miércoles, 8 de octubre de 2014

ALEJANDRO MAGNO



ALEJANDRO MAGNO:
MEGALOMANÍA E IMPERIO

José Francisco Sastre García


            Pocos personajes de la historia han llamado tanto la atención como Alejandro Magno, el hombre que creó uno de los mayores imperios que la humanidad ha conocido. Ensalzado como héroe e incluso semidios por unos y vilipendiado como megalómano por otros, su personalidad ha dado pie a numerosas exégesis, haciendo correr ríos de tinta en torno a su figura, manipulándola para convertirla en lo que vemos actualmente. Pero veamos qué podemos entresacar de veracidad y de exageración en la vida de este gran conquistador…

El personaje

Nacido en Pella el 20 ó 21 de julio de 356 a.C., era hijo de Filipo II, rey de Macedonia (dinastía de los Argéadas), y de Olimpia, hija de Neoptólemo I de Epiro. Según Plutarco, ese mismo día se tuvo noticia en la capital de tres triunfos: el del general Parmenión frente a los ilirios, la victoria del sitio a una ciudad portuaria por su padre y la victoria del carro del rey en una competición, que fueron considerados increíbles augurios en aquel tiempo; sin embargo, es probable que se tratara de meras invenciones posteriores creadas bajo la aureola de grandeza de este personaje, que pasaría a la historia como Alejandro III de Macedonia y Alejandro el Magno.
Al parecer, por los datos que nos han llegado, Alejandro tenía el hábito de inclinar ligeramente la cabeza sobre el hombro derecho; era físicamente de buena presencia, de baja estatura con piel blanca, cabello ondulado de color castaño claro y ojos heterócromos (marrón el izquierdo y gris el derecho): existen dudas acerca de si eran así de nacimiento o como consecuencia de un traumatismo craneal.
Su educación fue inicialmente dirigida por Leónidas (no confundir con el espartano defensor de las Termópilas, muerto bastante antes), un austero y estricto maestro macedonio que daba clases a los hijos de la más alta nobleza, que lo inició en la ejercitación corporal; también se encargó de otros aspectos Lisímaco, un profesor de letras que se ganó el cariño del Magno llamándolo Aquiles y a su padre, Peleo. A los 13 años fue puesto bajo la tutela del filósofo Aristóteles, que sería su maestro en un retiro de la ciudad macedonia de Mieza y le daría lecciones sobre política, elocuencia y la historia natural. Sabía de memoria los poemas homéricos y todas las noches colocaba la Ilíada debajo de su cama. También leyó con avidez a Heródoto y a Píndaro.
Alrededor del 340 a. C. su padre lo introdujo en las tareas del gobierno para prepararlo, nombrándolo regente a pesar de su juventud. En el 338 a. C. dirigió la caballería macedónica en la batalla de Queronea, siendo nombrado gobernador de Tracia ese mismo año.
Ya desde pequeño, Alejandro demostró las características más destacadas de su personalidad: activo, enérgico, sensible y ambicioso. Es por eso que, a pesar de tener apenas 16 años, se vio obligado a repeler una insurrección armada. Se afirma que Aristóteles le aconsejó esperar para participar en batallas, pero según se cuenta Alejandro le respondió: “Si espero perderé la audacia de la juventud.”
Se cuentan numerosas anécdotas de su niñez, siendo la más referida aquella que narra Plutarco: Filipo II había comprado un gran caballo al que nadie conseguía montar ni domar. Aun siendo un niño, Alejandro se dio cuenta de que el caballo se asustaba de su propia sombra y lo montó dirigiendo su vista hacia el Sol. Tras domar a Bucéfalo, el que sería su caballo desde entonces, su padre le dijo: “Búscate otro reino, hijo, pues Macedonia no es lo suficientemente grande para ti”. Se conoce que debió hacer caso a su padre, pues a los 20 años Alejandro comenzó la expedición de conquista del Imperio Persa.
Un nuevo matrimonio de su padre, que podría llegar a poner en peligro su derecho al trono (el mismo Filipo fue regente de su sobrino hasta la mayoría de edad, pero se adueñó del trono), hizo que Alejandro se enemistara con su progenitor. Es famosa la anécdota de cómo, en la celebración de la boda, el nuevo suegro de Filipo (un poderoso noble macedonio llamado Átalo) rogó porque el matrimonio diera un heredero legítimo al rey, en alusión a que la madre de Alejandro era una princesa de Epiro y que la nueva esposa de Filipo, siendo macedonia, daría a luz a un heredero totalmente macedonio y no mitad macedonio y mitad epirota como Alejandro, con lo cual sería posible que se relegara a este último de la sucesión. Alejandro se enfureció y le lanzó una copa, espetándole: “Y yo ¿qué soy? ¿un bastardo?”. Cuando Filipo, borracho, se acercó a poner orden, Alejandro se burló diciendo “Quiere cruzar Asia, pero ni siquiera es capaz de pasar de un lecho a otro sin caerse”. La historia le valió la ira de su padre, por lo que Alejandro tuvo que irse a Epiro junto con su madre. Sin embargo, Filipo terminaría por perdonarlo.
En el año 336 a. C. Pausanias, un capitán de la guardia del monarca, asesina a Filipo, tomando Alejandro las riendas de Macedonia a la edad de 20 años como resultado de una conspiración que es atribuida generalmente a una historia amorosa de Filipo, pero de la que algunos investigadores sospechan que pudo ser planeada por Olimpia, madre de Alejandro, o por los persas.
Tras suceder a su padre, el futuro conquistador se encontró con que debía gobernar un país radicalmente distinto de aquel que heredó Filipo II veintitrés años antes, ya que Macedonia había pasado de ser un reino fronterizo pobre y desdeñado por los griegos a un territorio que tras el reinado del padre de Alejandro se consideraba como parte de la Hélade y un poderoso estado militar de fronteras consolidadas, con un ejército fuertemente experimentado, que dominaba indirectamente a Grecia a través de la Liga de Corinto. En un discurso, puesto en boca de Alejandro por Arriano, se describía la transformación del pueblo macedonio en los siguientes términos:
“Filipo os encontró como vagabundos y pobres, la mayoría de vosotros llevaba por vestidos pieles de ovejas, erais pastores de parvos ganados en las montañas y sólo podíais oponer escasas fuerzas para defenderos de los ilirios, los tribalios y los tracios en vuestras fronteras. Él os dio capas en lugar de pieles de oveja y os trajo desde las cimas de las montañas a las llanuras, él hizo que presentarais batalla a los bárbaros que eran vecinos vuestros, de tal modo que ahora confiáis en vuestro propio coraje y no en las fortificaciones. Él os convirtió en moradores de ciudades y os civilizó merced al don de leyes excelentes y buenas costumbres”.
La muerte del gran Filipo supuso que algunas polis griegas sometidas por él se alzasen en armas contra Alejandro ante la aparente debilidad de la monarquía macedonia. No obstante, el nuevo rey demostró rápidamente su destreza militar atravesando Tesalia para someterla nuevamente (ya había sido conquistada por Filipo), y acto seguido venció a los griegos tomando y destruyendo Tebas, y obligando a Atenas a reconocer su supremacía haciéndose nombrar Hegemon, título que ya había ostentado su padre y que lo situaba como gobernante de toda Grecia, consolidando así la hegemonía macedónica, tras lo cual Alejandro se dispuso a cumplir su siguiente proyecto: conquistar el Imperio Persa.
El conquistador cruzó el Helesponto hacia Asia Menor, pretendiendo seguir los planes de su padre de liberar a los 10.000 griegos que se encontraban bajo dominio persa. Hizo una breve parada en Troya, donde honró la tumba de su héroe Aquiles. En la primera contienda que se libró en territorio asiático, la batalla del Gránico, a orillas del riachuelo que dio nombre al combate, los sátrapas le hicieron frente con un ejército de 40.000 hombres comandado por el astuto Memnón de Rodas y compuesto en su mayor parte por griegos mercenarios, pero el ejército persa ofreció una débil resistencia y fue vencido. Al parecer, en este combate Alejandro estuvo cerca de la muerte, pues un persa trató de asesinarlo por la espalda; finalmente salvó la vida gracias a Clito, uno de los hombres de confianza de Filipo, que de un sablazo le amputó la mano al agresor. Las ciudades griegas de las costas se entregaron pacíficamente, ya fuera por miedo o por querer ser liberadas.
A finales de 334 a. C. decidió pasar el invierno en Gordión, antigua capital de Frigia. Allí se encontraba un famoso carro real, sujeto a un nudo muy complicado de deshacer. Según el oráculo de Gordión, quien supiera deshacerlo conquistaría Asia. Aunque la leyenda dice que la impaciencia lo llevó a partirlo de un tajo, no se sabe en realidad si Alejandro hizo tal o desató el nudo pacientemente, lo que no parece encajar demasiado con su personalidad enérgica: en cualquier caso, la tormenta que se desató tras el hecho se interpretó como un claro signo de que Zeus daba su aprobación.
Los persas contraatacaron en el Egeo, enviando una gran flota bajo el mando del ya mencionado Memnon de Rodas, poniendo en peligro a la Grecia continental, pero la amenaza se desvaneció cuando Alejandro derrotó a Darío III de forma aplastante en la batalla de Issos, una pequeña llanura situada entre las montañas y el mar cerca de Siria, en el 333 a. C.: fue tal la debacle que el rey persa hubo de huir amparado en la oscuridad de la noche, dejando en el campo de batalla sus armas y su manto púrpura. Comprobando la seria amenaza que suponía el macedonio, el monarca envió propuestas de negociación, que fueron desestimadas. Sin embargo, la familia de Darío III fue capturada en el interior de una lujosa tienda. Alejandro trató a todos con gran cortesía y les manifestó que no tenía ninguna cuestión personal contra Darío, sino que luchaba contra él para conquistar Asia.
Alejandro conquistó fácilmente Fenicia, con excepción de la isla de Tiro, con la que hubo de mantener un largo asedio para poder capturarla, desde enero a agosto de 332 a. C. Esta batalla es conocida como el Sitio de Tiro. Tras someter Gaza durante otro arduo sitio, Alejandro se dirigió a la satrapía de Egipto.
El conquistador fue bien recibido por los egipcios, quienes lo apoyaban por su lucha contra los persas, cuyos reyes habían dominado Egipto en dos ocasiones: de 523 a 404 a. C. (Dinastía XXVII) y de 343 a 332 a. C. (Dinastía XXXI). Como su salvador y libertador, por decisión popular se le concedió a Alejandro la corona de los dos reinos, siendo nombrado faraón en noviembre de 332 a. C. en Menfis.
En enero del 331 a. C. Alejandro fundó la ciudad de Alejandría en una parte muy fértil del delta del Nilo. Los motivos de la fundación eran tanto económicos (la apertura de una ruta comercial en el mar Egeo) como culturales (la creación de una ciudad al estilo griego en Egipto, cuya planificación se dejó en manos del arquitecto Dinócrates). La escritora inglesa Mary Renault, en su biografía de Alejandro, comenta: “De Menfis bajó por el río hasta la costa, donde tenía que tratar unos asuntos referentes a sus conquistas en Asia Menor. Navegó por el Delta y varó en las proximidades del lago Mareotis. Le pareció un sitio ideal para establecer una ciudad: buen fondeadero, buenas tierras, buen aire, buen acceso al Nilo. Estaba tan decidido a emprender las obras que deambuló por el emplazamiento, arrastrando tras de sí a arquitectos e ingenieros y señalando las situaciones de la plaza del mercado, de los templos de los dioses griegos y egipcios, de la vía real. Un hombre listo se percató de que Alejandro no tenía tiza para marcar y le ofreció harina, que el macedonio aceptó. Los pájaros se alimentaron de ella, por lo cual los adivinos previeron que la ciudad prosperaría y daría de comer a muchos forasteros, predicción que Alejandría sigue cumpliendo”.
Posteriormente, tras un dificultoso viaje por el desierto, llegó al oasis de Siwa, donde el oráculo del dios Amón le anunció que le saludaba tanto de parte del dios como de su padre. Alejandro preguntó si había quedado sin castigo alguno de los asesinos de su padre Filipo, y si se le concedería dominar a todos los hombres. Al parecer la divinidad le proporcionó una respuesta favorable y le aseguró que Filipo estaba vengado, por lo que el macedonio le hizo magníficas ofrendas, y entregó ricos presentes a los hombres allí destinados. También se dice que Alejandro, en una carta enviada a su madre, le comunicó haberle sido hechos ciertos vaticinios arcanos, que sólo a ella revelaría. Algunos han escrito que queriendo el profeta saludarle en idioma griego con cierto cariño le dijo "hijo mío", equivocándose en una letra, y que al conquistador debió agradarle este error por dar motivo a que pareciera que le había llamado hijo de Júpiter.
La cultura del Antiguo Egipto impresionó a Alejandro desde los primeros días de su estancia en este país. Los egipcios nos han dejado testimonio, grabado en piedra, de estos hechos y apetencias. En Karnak existe un bajorrelieve donde se representa a Alejandro haciendo ofrendas al dios Amón, como lo hace un converso. En él, viste la indumentaria de faraón:
  • Nemes (el paño que cubre la cabeza y va por detrás de las orejas, clásico del antiguo Egipto), o la corona Doble, roja y blanca.
  • Cola litúrgica de chacal, que con el tiempo se transformó en “cola de toro”.
  • Ofrenda en cuatro vasos, como símbolo que indica “cantidad”, “repetición”, “abundancia” y “multiplicación”.
En los jeroglíficos del muro se distinguen además los títulos de Alejandro-faraón que se representan dentro de un serej y un cartucho egipcio.



Asimismo, en esa época controló la situación de rebeldía en Anatolia y el Egeo, de tal modo que en la primavera del 331 a. C., desde Tiro, comenzó a organizar los territorios conquistados. Darío, con un ejército más numeroso que el anterior, decidió hacerle frente en Gaugamela, a orillas del Tigris, pero de nuevo sufrió una aplastante derrota: apenas logró salvar su vida, ya que pese a la superioridad numérica el genio militar del joven rey macedonio lo superó ampliamente. Así Alejandro, con su ejército, logró entrar en Babilonia: ante él se abrían las puertas del propio territorio persa, dispuestas para ser atravesadas.
En el año 331 a. C. comenzó la invasión del imperio persa: el ejército macedonio entró con suma fácilidad en Susa, capital elegida por el Gran Rey Darío I, mientras que el vencido monarca persa Darío III huía hacia el interior del territorio persa en busca de fuerzas leales que poder enfrentar a Alejandro en lo que esperaba sería la confrontación definitiva.
El conquistador procedió cuidadosamente ocupando las ciudades, apoderándose de los caudales persas y asegurando las líneas de abastecimiento. Desde Susa pasó a Persépolis, capital ceremonial del Imperio Aqueménida, donde durante una fiesta se les debió ir la mano e incendiaron el palacio de la ciudad. Después se dirigieron hacia Ecbatana para perseguir a Darío: lo encontraron asesinado por sus nobles, que ahora obedecían a Bessos. Alejandro honró a su otrora rival y enemigo y prometió perseguir a sus asesinos.
Los extranjeros que vivían en Persia se sintieron identificados con Alejandro y se comprometieron con él para venerarle como nuevo gobernante: según se piensa, en su idea de conquista también estaba la de querer globalizar su imperio mezclando distintas razas y culturas. Los sátrapas fueron dejados en su puesto en su mayoría, aunque supervisados por un oficial macedonio que controlaba el ejército.
En el 330 a. C. Filotas, hijo de Parmenión, fue acusado de conspirar contra Alejandro y asesinado junto con su padre: prefirió evitar que éste pudiera rebelarse al enterarse de la noticia. Asimismo, el primo del macedonio, Amintas, fue ejecutado por intentar pactar con los persas para ser el nuevo rey. Tiempo después hubo una nueva conjura contra Alejandro, ideada por sus pajes, la cual tampoco logró su objetivo. Tras esto, Calístenes (quien hasta ese momento había sido el encargado de redactar la historia de las travesías de Alejandro) fue considerado como impulsor de este complot, por lo que fue condenado a muerte: prefirió quitarse antes la vida.
Uno de sus generales más queridos del último ejército legado por su padre fue Clito, apodado “El Negro”, al que Alejandro nombraría antes de este incidente sátrapa de Bactriana. El emperador, adoptando algunas de las costumbres persas, pretendió ser adorado como un dios. En un banquete, su amigo Clito, cansado de tantas lisonjas y de oír cómo Alejandro se proclamaba mejor que su padre Filipo, le dijo indignado: “Toda la gloria que posees es gracias a tu padre”; incorporándose volvió a gritarle: “Sin mí, hubieras perecido en el Gránico”.
Alejandro, que estaba ebrio, buscó su espada, pero uno de los guardias la ocultó. Clito fue sacado del lugar por varios amigos, pero regresó por otra puerta, y mirando fijamente al conquistador, repitió un verso de Eurípides: “Qué perversa costumbre han introducido los griegos.” Alejandro arrebató una lanza a uno de los guardias y mató a Clito, que se desplomó en medio del estupor de los presentes. Arrepentido del crimen, pasó tres días encerrado en su tienda y algunos afirman que hasta trató de suicidarse a consecuencia de la muerte de su amigo.
Tras la muerte de Espitámenes y su boda con Roxana para consolidar sus relaciones con las nuevas satrapías de Asia Central, en el 326 a. C. Alejandro puso toda su atención en el subcontinente indio e invitó a todos los jefes tribales de la anterior satrapía de Gandhara, al norte de lo que ahora es Pakistán, para que vinieran a él y se sometieran a su autoridad. Taxiles, gobernador de Taxila, cuyo reino se extendía desde el Indo hasta el Hidaspes, aceptó someterse pero los rajás de algunos clanes de las montañas, incluyendo los aspasioi y los assakenoi de la tribu de los kambojas, conocidos en los textos indios como ashvayanas y ashvakayanas (nombres que se refieren a la naturaleza ecuestre de su sociedad, de la raíz sánscrita ashva, que significa “caballo”), se negaron a ello.
Según sus biógrafos, Alejandro tomó personalmente el mando de los portadores de escudo, los compañeros de a pie, los arqueros, los agrianos y los lanzadores de jabalina a caballo, y los condujo a luchar contra la tribu de los kamboja de la que un historiador moderno escribe que “eran gentes valientes y le fue difícil a Alejandro aguantar sus acometidas, especialmente en Masaga y Aornos”.
El conquistador se enzarzó en una feroz contienda contra los aspasioi en la que le hirieron en el hombro con un dardo; a pesar de ello, los aspasioi perdieron la batalla y 40.000 de sus hombres cayeron prisioneros. Los assakenoi fueron al encuentro de Alejandro con un ejército de 30.000 soldados de caballería, 38.000 de infantería y 30 elefantes, lucharon valientemente y opusieron una tenaz resistencia al invasor en las batallas de las ciudades de Ora, Bazira y Masaga, ciudad esta última cuyo fuerte fue reducido sólo tras varios días de una sangrienta lucha en la que hirieron a Alejandro de gravedad en el tobillo.
Cuando el rajá de Masaga murió durante la batalla, el comandante supremo del ejército acudió a la vieja madre de éste, Cleofis, la cual también parecía dispuesta a defender su tierra hasta el final y asumió el control total del ejército, lo que empujó también a otras mujeres del lugar a luchar, por lo que Alejandro sólo pudo controlar Masaga recurriendo a estratagemas políticas y actos de traición. Según Quinto Curcio Rufo, “Alejandro no sólo mató a toda la población de Masaga, sino que redujo sus edificios a escombros”. Una matanza similar ocurrió en Ora, otro bastión de los assakenoi.
Mientras ocurrían todas estas masacres en Masaga y Ora, varios assakenoi huyeron a una alta fortaleza llamada Aornos donde Alejandro los siguió de cerca y capturó la roca tras cuatro días de sangrienta lucha. La historia de Masaga se repitió en Aornos, y la tribu de los assakenoi fue masacrada.
En sus escritos acerca de la campaña de Alejandro contra los assakenoi, Victor Hanson comenta: “Después de prometer a los assakenoi, quienes estaban rodeados, que salvarían sus vidas si capitulaban, ejecutó a todos los soldados que aceptaron rendirse. Las contiendas de Ora y Aornos se saldaron de forma similar. Probablemente todas sus guarniciones fueron aniquiladas.”
Sisikottos, que había ayudado a Alejandro en esta campaña, fue nombrado gobernador de Aornos. Tras reducir Aornos, el macedonio cruzó el Indo y luchó y ganó una batalla épica contra el gobernador local Poros, que controlaba la región del Punyab, en la batalla del Hidaspes del 326 a. C.
Tras la batalla, Alejandro quedó tan impresionado por la valentía de Poros que hizo una alianza con él y le nombró sátrapa de su propio reino al que añadió incluso algunas tierras que éste no poseía antes. Alejandro llamó Bucéfala a una de las dos ciudades que había fundado, en honor al caballo que le había traído a la India, y que habría muerto durante la contienda del Hidaspes. Alejandro siguió conquistando todos los afluentes del río Indo.
Al este del reino de Poros, cerca del río Ganges, estaba el poderoso imperio de Magadha gobernado por la dinastía Nanda. Temiendo la perspectiva de tener que enfrentarse con otro gran ejército indio y cansado por una larga campaña, el ejército macedonio se amotinó en el río Hífasis (actualmente, río Beas) negándose a seguir hacia el este, por lo que este río marcaría el límite más oriental de las conquistas de Alejandro: “El combate con Poros desmoralizó mucho a los macedonios, apartándolos de querer internarse más en la India: Pues no bien habían rechazado a éste, que les había hecho frente con veinte mil infantes y dos mil caballos, cuando ya se hacía de nuevo resistencia a Alejandro, que se disponía a forzar el paso del río Ganges, cuya anchura sabían era de treinta y dos estadios, y su profundidad de cien brazas, y, que la orilla opuesta estaba cubierta con gran número de hombres armados, de caballos y elefantes; porque se decía que le estaban esperando los reyes de los gandaritas y los preslos, con ochenta mil caballos, doscientos mil infantes, ocho mil carros y seis mil elefantes de guerra”.
Alejandro, tras reunirse con su oficial Coeno, se convenció de que era mejor regresar. El emperador no tuvo más remedio que dirigirse al sur. Por el camino su ejército se topó con los malios, que al parecer eran las tribus más aguerridas del sur de Asia por aquellos tiempos. El ejército de Alejandro desafió a los malios, y la batalla los condujo hasta la ciudadela malia. Durante el asalto, el propio Alejandro fue herido gravemente por una flecha malia en el pulmón. Sus soldados, creyendo que el rey estaba muerto, tomaron la ciudadela y descargaron su furia contra los malios que se habían refugiado en ella, llevando a cabo una masacre, y no perdonaron la vida a ningún hombre, mujer o niño. A pesar de ello y gracias al esfuerzo de su cirujano, Critodemo de Cos, Alejandro sobrevivió a esa herida. Después de esto, los malios que quedaron vivos se rindieron ante el ejército alejandrino, y éste pudo continuar su marcha. Alejandro envió a la mayor parte de sus efectivos a Carmania (al sur del actual Irán) con su general Crátero, y ordenó montar una flota para explorar el Golfo Pérsico bajo el mando de su almirante Nearco, mientras que él conduciría al resto del ejército de vuelta a Persia por la ruta del sur a través del desierto de Gedrosia (ahora parte del sur de Irán y de Makrán, en Pakistán).
Alejandro dejó, no obstante, refuerzos en la India. Nombró a su oficial Peitón sátrapa del territorio del Indo, cargo que éste ocuparía durante los diez años siguientes, hasta el 316 a. C., y en el Punyab dejó a cargo del ejército a Eudemos, junto con Poros y Taxiles. Eudemos se convirtió en gobernador de una parte del Punyab después de que éstos murieran. Él y Peitón volvieron a occidente en el 316 a. C. con sus ejércitos. En el 321 a. C., Chandragupta Maurya fundó el Imperio Maurya en la India y derrotó a los sátrapas griegos.
            Tras enterarse de que muchos de sus sátrapas y delegados militares habían abusado de sus poderes en su ausencia, Alejandro ejecutó a varios de ellos como ejemplo mientras se dirigía a Susa. Como gesto de agradecimiento, Alejandro pagó las deudas de sus soldados, y anunció que enviaría a los veteranos más mayores a Macedonia bajo el mando de Crátero, pero sus tropas malinterpretaron sus intenciones y se amotinaron en la ciudad de Opis, negándose a partir y criticando con amargura su adopción de las costumbres y forma de vestir de los persas, así como la introducción de oficiales y soldados persas en las unidades macedonias. Alejandro ejecutó a los cabecillas del motín, pero perdonó a las tropas. En un intento de crear una atmósfera de armonía entre sus súbditos persas y macedonios, casó en una ceremonia masiva a sus oficiales más importantes con persas y otras nobles de Susa, pero pocas de esas parejas duraron más de un año. Mientras tanto, en su regreso, Alejandro descubrió que algunos hombres habían saqueado la tumba de Ciro el Grande, y los ejecutó sin dilación, ya que se trataba de los hombres que debían vigilar la tumba que Alejandro honraba.
En su intento de mezclar la cultura persa y la griega entrenó a un regimiento de muchachos persas para combatir a la manera macedonia. La mayoría de los historiadores creen que Alejandro adoptó el título real persa de Shahanshah (‘Rey de Reyes’).
Tras viajar a Ecbatana para recuperar lo que quedaba del tesoro persa, su amigo más íntimo y posiblemente también su amante, Hefestión, murió a causa de una enfermedad o envenenado, muerte que afectó mucho a Alejandro.
El 13 de junio del 323 a. C., o el 10 según otros autores, Alejandro murió en el palacio de Nabucodonosor II de Babilonia. Le faltaba poco más de un mes para cumplir los 33. Existen varias teorías sobre la causa de su muerte, que básicamente se reducen a las siguientes:
·      Envenenamiento por parte de los hijos de Antípatro (Casandro y Yolas, siendo éste último copero de Alejandro) u otros. Esta idea deriva de la historia que sostenían en la antigüedad Justino y Curcio. Según ellos, Casandro, hijo de Antípatro, regente de Grecia, transportó el veneno a Babilonia con una mula, y el copero real de Alejandro, Yolas, hermano de Casandro y amante de Medio de Larisa, se lo administró. Muchos tenían razones de peso para deshacerse de Alejandro. Las sustancias mortales que podrían haber matado a Alejandro en una o más dosis incluyen el heléboro y la estricnina. Según la opinión de Robin Lane Fox, el argumento más fuerte contra la teoría del envenenamiento es el hecho de que pasaron doce días entre el comienzo de la enfermedad y su muerte y en el mundo antiguo no había, con casi toda probabilidad, venenos que tuvieran efectos de tan larga duración.
Otros autores han sugerido incluso a Aristóteles como instigador.
·      Enfermedad. Se sugiere que pudo ser la fiebre del Nilo, o una recaída de la malaria que contrajo en el 336 a. C. Se sabe que el 2 de junio Alejandro participó en un banquete organizado por su amigo Medio de Larisa. Tras beber copiosamente, inmediatamente antes o después de su baño, le metieron en la cama por encontrarse gravemente enfermo. Los rumores de su enfermedad circulaban entre las tropas, que se pusieron cada vez más nerviosas. El 12 de junio, los generales decidieron dejar pasar a los soldados para que vieran a su rey vivo por última vez, de uno en uno. Ya que el rey estaba demasiado enfermo como para hablar, les hacía gestos de reconocimiento con la mirada y las manos. El día después, Alejandro ya estaba muerto.

Al morir solo dijo esto: "preveo un gran funeral en mi honor". Y respondió a su última pregunta unos minutos antes de morir ¿Cual es tu testamento? ¿a quien se lo dejas? solo respondió "al más digno". Se debate mucho lo que Alejandro respondió: algunos creen que dijo Krat'eroi (“al más fuerte”) y otros que dijo Krater'oi (“a Crátero”). Esto es posible porque la pronunciación griega de “el más fuerte” y “Crátero” difieren sólo por la posición de la sílaba acentuada. La mayoría de los historiadores creen que si Alejandro hubiera tenido la intención de elegir a uno de sus generales obviamente hubiera elegido a Crátero porque era el comandante de la parte más grande del ejército, la infantería, porque había demostrado ser un excelente estratega, y porque tenía las cualidades del macedonio ideal. Pero Crátero no estaba presente, y los otros pudieron haber elegido oír Krat'eroi, “el más fuerte”. Fuera cual fuese su respuesta, Crátero no parecía ansiar el cargo. Entonces, el imperio se dividió entre sus sucesores, los diádocos.
El cuerpo de Alejandro se colocó en un sarcófago antropomorfo de oro, que se puso a su vez en otro ataúd de oro y se cubrió con una capa púrpura. Pusieron este ataúd junto con su armadura en un carruaje dorado que tenía un techo abovedado soportado por peristilos jónicos. La decoración del carruaje era muy lujosa y fue descrita por Diodoro con gran detalle. Mary Renault nos resume sus palabras: “El féretro era de oro y el cuerpo que contenía estaba cubierto de especias preciosas. Los cubría un paño mortuorio púrpura bordado en oro, sobre el cual se exponía la panoplia de Alejandro. Encima, se construyó un templo dorado. Columnas jónicas de oro, entrelazadas con acanto, sustentaban un techo abovedado de escamas de oro incrustadas de joyas y coronado por una relumbrante corona de olivo en oro que bajo el sol llameaba como los relámpagos. En cada esquina se alzaba una Victoria, también en noble metal, que sostenía un trofeo. La cornisa de oro de abajo estaba grabada en relieve con testas de íbice de las que pendían anillas doradas que sustentaban una guirnalda brillante y policroma. En los extremos tenía borlas y de éstas pendían grandes campanas de timbre diáfano y resonante. Bajo la cornisa habían pintado un friso. En el primer panel, Alejandro aparecía en un carro de gala, “con un cetro realmente espléndido en las manos”, acompañado de guardaespaldas macedonios y persas. El segundo representaba un desfile de elefantes indios de guerra; el tercero, a la caballería en orden de combate, y el último, a la flota. Los espacios entre las columnas estaban cubiertos por una malla dorada que protegía del sol y de la lluvia el sarcófago tapizado, pero no obstruía la mirada de los visitantes. Disponía de una entrada guardada por leones de oro. Los ejes de las ruedas doradas acababan en cabezas de león cuyos dientes sostenían lanzas. Algo habían inventado para proteger la carga de los golpes. La estructura era acarreada por sesenta y cuatro mulas que, en tiros de cuatro, estaban uncidas a cuatro yugos; cada mula contaba con una corona dorada, un cascabel de oro colgado de cada quijada y un collar incrustado de gemas”.
Según una leyenda, se conservó el cadáver de Alejandro en un recipiente de arcilla lleno de miel (que puede actuar como conservante) e introducido en un ataúd de cristal. Claudio Eliano cuenta que Ptolomeo robó el cuerpo mientras lo llevaban a Macedonia y lo envió a Alejandría, donde se mostró hasta la Antigüedad Tardía. Ptolomeo IX, uno de los últimos sucesores de Ptolomeo I, reemplazó el sarcófago de Alejandro por uno de cristal, y fundió el oro del original para acuñar monedas y saldar deudas que surgieron durante su reinado. Los ciudadanos de Alejandría se mostraron horrorizados por esto y poco después Ptolomeo IX fue asesinado.
Se dice que el emperador romano Calígula saqueó la tumba, robando la coraza de Alejandro para ponérsela. Alrededor del 200 d. C., el emperador Septimio Severo cerró la tumba de Alejandro al público. Su hijo y sucesor, Caracalla, admiraba mucho a Alejandro y visitó la tumba durante su reinado. Tras esto, los detalles sobre el destino de la tumba son confusos. Lo que sí parece claro es que los restos no han aparecido: la mayoría de los investigadores sospechan que se hallarían en Alejandría.
Ahora se piensa que el llamado “Sarcófago de Alejandro“, descubierto cerca de Sidón y situado en el Museo Arqueológico de Estambul, pertenecía en realidad a Abdalónimo, a quien Hefestión nombró rey de Sidón por orden de Alejandro. El sarcófago muestra a Alejandro y a sus compañeros cazando y luchando contra los persas.
Fue además gran amante de las artes. Alejandro era consciente del poder de propaganda que puede tener el arte y supo muy bien controlar la reproducción de su efigie, cuya realización sólo autorizó a tres artistas: un escultor, Lisipo, un orfebre y un pintor, Apeles. Los biógrafos de Alejandro cuentan que éste tenía en gran aprecio al pintor y que visitaba con frecuencia su taller y que incluso se sometía a sus exigencias.
Alejandro Magno recibió muchos apelativos a lo largo de su vida, veamos algunos de ellos:
·      En Persia, Alejandro Magno es denominado Dhul-Qarnayn “el de dos cuernos”, porque se hacía representar como el dios Zeus-Amón, llevando una diadema con dos cuernos de carnero (el animal que representa a Amón), y por los dos largos penachos blancos que salían de su yelmo.
·      Los zoroastristas lo recuerdan en el Arda Viraf como al “maldito Alejandro”, responsable de la destrucción del Imperio persa y el incendio de su fastuosa capital, Persépolis.
·      Entre las culturas orientales se le conoce como Eskandar-e Maqduni, “Alejandro de Macedonia”
·      Al-Iskandar al-Akbar en árabe.
·      Sikandar-e-azam en urdu e hindi.
·      Skandar en pashto.
·      Alexander Mokdon en hebreo.
·      Tre-Qarnayia, “el de los dos cuernos”, en arameo.



Consideraciones

·      Empecemos por el principio: teniendo en cuenta el carácter ambicioso de Alejandro, su impaciencia y, sobre todo, los desencuentros que tuvo con su padre, podría pensarse que la muerte de Filipo a manos de Pausanias pudo haber estado instigada por su propio hijo con la intención de hacerse con el poder y comenzar a cumplir su destino de conquistador cuanto antes.
·      Acerca del envenenamiento de Alejandro, se sugiere por parte de los investigadores que, ya que transcurrieron doce días desde que enferma hasta que muere, no se conocía ningún veneno que tuviera efectos a largo plazo. Sin embargo, esta idea no se sustenta desde el momento de que hay sustancias, como la estricnina, que dosificadas de la manera adecuada, pueden dar la falsa impresión de una enfermedad que se alarga, según le interese al envenenador, hasta su inevitable final.
·      Sexualidad: a pesar de los comentarios acerca de la repulsa de Alejandro por el sexo con mujeres, los hijos que tuvo con princesas y concubinas hacen pensar más bien en la bisexualidad antes que la homosexualidad. Recientemente, muchos griegos han expresado indignación ante tales sugerencias en relación con su héroe nacional. Argumentan que los relatos históricos que describen las relaciones sexuales de Alejandro con Hefestión y Bagoas fueron escritos siglos después de los hechos, y que de ese modo nunca puede establecerse cuál fue la relación “real” con sus acompañantes masculinos. Otros argumentan que lo mismo puede ser dicho respecto de toda la información disponible acerca de Alejandro Magno. En cualquier caso, hemos de tener en cuenta que en la época de que hablamos, en el mundo griego se veía de forma totalmente natural la relación homosexual, no era algo inhabitual. Así pues, el que el conquistador fuese homosexual, heterosexual, bisexual o transformista (algunos escritos parecen dar a entender que durante algunas fiestas se vestía de mujer), es algo que no debería tener mayor importancia.
·      Las cifras de los ejércitos parecen enormes para la época. Echemos una ojeada rápida al asunto, porque la sensación de hinchazón de las cifras es muy fuerte:
o   A lo que parece, el ejército macedonio debía de andar alrededor de los 30.000 combatientes.
o   Batalla de Gránico: 40.000 hombres por parte de Memnon de Rodas.
o   Batallas de Issus y Gaugamela: si en la primera a Darío III le destrozan el ejército, ¿cómo puede reunir para la segunda uno aún mayor?
o   Batalla contra los aspasioi: Alejandro hizo 40.000 prisioneros, ¿cuántos cayeron en batalla?
o   Batalla con los assakenoi: 30.000 soldados de caballería, 38.000 de infantería y 30 elefantes.
o   Batalla con Poros: 20.000 infantes y 2.000 caballos.
o   Al parecer, cuando los macedonios se retiraron de la India, los reyes de los gandaritas y los preslos los esperaban al otro lado del Gances con 80.000 caballos, 200.000 infantes, 8.000 carros y 6.000 elefantes de guerra.
Tal parece, a juzgar por estas mareantes cifras, que la población en el siglo IV a.C. era verdaderamente numerosa. Algunas pueden parecer razonables, pero en la última, ya parece que nos salimos demasiado de la medida… ¿6.000 elefantes de guerra? ¿Había tantos en el subcontinente indio?
·      La personalidad de Alejandro ha sido analizada hasta la saciedad, tratando de entender sus ideas y actitudes. Veamos algunas opiniones al respecto:
  • Flavio Arriano:
Cualquiera que hable mal de Alejandro, que lo haga contando no sólo las cosas censurables que Alejandro hizo, sino que junte todo lo que Alejandro llevó a cabo, y vea así el conjunto. Que considere ese tal quién es él mismo y cuál es su suerte, y frente a eso, que calcule quién llegó a ser Alejandro y hasta qué grado de humana felicidad llegó... Que hable mal ese tal de Alejandro, él que será un personajillo insignificante que se ocupa en pequeñeces y es incapaz incluso de poner orden en ellas.
  • Mary Renault:
Los (historiadores) modernos que lo han acusado de “una desagradable preocupación por su propia gloria” piensan en función de otra época. Hasta ese momento y de ahí en adelante, los más altos niveles de la literatura griega están impregnados del axioma según el cual ser digno de fama es la más honrosa de las aspiraciones, el incentivo de los mejores hombres para alcanzar las más altas cotas. Sócrates, Platón y Aristóteles lo aceptaron. Este ethos duró más que Grecia y Roma. La última palabra de la única épica inglesa es lofgeornost: “de lo más deseoso de fama”. Cierra el lamento de los guerreros ante el difunto Beowulf.
  • Hermann Bengston:
Si alguien tiene derecho a ser juzgado de acuerdo con las normas de su propio tiempo, este alguien es Alejandro.
  • Robin Lane Fox:
Los historiadores, que no ven bien las guerras sin justificación ni las matanzas, ahora consideran a Alejandro excepcionalmente salvaje y cada vez más propenso a matar. Sus más viejos contemporáneos recuerdan a Hitler o Stalin (...) Hay historiadores modernos que, detestando el “imperialismo”, intentan barrer estos movimientos considerándolos “pragmáticos” o muy limitados. Creo que sus prejuicios modernos les conducen a mal puerto, como les ocurre a muchos otros. Alejandro nació rey — no derrocó una constitución, como Hitler. No tenía ni idea de qué era la limpieza étnica o racial. Quería incluir a los pueblos conquistados en su nuevo reino, el de Alejandro, mientras sus súbditos, por supuesto, pagaban tributos y no podían rebelarse.
  • Victor Davis Hanson:
A demasiados estudiosos les gusta comparar a Alejandro con Aníbal o Napoleón. Un equivalente mucho mejor sería Hitler (...) ambos eran místicos chiflados, concentrados únicamente en el botín y el saqueo bajo la apariencia de llevar la “cultura” a Oriente y “liberar” a los pueblos oprimidos de un imperio corrupto. Ambos eran amables con los animales, mostraban deferencia a las mujeres, hablaban constantemente de su propio destino y divinidad, y podían ser especialmente corteses con subordinados aunque estuvieran planeando la destrucción de cientos de miles de personas, y asesinaron a sus colaboradores más íntimos.
  • Nicholas G. L. Hammond:
Hemos mencionado muchas facetas de la personalidad de Alejandro: sus profundos afectos, sus fuertes emociones, su valor sin límite, la brillantez y rapidez de su pensamiento, su curiosidad intelectual, su amor por la gloria, su espíritu competitivo, la aceptación de cualquier reto, su generosidad y su compasión; y, por otro lado, su ambición desmesurada, su despiadada fuerza de voluntad: sus deseos, pasiones y emociones sin freno (...) en suma, tenía muchas de las cualidades del buen salvaje.
  • Paul Cartledge:
¿O no fue ninguno de estos [posibles Alejandros recreados por los sabios], o tenía algo de todos, o algunos, de ellos? (...) Mi Alejandro es una suerte de contradicción: un pragmatista con una veta de falsedad, pero también un entusiasta con una veta de romanticismo apasionado.
No parece haber un consenso claro, aunque hay algunas cuestiones que son más que evidentes: se trató de un gran estratega militar, se creía elegido por los dioses para el destino que consiguió para sí, lo que indica un cierto carácter megalómano, y era muy impulsivo, llegando a acometer actos de algunos de los cuales luego se arrepentía; algunos han querido ver en esta actitud una sintomatología esquizoide, e incluso se ha hablado de trastorno bipolar, pero a juzgar por los escritos que han llegado hasta nosotros no podemos deducir con certeza nada al respecto, aunque creo que sí es descartable la idea de la esquizofrenia. Sus intenciones de globalizar el imperio mezclando las culturas hablan de alguien con una notable visión de futuro, lo que parece contrastar con los últimos años, en los que se dedicó a purgar su ejército incluso de quienes le eran queridos bajo el pretexto de la traición y la sedición en una aparente paranoia. Esta actitud, unida a algunas de sus actuaciones como las matanzas de la India, ha hecho pensar a algunos que estaríamos ante un auténtico genocida, pero esta explicación me resulta excesivamente simplista desde el momento en que no todas las conquistas acabaron de esta manera. ¿Cuál pudo haber sido el motivo de semejantes actos? ¿Esa aparente bipolaridad de la que hemos hablado, una previsión antes de que los levantiscos enemigos tengan opción de reponerse, o incluso alguna venganza no contada en las crónicas?
Hemos de hablar también en este sentido sobre cuál era el sentimiento que inspiraba entre sus tropas: se nos dice que cuando retrocedieron de la India se encontraron con los malios y que, al ser herido de extrema gravedad, los macedonios decidieron vengarlo pasando a sangre y fuego por las tierras de sus enemigos; sin embargo, en la orilla del Hífasis, decidieron amotinarse para no continuar con las conquistas. ¿Están dispuestos a vengar su muerte pero no a seguirlo hasta el confín del mundo?
·      Se dice en su biografía que el macedonio fundó la ciudad egipcia de Alejandría, pero unos últimos descubrimientos en la zona han mostrado restos que indican que había ya asentamientos cientos de años antes de que él llegara, por lo que tal vez habría que recapitular y pensar más bien que Alejandro lo que hizo fue, más que crear una ciudad nueva, dar al lugar el corpus de población que poseyo posteriormente.
·      ¿Dónde están los restos del gran emperador macedonio? Ésta es una de las asignaturas pendientes de la arqueología. Aunque en base a diferentes fuentes interpretadas más o menos correctamente (las pruebas que se aducen en la mayoría de los casos son demasiado endebles para tenerlas en cuenta, aunque nunca se debe descartar nada a priori, simplemente dejarlo en segundo plano hasta que se pueda demostrar su verosimilitud o error) se han planteado diversas ubicaciones para los restos del gran conquistador (el oasis de Siwa en Egipto, Macedonia, Sidón, e incluso Venecia…), el planteamiento más general que se aplica, teniendo en cuenta las crónicas de su vida, es el de que inicialmente iban a estar en Menfis, pero que a la postre Ptolomeo mandó llevarlos a Alejandría, donde permaneció a la vista de los grandes hombres de su época y posterioridad, hasta que el ascenso imparable del cristianismo fue relegándolos a un segundo plano y los hizo desvanecerse en las brumas de la leyenda...

Bibliografía

 

  • Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia, Pseudo Calístenes. 360-328 a.C.
  • Vida de Alejandro, Plutarco. S. I.
  • Historia de Alejandro Magno, Curcio Rufo, Quinto. S. I.
  • Alejandro Magno, Diodoro Sículo. S. I.
  • Skanda, Romance indio de Alejandro (20 al 22).
  • Varia Historia Claudio Eliano. S. II.
  • Anábasis de Alejandro Magno, Arriano, Flavio. S. II.
  • Historia Antigua y Medieval, Cosmelli Ibáñez, José. 1950 (aprox.).
  • The Nature of Alexander (Alejandro Magno), Mary Renault. 1975.
  • The Greeks and the Persians, Hermann Bengston. 1989.
  • Alejandro Magno. Rey, general y estadista, Hammond, N. G. L. 1992.
  • Alejandro Magno, Caratini, Roger. 1995.
  • Nacimiento, hazañas y muerte de Alejandro de Macedonia: contenido de su vida, sus guerras, sus proezas, varios autores. 1999.
  • The Wars of the Ancient Greeks and their Invention of Western Military Culture, Victor Davis Hanson. 1999.
  • At The Crossroads of Conquest, De Santis, Marc G. 2001.
  • Alejandro Magno, Guzmán Guerra, Antonio & Gómez Espelosín, Francisco Javier. 2004.
  • Alexander The Great. The Hunt for a New Past, Paul Cartledge. 2004.
  • Alejandro Magno, Bosworth. 2005.
  • Alejandro Magno. Conquistador del mundo, Lane Fox, Robin. 2007.
  • Pasajes de la Historia, J. A. Cebrián.
  • La Tumba de Alejandro Magno, Valerio Máximo Manfredi. 2011.

  • El último vino, Mary Renault. 1956.
  • La máscara de Apolo, Mary Renault. 1966.
  • Trilogía de Alejandro: Fuego en el paraíso (1969), El muchacho persa (1972) y Juegos funerarios (1981), Mary Renault.
  • The Praise Singer (El Cantante de Salmos), Mary Renault. 1978.
  • Trilogía de Alejandro: La Jeunesse d'Alexandre (1977), Les Conquêtes d'Alexandre (1979), Alexandre le Grand (1981), Roger Peyrefitte.
  • El Tesoro de Alejandría, Clive Cussler. 1988. Incluyo esta novela no porque trate la figura de Alejandro, que lo hace de forma muy tangencial, sino porque esboza una idea un tanto inusual acerca de la ubicación de los restos del gran conquistador.
  • Alejandro el Unificador de Grecia (1994), Alejandro el conquistador de un Imperio (1995), de Gisbert Haefs.
  • Trilogía de Alejandro: El hijo del sueño, Las arenas de Amón y El confín del mundo, Valerio Massimo Manfredi. 1998.
  • Alejandro Magno y las águilas de Roma, Javier Negrete. 2007.


Filmografía

  • In the Footsteps of Alexander the Great, Michael Wood. BBC. 1998.
  • Se han rodado multitud de documentales acerca de la figura de Alejandro Magno y sus conquistas, entre los que podemos citar algunos como:
    • Canal de Historia
    • Nacional Geographic
    • Un documental español en el que intervienen César Vidal, Félix Cordente Vaquero y Pilar Fernández Uriel
    • TribunaVirtual.com

  • Alejandro el Grande, Robert Rossen. 1956.
Alejandro Magno, Oliver Stone. 2004

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