sábado, 6 de diciembre de 2014

TARZAN EL OLVIDABLE



TARZAN EL...

Jose Francisco Sastre García

Habitualmente, las películas de aventuras son las que suelen enganchar más al gran público, las que suelen ser las más taquilleras...
Pero eso es lo habitual, no lo que siempre ocurre. Y, en este caso concreto, no puedo decir que “Tarzán y la Ciudad Perdida” sea una gran película de aventuras, ni siquiera que sea una buena película... e incluso me atrevería a decir que no se trata de una película, sino de un mero vehículo de lucimiento para un actor guaperas.
Estas películas suelen tener una taquilla aceptable pero de ahí a que tuviésemos que esperar a los títulos de comienzo para que aparecieran las cuatro últimas personas que completaron la nada despreciable cifra de ocho (sí ocho) espectadores de una sala de unos ciento noventa y tres... tiene narices el asunto. Francamente, creo que uno se había colado de sala y luego le dio vergüenza salirse.
Pero recapitulemos un poco: se me ocurrió la peregrina idea de ir a ver tal engendro, pensando que, aunque no fuera buena, no me encontraría con semejante desatino; y, sin embargo, poco me faltó para, a los quince minutos de comenzada, salirme del cine asqueado.
Para empezar, el argumento está demasiado traído por los pelos, y los personajes extraídos de la obra de Burroughs no tienen nada que ver con las historias de este escritor inglés: un lord Greystoke que de Tarzán tiene poco, tal parece que sufra de esquizofrenia y unas veces sea uno y otras veces otro, una Jane que, en realidad, no es más que un árbol más de la selva a lo largo de toda la mísera película... Son personajes absolutamente planos, previsibles, sin mayor aliciente que el de estar representando unos papeles por los que habrán cobrado una millonada. Por ejemplo, ¿en qué cabeza cabe que un hombre que se arroja al agua para salvar a su amada se dedique a hacer piruetas en el aire para que le den un diez por el maravillosamente ejecutado salto?
Y, puestos a hablar de personajes, ¿qué puedo opinar de los villanos? Parece que, últimamente, en el cine se han empeñado en inundarnos con tipos psicóticos, demasiado ocupados con sus neuróticas y obsesivas ideas de grandeza, como para intentar darle a su rol algo de caché, de encanto, de estilo: ¿dónde se han quedado Darth Vader, Moriarty, Drácula, o incluso el propio Imhotep de “La Momia”? Esta panda de brutos descerebrados no llegan a la altura del betún a ninguno de los recién citados, se dedican, simplemente, a matar alegremente, y a volar pedruscos por donde quiera que pasan, sin pretender escapar más allá de la planicie de un folio.
En resumen, que, dentro de que los papeles están tratados de la manera más plana posible, sólo salvo a uno de todos ellos: Chita, que se marca un vals mucho mejor que los protagonistas. Lamentablemente, sólo aparece en la película unos cinco minutos en total.
Flecos por todos los lados: ¿cómo se puede comprender que Chita se ponga un vestido de Jane para interpretar el anteriormente citado baile y le quede como un guante? ¿Es que Chita es un chimpancé muy grande, o Jane una mujer muy pequeñita? Además, los disfraces de gorilas me recuerdan de manera notable a “El Planeta de los Simios”, aunque sin la expresividad y el estilo que caracterizaba al elenco de esa maravillosa película, más cutres y falsos que una moneda de trescientas cincuenta pesetas. Éstos, y otros muchos detalles más, nos dan una idea de lo absurdo del argumento: sinceramente, pienso que si le hubieran dejado a Groucho Marx preparar el guión, habría salido algo mucho más interesante.
En cuanto a los efectos especiales, lo siento, pero no son nada del otro mundo: apenas nada de interés, excepto al final, cuando el hechicero empieza a hacer sus trucos de ilusionismo, y se desata la tormenta.
La fotografía, evidentemente, es formidable: ya sólo hubiera faltado que una película sobre África tuviera mala fotografía, que no aprovechara los increíbles paisajes del continente negro; aunque, a ese respecto, hay otro fallo garrafal: todo el mundo va en busca de la ciudad perdida de Opar; sin embargo, cuando la encuentran, lo que aparece ante nuestros ojos no son los restos de una ciudad, ni siquiera de una pequeña población en ruinas, sino una monumental pirámide de estilo centroamericano: ¿es que todo el mundo en la antigüedad vivía allí dentro, no se construyeron templos, casas ni palacios, que no ha quedado de ellos ni la sombra?
La conclusión es obvia: “Tarzán y la Ciudad Perdida” es una película que no recomiendo ni a mi peor enemigo: hay torturas chinas más suaves, como la de la gota de agua, con las que martirizar a los demás, antes que aguantar tal horror. Si alguien le sugiere ir a verla, tenga cuidado, es casi seguro que le quiere mal..., o que es una chica con buen gusto, que recomienda a otra ver a un tipo en taparrabos que está como un quesito (por cierto, las piernas las debe tener feísimas porque apenas si nos dejan verlas).

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