegar: la fe cátara era un gnosticismo cristiano, no asociado de ninguna manera con la diosa egipcia Isis, además del hecho de que acudir a los cátaros retrotraería el origen del manuscrito a los siglos XII o XIII. La única manera de aceptar esta posibilidad es que la datación con el Carbono 14 se hubiera efectuado sobre una muestra contaminada y, por tanto, rejuvenecida…

            El misterioso manuscrito que nos ocupa fue investigado también bajo la lupa de la esteganografía, un sistema muy antiguo, del que ya hablaba el abad Johannes Trithemius en 1499. Una de las ideas que se usaron, tanto para descifrar el manuscrito como para demostrar que se trata de un fraude, fue la de que se había usado una grilla o rejilla de Cardano, consistente en una pieza plana agujereada en sitios estratégicos que permitirían ver la información real contenida en el texto. Precisamente la naturaleza de los textos en los que se utiliza esta codificación es arbitraria, hasta el punto de que sin saber cuál es el criterio seguido (por letras, palabras, párrafos… la primera, la segunda, la tercera…), resulta prácticamente imposible de descifrar. Pero aún podemos ir más lejos en este sentido: el fundamento básico de la esteganografía consiste en que el texto original, en el que se va a esconder la información, ha de ser legible, para que cualquier persona que lo vea sin conocer su secreto piense que es un volumen normal, sin mayor trascendencia. Sin embargo, la escritura del Voynich rompe con esta premisa, ya que su aparente cifrado hace que quien recoge el libro parta de la base de que efectivamente existe un mensaje en su interior…
            Algunos investigadores han sugerido incluso la posibilidad de que el texto oculto esté marcado por la propia forma de los caracteres, pero un examen concienzudo demuestra que tal premisa no se cumple.

            Aún ha habido muchas más investigaciones en torno al Voynich: Jacques Guy, un destacado lingüista, propuso la idea de que en realidad se había utilizado una lengua natural exótica. Al menos en apariencia, la estructura de palabras podría ser sospechosamente similar a la de algunas familias lingüísticas de Asia Oriental y Central, entre las que se postulan como más cercanas la chino-tibetana (que comprende el chino, el tibetano y el birmano), la austroasiática (con el vietnamita y el khmer), y quizás la tai (con el tailandés y el lao).
            Históricamente, esta teoría es plausible: según los intercambios culturales entre Europa y Asia, es factible pensar que en el siglo XV un nativo del Lejano Oriente, tal vez educado en una misión europea, pudo haber escrito este libro.
            Explicaría la gramática del Voynich, que parece coincidir con algunas de las características del chino y el vietnamita; también podría explicar la aparente división del año en 360º en lugar de 365 días, en grupos de 15 y comenzando en Piscis, características más propias del calendario agrícola chino que de los occidentales. Sin embargo, en las ilustraciones no aparece el más mínimo rastro de simbolismo oriental.
            Un poco después, en 2003, siguiendo esta línea de investigación, el polaco Zbigniew Banasik propuso la hipótesis de que había sido redactado en lenguaje manchú, y al menos en apariencia dio una traducción incompleta de la primera página del manuscrito. ¿Por qué no prosiguió con el resto del texto?

            En 2004, James Finn escribió un libro, Pandora’s Hope, en el que exponía una nueva teoría acerca de la decodificación del Voynich: en realidad, se trataría de una codificación visual a partir del hebreo. Sí, han leído bien, el hebreo, lo que haría suponer que el autor habría de ser de esa etnia o, cuando menos, conocer ese lenguaje lo suficientemente bien como para poder elaborar semejante artificio.
            Según su traducción, una vez se han transcrito las letras correctamente, usando como guía el E.V.A.[1], se pueden leer muchas palabras del manuscrito en el idioma hebreo, repitiéndose con variaciones más menos claras con la aparente intención de confundir al descifrador.
            Esta teoría presenta varios obstáculos. Uno de ellos es que este sistema provee de múltiples interpretaciones visuales alternativas del mismo texto, rompiendo el axioma básico del cifrado-descifrado y sumiendo al aspirante a traductor en ambigüedades y subjetividades que impiden ver claramente la solución correcta.

            Así pues, a la hora de afrontar el descifrado del Voynich, los investigadores han planteado diversos sistemas, como son:

  • El cifrado de letras, consistente en intercambiar unas letras por otras mediante procesos más menos ingeniosos o complicados, pudiendo incluirse entre estas letras signos de puntuación, caracteres especiales como comas, exclamaciones, guiones, etc… Hay muchos sistemas y muy variados, lo que dificulta su descifrado si no se posee la clave concreta que se ha utilizado; sin embargo, son los más fáciles de descubrir…
  • Cifrado con libro de códigos, que viene a ser una variante ampliada y mucho más compleja que la citada con anterioridad. Consistiría en que las palabras del texto original serían sustituidas por su equivalente en un diccionario previamente establecido, lo que haría el documento más invulnerable si no se dispone de dicho libro. En apoyo a esta teoría sobre el Voynich, se puede decir que la estructura interna y la distribución de la longitud de estas palabras son similares a las de los números romanos, un código natural a elegir en los tiempos que se están barajando. En contra de esta teoría, este sistema resulta eficaz en textos cortos pero no en los largos, ya que resultan muy engorrosos de leer y escribir…
  • Cifrado visual, un sistema por el que una vez establecidas las palabras que van a ser utilizadas, se deforman a propósito en diferentes puntos del texto para hacerlas parecer distintas y que el decodificador se enfrente a múltiples posibilidades que no conducen a ninguna parte.
  • Esteganografía, una ciencia que pretende encontrar el mensaje no en el texto en sí mismo, sino en pequeños detalles dispersos por todo el conjunto, como puede ser la segunda letra de cada palabra, el número de letras en cada línea, tomar una de cada tres palabras…
  • Lenguaje natural exótico, un sistema que consiste en usar un idioma existente, exótico, pero reescrito con un alfabeto inventado.
  • Lengua políglota, un sistema consistente, en palabras de Leo Levitov, en “una lengua literaria comprensible para aquellos que no entendieran el latín, a quienes se les podría leer en esta lengua”.
  • Lengua artificial, algo que aunque está escrito en un idioma reconocible, en realidad no tiene estructura gramatical normal, sino que sigue unos parámetros estipulados por el cifrador.

En una palabra: prácticamente todo lo conocido se ha probado con el manuscrito de marras, tanto manualmente como utilizando las técnicas más modernas de ordenador, así que por mera lógica debería haber aparecido la clave que permita descifrarlo. Pero no ha sido así, por lo que sólo nos quedan dos posibilidades: o bien el sistema de cifrado es tan elaborado que resulta imposible de decodificar sin la clave adecuada, o bien se trata de un engaño, como muchos han postulado últimamente…

            Para intentar llegar al fondo del asunto, los investigadores comienzan sus planteamientos con una pregunta clave: ¿cuál pudo haber sido el propósito del Voynich? Se han propuesto teorías que van desde ideas más o menos razonables hasta hipótesis que rozan el delirio:

·         Las últimas teorías hablan de que podría contener secretos de los gremios de artesanos de Milán, y podrían incluir entre estos secretos la elaboración de venenos y la producción de vidrio, una artesanía que se protegía férreamente y cuya transmisión a personas no iniciadas o potencias extranjeras estaba penada con la muerte.
·         La naturaleza de sus dibujos han hecho pensar a muchos que no sería otra cosa que un herbolario, pero esta idea no explica el resto de las secciones.
·         También se lo ha relacionado con conocimientos que marcarían el comienzo de los estudios de la naturaleza de la energía atómica.
·         Entre otras ideas, se ha planteado también la cuestión de que fuese algo parecido a un grimorio medieval, un tratado de magia negra. Ése y no otro sería el motivo de que hubiera sido encriptado, para mantener la cabeza de su autor a salvo de los celosos guardianes de la fe…
·         Otra de las teorías para el contenido del volumen es la de una profecía o profecías que estarían marcando el futuro de la Humanidad…
·         También se ha sugerido que podría contener las pistas que dan acceso a un tesoro de extraordinario valor.
·         Se ha llegado a hablar incluso de que podría contener las pistas para la resolución de un crimen.
·         Jacques Bergier sugirió que las páginas del Voynich ocultan, al igual que volúmenes como la Esteganografía de Trithemio o el Libro de Toth, el secreto de un poder inmenso que podría cambiar los designios de la humanidad. Su teoría parte de la base de que es indescifrable porque el idioma que se ha utilizado para su encriptado no es humano, sugiriendo un origen más alienígena. Si bien la naturaleza de las imágenes en las que aparecen plantas y seres desconocidos podría hacernos pensar algo así, éste es realmente el único indicio para admitir semejante interpretación…
En este sentido, podríamos ir un punto más lejos: John Dee, el mago isabelino del siglo XVI, dijo, entre otras cosas, haber encontrado el “lenguaje de los ángeles”, un idioma desconocido que pudo haber utilizado para ocultar la información en su Liber Logaeth. ¿Y si es éste el mismo idioma utilizado en la confección del manuscrito que nos ocupa, descubierto por alguien anterior a Dee, y que éste se habría limitado a aprovechar para sus propios fines?
·         Entre los investigadores más heterodoxos surgió la idea, a raíz de ciertos escritores que utilizaron el libro para sus historias de los Mitos de Cthulhu (comenzadas por Lovecraft), de que en realidad el Voynich no sería otra cosa que la edición encriptada del libro maldito más famoso de la literatura, el Necronomicon del Maestro de Providence, y contendría ni más ni menos que los secretos más terribles acerca de los Grandes Antiguos y de las formas en que éstos podrían ser atraídos de nuevo hasta nuestro mundo para que vuelvan a gobernarlo igual que lo hicieron en tiempos pretéritos…
·         Quienes lo relacionaron con Roger Bacon pensaron que podía tratarse de las investigaciones de este filósofo acerca de la piedra filosofal y el elixir de la vida, y que el motivo de su encriptado habría sido eludir la acusación, por entonces muy presente, de practicar la magia negra y realizar estudios heréticos.
·         La teoría del engaño es la que más adeptos tiene últimamente. De hecho, Gordon Rugg, un pscólogo inglés, intento demostrar en 2000 esta hipótesis con la llamada grilla o rejilla de Cardano: utilizando este sistema, concretamente una tarjeta con tres ranuras, se podían inventar palabras voynichesas, con lo que resultaría relativamente fácil crear un manuscrito como el que estudiamos, aunque no poseyera significado alguno… Esta teoría es interesante, pero obvia el detalle fundamental de que el Voynich, al seguir la ley de Zipf, parece demostrar que contiene un lenguaje real, humano, y no una artificialidad sin sentido alguno. Al margen de que el parecido entre la creación de Rugg y el Manuscrito es meramente visual, y no cuantitativo…

Los intentos de decodificar el manuscrito no cesan: de hecho, en Internet he llegado a encontrar un par de ellos, que expondré a continuación:

  • Alguien, de quien no he conseguido localizar el nombre pero que escribe en primera persona, se jacta de haber conseguido traducir el misterioso volumen; para ello, ha tomado como premisas que el manuscrito está escrito en italiano medieval, que lo escribió una persona zurda y que se trató de Leonardo Da Vinci con unos 8 años de edad. De cara, ya nos encontramos ante un serio problema: puesto que la datación lo sitúa en el siglo XV en algún punto del Norte de Italia, es lógico pensar que esté escrito en italiano medieval, aunque tampoco podemos hablar de certeza: ¿y si lo escribió un personaje, pongamos por ejemplo, portugués, que vivía en la zona? Entonces, la lógica nos dictaría que estaría escrito en el idioma luso…
Adjudica la autoría a Da Vinci. ¿Realmente cree que con esa corta edad se iba a embarcar en semejante tarea? Por ubicación podría encajar, pero no desde luego por fechas… Y ya la puntilla la pone con la cuestión de que lo ha escrito una persona zurda. ¿En qué se basa? ¿Tal vez en que Leonardo era zurdo?
La idea que sostiene de que el código de cifrado ha debido ser relativamente fácil es muy razonable, sobre todo por el hecho que expone de que un método muy sofisticado hubiera requerido mucho tiempo y probablemente un borrador previo en un momento en que el papel no era precisamente un objeto de uso tan cotidiano; también modifica el sistema EVA en algunos caracteres.
En base a una frase del texto, y al uso popular de aquella época, evalúa la posibilidad de que se hayan utilizado anagramas, es decir, que en realidad se hayan limitado a trastocar el orden natural de los caracteres.
A partir de aquí, la traducción que propone no es, como pudiera parecer por el tono, completa, sino que para comenzar toma las palabras que considera que pueden estar representando el nombre de plantas y las traspone hasta llegar a un resultado que parece razonable, obteniendo el nombre de dichas plantas. La cuestión es sencilla: a partir de este punto, ¿podría descifrar todo el documento y mostrarnos su contenido?
Mi opinión en lo que respecta a esta pregunta es no: como bien indica en su desarrollo, los anagramas pueden dar lugar a más de una interpretación, lo que vulnera, como ya hemos dicho a lo largo de este artículo, la máxima básica del cifrado-descifrado. Se puede seguir una pista, y tropezarse al cabo de poco con un muro, por lo que hay que recomenzar de nuevo para buscar otro rastro, que podría a su vez acabar siendo igualmente erróneo, y así hasta la saciedad… Aparentemente ha sido capaz de traducir algunos términos del herbario, pero no ofrece una solución real a TODO el documento, que es de lo que se trata.
Por otra parte, se me ocurre otra pregunta: con todas las investigaciones que ha habido hasta el momento, con toda la ciencia informática que se ha aplicado a la traducción del Voynich, es imposible que algún experto no haya utilizado en algún momento las mismas premisas que esta persona, por lo que posiblemente este método haya sido ya probado y descartado en algún momento. ¿Y resulta que ahora sí funciona?
  • El siguiente descifrador del que vamos a hablar es Viekko Latvala, un empresario de Finlandia que se ha autoproclamado “profeta de Dios” y que ha anunciado que ha conseguido descubrir el misterio del manuscrito.
Asegura que lo ha logrado con la ayuda de un poder mayor, es de suponer que algún ángel, algún santo, o el mismísimo Dios. Sin aportar datos claros acerca del sistema que ha utilizado para traducirlo, afirma con rotundidad que se trata de un registro de las plantas de su autor, probablemente para establecer un control y seguimiento y poder así utilizarlas con propósitos científicos y medicinales. El lenguaje que utilizó para escribirlo fue una mezcla de español e italiano, pero con giros de un idioma que el autor manejó para “hablarse a sí mismo”: este idioma no es otro que un raro dialecto de Babilonia que se utilizaba en una pequeña área de Asia. Ahí es nada… Entonces, ¿hemos de pensar que alguien, en el siglo XV, decidió que la lista de las plantas que tenía en el almacén merecía la pena ser codificada para que nadie lo supiera, y para ello utilizó un raro lenguaje babilónico?

Posibles autores

            La redacción del Voynich ha sido atribuida a diferentes personajes históricos a lo largo de todas las investigaciones realizadas: las asociaciones más destacadas han sido las siguientes:

  • Roger Bacon, un fraile franciscano nacido en 1214 en Ilchester, Inglaterra, considerado por algunos como el padre de la filosofía experimental, y relacionado con temas como la alquimia, la magia, las ciencias ocultas, la teología, la filosofía, la medicina, la botánica e incluso la meteorología... Esta idea surge a raíz de la lectura de la Carta Marci, en la que textualmente el rector de la Universidad de Praga escribe: “El maestro de idioma bohemio de Fernando III, el Señor Doctor Rafael, me ha informado de que el libro antedicho perteneció al emperador Rodolfo, que pagó por el libro 600 ducados. Él creía que su autor era el inglés Roger Bacon”. Evidentemente, era una pista muy obvia, pero tampoco resultaba ninguna certeza: al fin y al cabo, no hace una afirmación, sino una mera opinión del Doctor Rafael. Esta teoría, aunque estuvo muy en boga al principio, ha sido definitivamente descartada. Sobre todo, desde que se descubrió la procedencia del ejemplar: primera mitad del siglo XV, norte de Italia.
  • Raimon Llull, un pensador mallorquín del siglo XIII y además uno de los grandes pensadores de su época, pero es una teoría que tampoco se sostiene demasiado, en base al origen del manuscrito, muy posterior al filósofo. Pero para quienes piensan de esta manera vamos a dar un dato que puede resultar importante: la investigación de la Universidad de Arizona mediante el Carbono 14 lo dató en la primera mitad del XV, pero sabemos que existe un margen de error del 5%, por no hablar de que si la muestra está contaminada se obtiene un resultado rejuvenecido, esto es: si, por ejemplo, el manuscrito hubiera estado expuesto en algún momento a una intensa fuente de calor, o al CO2 resultante de la combustión de los automóviles, el resultado del XV podría retrotraerse hasta los tiempos de Llull o Bacon…
  • Antonio Averlino “Filarete”. Personaje del siglo XV, por lo que por datación podría encajar en la obra que nos ocupa, que se dedicó también al cifrado de textos. Además, también podría coincidir la ubicación original, ya que a mediados de siglo se trasladó a Milán, convocado por Francesco Sforza, para el cual construyó, alrededor de 1456, el Ospedale Maggiore. ¿De qué otros detalles disponen los investigadores para sugerir esta teoría? Veamos: en una parte del manuscrito se representa lo que podría ser el sistema de circulación de agua basado en cañerías de terracota, un sistema que Filarete utilizó en un diseño del Ospedale Maggiore; además, la fortaleza que aparece en su representación de una ciudad circular parece coincidir notablemente con el castillo Sforza, en cuya ampliación también participó; por otra parte, cuando perdió el favor de los Sforza se colocó en una situación muy complicada, que le impedía seguir realizando su profesión de forma normal; esto, unido a la relación de amistad que poseía con otros científicos que trabajaban con los mayores rivales de Milán en el Mediterráneo, esto es, el Imperio Otomano, ha hecho pensar que pudo ser bastante lógico que Filarete creara el Voynich para poder llevarse sus secretos con él sin exponer su cabeza, ya que el hecho de que algunos de ellos cayeran en manos enemigas suponía la pena capital inmediata…
  • Roger Ascham, un estudioso inglés del siglo XVI. Esta teoría, expuesta en las investigaciones, fue descartada rápidamente. Además, tampoco concuerda con la datación del manuscrito…
  • John Dee, el mago de la Corte isabelina. La hipótesis sobre la que se ha trabajado es que este hombre, eminente astrónomo y matemático, amén de creador del término “Brittannia” y además ideólogo de la enigmática Orden de los Rosacruces, pudo haber sabido, a través de la gran influencia que poseía en las Coronas europeas del siglo XVI, de la pasión de Rodolfo II por el ocultismo, detalle que le movió a pergeñar el fraude para timar al gobernante. De hecho, habla en su favor el que haya sido capaz de crear un complejo sistema de cifrado que resistió los ataques de su época, y que el Liber Logaeth, de su puño y letra, aún no haya sido tampoco descifrado.
  • Edward Kelley, el ayudante del anteriormente citado John Dee, un alquimista que aseguraba que podía conversar con los ángeles. Una de las interpretaciones que se ha dado a estas dos suposiciones es que Kelley inventó el voynichés y el libro para engañar a su mentor, quien a su vez intentó utilizar el ejemplar para estafar al emperador Rodolfo II de Bohemia, pero a la luz de los datos de que se dispone acerca de su datación y origen, han sido también descartadas. Uno de los motivos para descartar a estos dos personajes es, precisamente, la ubicación del origen del libro: en Italia, alrededor de primeros del siglo XV. John Dee nace en 1527, y Edward Kelley en 1555… Resulta un interesante apoyo a estas dos teorías el método de encriptado conocido como “Grilla de Cardamo”. En esencia, se trataría de una tarjeta con ranuras, al estilo de las tarjetas perforadas de los ordenadores: cuando se pasa este cartón sobre el texto que se pretende descifrar, a través de los huecos se percibe el auténtico mensaje escondido.
  • Leonardo da Vinci. Esta teoría surge de la mano de la historiadora Edith Sherwood, quien tras estudiar el misterioso códice publica un estudio en el que expone la aparente similitud que existe entre la caligrafía del manuscrito y la escritura especular del insigne genio del Renacimiento. Como apoyo a esta hipótesis, la investigadora tomó como punto de partida uno de los mapas de la sección astrológica, que representa el símbolo de Aries junto a 15 ninfas desnudas con dibujos de estrellas, interpretándolo como una carta astral de alguien que había nacido al atardecer (las estrellas) del día 15 (las ninfas) de abril (Aries); casualmente, el abuelo de Da Vinci anuncia que un nieto suyo nació a la hora tercera del sábado 15 de abril de 1452, momento que se correspondería con las actuales diez y media de la noche. Ésta y otras características, algunas de ellas un tanto subjetivas, como la localización debajo del dibujo del carnero de una palabra que aparenta ser “ob…l”. que ella interpreta como una prueba de la escritura especular del propio nombre “Lionardo”, parecen reforzar la idea, pero se nos olvida un detalle fundamental: Leonardo nace en 1452, y la autoría se remonta, en el peor de los casos, a 1438, y en el mejor a 1460. ¿Cómo iba a escribir algo así con 8 años, o antes de haber nacido?
  • Jacobus Sinapius. Ya hemos hablado de él, era el favorito de Rodolfo II. Para apoyar esta teoría, los investigadores se basan en una reproducción fotostática de la primera página del manuscrito, en la que parece detectarse un débil rastro de unas palabras que habían sido borradas, que con productos químicos y esfuerzos consiguieron ser interpretadas como “Jacobj ‘a Tepenece”. Sin embargo, la caligrafía de este personaje no coincide con la del misterioso autor del Voynich, por no mencionar el hecho de que este nombre aparezca en el libro no significa necesariamente que sea el autor, también puede ser explicado cómo que pone su firma como dueño, como se ha hecho a menudo con libros más modernos.
  • Johannes Marcus Marci. La teoría que se expone para plantear que este rector fuera el autor del manuscrito pasa una cuestión de rivalidad. Al parecer, todo comienza en 1638, cuando Marci conoce a Kircher mientras encabezaba una delegación de la Universidad Carolina de Praga a Roma; esta delegación tenía como objetivo mantener en pie la lucha existente desde hacía tiempo entre la facción secularista de la Universidad, que pretendía mantener su independencia frente a los jesuitas, que dirigían por entonces el Colegio Clementium de Praga, rival de la Universidad. Con el tiempo acabó producirse la fusión entre ambas entidades, allá por 1654, quedando el conjunto bajo el control de los jesuitas. La especulación sugiere que la animosidad política contra este grupo religioso, sobre todo tras la fusión, llevaría a Marci a “fabricar” la carta de Baresch y más tarde el Voynich, en un intento de desacreditar a la estrella más refulgente de los jesuitas, Athanasius Kircher. Los conocimientos del rector parecen adecuados para esta tarea, y su presa, que se suponía una mente suprema, resultaba una víctima fácil y lógica, ya que los grandes logros que se le atribuyen son, sobre todo, sus errores espectaculares. De hecho, la carta de Baresch muestra un cierto parecido con otro intento de fraude que sufrió el pobre Kircher: un orientalista, Andreas Mueller, elaboró un manuscrito ininteligible y se lo envió para que intentara descifrarlo, con una nota en el que le comentaba que lo había encontrado en Egipto, un reclamo de lo más apetitoso. Kircher, como no podía ser menos, cayó completamente en la trampa y le envió una traducción inmediatamente.
Los investigadores no se ponen de acuerdo acerca de la existencia de Baresch, lo que aporta verosimilitud a esta conjetura: las únicas pruebas existentes son tres cartas enviadas a Kircher, una del propio Baresch, en 1639, y dos de Marci, hacia 1640, en las que lo menciona. Y también podría ser una prueba el hecho de que la correspondencia entre Marci y Kircher acabara precisamente en 1665, con la carta adjunta al dichoso manuscrito… Pero también hay pruebas en contra de esta hipótesis: en primer lugar, el resentimiento de Marci contra los jesuitas no es un hecho contrastado, el rector era un católico devoto, que incluso había estudiado para ingresar en la Orden de los jesuitas, y en un acto de suprema ironía, poco después de su muerte, en 1667, le fue concedida la pertenencia honorífica a dicha Orden. Por no hablar de la prueba del Carbono 14, que sitúa el origen del libro como 200 años antes…
  • Raphael Missowsky. Éste era un amigo de Marci, criptógrafo entre otras cosas, al que se le atribuye la historia de Bacon (El Doctor Rafael de quien ya hemos hablado), y que al parecer llegó a inventar un cifrado presuntamente indescifrable. Esta idea ha hecho pensar a algunos investigadores que pudo haber elaborado el Voynich como una prueba de la invulnerabilidad de su codificación, convirtiendo a Baresch en una cobaya de su experimento. Cuando Kircher publicó su libro sobre el copto, Missowsky pensó que el jesuita podría ser un trofeo mucho más importante que Baresch, por lo que convenció a éste para que involucrara en la resolución del problema a Kircher, inventando la historia de Roger Bacon para motivar aún más al pobre Baresch. Hay un detalle ligeramente sospechoso: el hecho de que Marci, en su carta adjunta al manuscrito se negase a dar su opinión al respecto, podría estar indicando que se olía que podría tratarse de una trampa, de un engaño… Sin embargo, de nuevo nos tropezamos con el mismo escollo de siempre: la datación del manuscrito.
  • Fraude elaborado por el propio Voynich. Ésta es la teoría a la que se aferran los escépticos y los investigadores desesperados desde el 2004. Consideran que, si no hay manera de descifrarlo, es porque no hay nada que descifrar, se trataría tan sólo de una broma, de un galimatías artificial que inventó el descubridor del volumen para reírse un poco a costa de todos. Se olvidan, como ya hemos mencionado, de que los estudios aplicados al Voynich demuestran que, efectivamente, en su concepción no existe la artificialidad, como ocurre en idiomas literarios como el élfico de Tolkien o el klingon de Star Trek. Y que la Universidad de Arizona ha confirmado su antigüedad…

El Voynich en otros ámbitos

            El Manuscrito Voynich ha inspirado alrededor de una treintena de novelas, ofreciendo diferentes traducciones y versiones de su contenido; Colin Wilson, un seguidor de los Mitos de Cthulhu lovecraftianos, llegó a presentarlo en una historia, El Regreso de los Lloigor, diciendo que habían conseguido traducirlo y que su título era… Necronomicon.
            También sir Walter Scott llegó a interesarse por el enigmático ejemplar, afirmando que “en ese temible volumen yace el misterio de los misterios”.
            Hasta tal punto ha llegado la fascinación por este misterioso ejemplar, que un profesor de la Universidad de Virginia, Reed Johnson, ha escrito unas palabras muy sugerentes: “Tanta gente ha dedicado tanto tiempo a intentar descifrarlo que si fuera un fraude sería trágico. Nos impulsa el afán de descubrir algún significado trascendente. Por lo menos, que no sea una lista de la compra o un catálogo de chistes verdes de los monjes del siglo XV”… Ahí es nada.   A esto él mismo añade un corolario que no deja de ser una gran verdad: “Voynich estaba equivocado cuando dijo que descifrar el manuscrito lo haría más valioso. La resistencia del libro a ser leído es lo que lo hace único. No importa lo interesante que sea lo que dice, será una decepción cuando deje de ser un misterio”.

Conclusiones

  • Podemos afirmar, prácticamente sin lugar a dudas, que el Manuscrito Voynich fue confeccionado en el siglo XV. El detalle del Norte de Italia indica que o bien fue escrito allí, o por alguien que había vivido allí y conocía la arquitectura de la zona.
  • En consecuencia, podemos descartar prácticamente a todos los personajes posteriores al siglo XV, o que hayan nacido por entonces. No hay manera de encajar a Leonardo Da Vinci, a no ser que acepemos que fue ya un genio inconmensurable con 8 años.
  • ¿Por qué nos empeñamos una y otra vez en asignar las cosas a personajes relevantes de las ciencias y las letras? Normalmente suele ser así, pero, ¿por qué no pensar en la posibilidad de que nuestra misteriosa obra fuera el resultado de algún oscuro pensador, filósofo o científico del siglo XV cuyo nombre no hubiera quedado registrado en los libros de historia porque no hizo nada verdaderamente importante? Todos sabemos que la historia está plagada de intrigas, plagios, robos de inventos o descubrimientos... ¿Por qué no pensar que éste pudo haber sido uno de esos casos, y que alguien que pasó sin pena ni gloria por la historia pudo haber creado un sistema de cifrado invulnerable, dejando en mantillas al resto de insignes esteganógrafos? Evidentemente, contra esta idea subsiste el anhelo humano de la notoriedad. Este desconocido podría haber saltado en algún momento a la palestra anunciando su logro, pero no lo hizo. ¿Por qué? ¿Por proteger su cabeza? ¿Porque para cuando se comenzó a conocer el manuscrito había muerto?
  • El hecho de que se trate de un texto escrito de corrido, es decir, sin necesidad de pensárselo demasiado, como quien escribe estas líneas, lleva a pensar, a pesar de todo, en dos posibilidades: en primer lugar, que el cifrado se hiciera sobre un borrador y luego se llevara a cabo la transcripción, copiando sin más el texto obtenido; y en segundo lugar, que si no hubo borrador, el código tendría que haber sido tan sencillo que con las técnicas actuales tendría que haber aparecido...
  • En cuanto a su contenido, a juzgar por las imágenes, no parece que estemos ante nada espectacular, misterioso ni arcanológico, sino más bien ante un compendio de conocimientos de la época. Precisamente esta idea es la que puede dar la explicación de la codificación, una explicación de la que ya se ha hablado a lo largo de este artículo: ¿quién se tomaría tantas molestias para ocultar un texto común? Alguien que no ha escrito tal texto común, sino que ha puesto sobre el papel unos conocimientos que para la época resultarían heréticos y que podrían costarle la cabeza, alguien que pretendía que sólo quienes conocieran el código y, por tanto, estuvieran en el secreto, pudieran leerlo…
La redundancia excesiva de los términos podría estar aludiendo precisamente a fórmulas químicas, alquímicas, mágicas, herbales…
  • En el caso de tratarse de un engaño, la pregunta es evidente: ¿a quién le interesaría tomarse tantas molestias para semejante constructo? Kelley tendría todos los boletos, o Dee, pero vivieron bastante después de la escritura del libro… ¿Y todo para qué? ¿Por 600 ducados? No me parece una solución demasiado lógica, si se hace algo así sería para conseguir mucho más, no necesariamente dinero, sino poder… Por mucho que Gordon Rugg pretenda convencernos de que es muy fácil crear una obra ficticia como el Voynich, sus resultados distan mucho de demostrar tal aserto, sobre todo teniendo en cuenta la estructura tan sistemática que contiene el texto original. Cuando creó su copia, desde luego no se parecía demasiado al texto que estamos estudiando…
  • Tan sólo una última pregunta: ¿y si nos encontráramos ante un documento que, en realidad, es la copia de otro anterior, escrito en una lengua desconocida que se usó en la antigüedad, y que en realidad no estuviera cifrado, sino simplemente transcrito? Las imágenes podrían no ser otra cosa que añadidos del amanuense, para darle una apariencia más “normal” en la que no resaltase la extrañeza del texto, o incluso copiados del original y voluntaria o involuntariamente modificados, con lo que en realidad no se corresponderían exactamente con el contenido del texto…

Bibliografía

  • The Cipher of Roger Bacon, Roland Grubb Kent. 1928.
  • Los Libros Condenados, Jacques Bergier. 1973.
  • Enciclopedia Lo Inexplicado, vol. 6. 1980.
  • The Voynich Manuscript: An Elegant Enigma, D’Imperio. 1980.
  • Solution of the Voynich Manuscript: A liturgical Manual for the Endura Rite of the Cathari Heresy, the Cult of Isis, Leo Levitov. 1987.
  • The Voynich Manuscript and the Necronomicon, Daniel Harms. 1998.
  • The Queen's Conjuror, Benjamin Wollet. 2001.
  • El Manuscrito Voynich y la Búsqueda de los Mundos Subyacentes, Mario M. Pérez-Ruiz. 2002.
  • La Esperanza de Pandora, James Finn. 2004.
  • El Manuscrito Voynich, Marcelo Dos Santos. 2005.
  • Breve ensayo sobre el Manuscrito Voynich, Francisco Violat Bordonau. 2005.
  • Sobre el posible autor del Manuscrito Voynich, Francisco Violat Bordonau. 2005.
  • El ABC del Manuscrito Voynich, Francisco Violat Bordonau. 2006.
  • El manuscrito Voynich: un enigma sin resolver, Gerry Kennedy y Rob Churchill. 2006
  • El manuscrito de Voynich y la búsqueda de los mundos subyacentes, Mario M. Pérez Ruiz. 2006.
  • El Quinto Mandamiento, Eric Frattini. 2007.
  • Libros Malditos, Óscar Herradón Ameal. 2011.
  • Revista Año Cero, nº 182. 2011.
  • El Manuscrito Voynich: un Enigma sin Resolver, Gerry Kennedy, Rob Churchill y Elizabeth Casals. 2012.
  • Revista dominical El Semanal, nº 1359. 2013.
  • El Manuscrito Voynich: el Manuscrito más Misterioso del Mundo, David G. Walker. 2013.
  • La vértebra de Dios & Demonio Blanco (Misterios del Manuscrito Voynich), Alexander Copperwhite y José Antonio Flores Yepes. 2013.

  • El Regreso de los Lloigor, Colin Wilson. 1969.
  • El Castillo de las Estrellas, Enrique Joven. 2007.
  • El Caso Voynich, Daniel Guebel. 2009.

Fuentes en Internet

  • Wikipedia
  • Taringa.net
  • Axxon.com.ar
  • Blogs.com.ar
  • Mundoparanormal.com

Documentales
  • El Misterioso Manuscrito Voynich, Canal de Historia.
  • El códice Voynich. El manuscrito más misterioso del mundo. La 2.




[1] European Voynich’s Alphabet, Alfabeto Europeo de Voynich, un sistema de transcripción creado por René Zandbergen y Gabriel Landini en 1998, usado para facilitar la traducción del manuscrito, y basado en el propuesto por Jacques Guy, presentado por primera vez en 1991. Básicamente sirve para los no duchos en el arte de la lectura de textos antiguos, que se encuentran con la transcripción literal de las grafías a un entorno más visible.

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