sábado, 20 de diciembre de 2014

ROBERT HOLDSTOCK



ROBERT HOLDSTOCK
LOS ARQUETIPOS DE LA HUMANIDAD

Jose Francisco Sastre García

A lo largo de la literatura de ficción de todos los tiempos ha habido escritores que han sentado cátedra en un estilo u otro, como en el caso de Tolkien, considerado, sin duda alguna y con todos los méritos, como el gran padre del subgénero fantástico conocido como Fantasía Epica.
Al mismo tiempo, dentro de estos subgéneros han destacado gentes que, partiendo de las premisas dadas por los pioneros, han demostrado con sus obras originales que no todo está dicho en el campo de la literatura de ficción. Tal es el caso de, entre otros: Ursula K. Le Guin, quien, partiendo de las bases tolkinianos, se centra, en su ciclo de Terramar, en la búsqueda más profunda del yo interior, en una forma de iniciación por la que debe pasar el protagonista antes de poder considerarse completo; Michael Moorcock, que aporta a la Fantasía Heroica, conocida también como Espada y Brujería, una visión muy particular del concepto de universos paralelos con su genial recreación del Multiverso; H. P. Lovecraft, que revoluciona los esquemas del terror al incorporar una mitología y una cosmogonía inimaginables, el ciclo de Cthulhu y sus seguidores; Terry Pratchett, quien, con la mayor falta de escrúpulos posible, derriba sistemáticamente todos los cimientos de la Fantasía Epica y los reconstruye a su propia manera en el ciclo del Mundodisco, es decir, parodiando de la manera más jocosa, absurda e irreverente las grandes hazañas de los grandes héroes, quienes, en sus manos, se convierten en meros bufones de unos argumentos tan geniales como delirantes... Y así sucesivamente, ad infinitum.
Sin embargo, hay quien, de vez en cuando, en lugar de romper o modificar los esquemas existentes, crea unos nuevos y nos muestra un mundo nuevo dentro de la literatura de ficción; este es el caso de Robert Holdstock, un escritor inglés nacido en 1948 en el condado de Kent.
Entre la variada obra de este autor destacan como faros dos libros absolutamente especiales y llenos de magia: "Bosque Mitago" y "Lavondyss", publicados ambos en castellano en la editorial Martínez Roca (colección Gran Fantasy), y englobados en lo que podríamos denominar el ciclo de los mitagos.
El término mitago procede de la expresión mito imago, es decir, imagen mítica, arquetípica, que todos llevamos dentro de nuestras mentes y que sólo de cuando en cuando, y en condiciones muy especiales, se manifiesta de forma externa y llega a visualizarse.
Dentro de estos mitagos o imágenes legendarias redivivas, hemos de distinguir, para poder entender los mensajes de Holdstock, entre los que proceden de los arquetipos más lejanos de la Humanidad, los más arraigados en el alma humana, y que todos llevamos dentro, y los personales, los que cada uno de nosotros recrea por sus particulares condiciones personales.
En el fondo, tras unos argumentos tan aparentemente extraños y complicados, lo que se oculta tras las imágenes de este escritor es la búsqueda interior, la maduración de una personalidad incompleta que necesita entender lo que ocurre a su alrededor y la forma en que influye en ese entorno más o menos legendario; todo se encamina a esa consecución, a ese final, ya sea mediante la ayuda de otras personas o mediante la ayuda de los propios mitagos.
Al mismo tiempo, la génesis de los mitagos, la aparición de esos seres en la vida real, queda supeditada a ciertos bosques con unas condiciones muy particulares, sobre todo robledos, los cuales, según este escritor inglés, poseen en su propia estructura una especie de vórtice energético que permite extraer de las mentes más sensitivas esas imágenes y darles forma. De alguna manera, se reivindica al fin y al cabo un concepto de nuestro planeta similar al de la moderna Gaia, una entidad viva que vibra con múltiples frecuencias y energías. Son estas energías, denominadas por algunos hoy en día como campos morfogenéticos, las que permitirían que una imagen nebulosa en el inconsciente más profundo de un individuo sensitivo aflorara a la superficie bajo la forma de un ser real que podría sobrevivir incluso a su creador.
Aunque sólo se trata de literatura de ficción, difícil de englobar en cualquier subgénero conocido hasta el momento, la fuerza de las imágenes recreadas por Robert Holdstock es tanta que su obra trasciende los límites de la realidad, dejando en el lector la duda de sí realmente pueden existir lugares como el Bosque Ryhope, y plasmando un paraje lleno de figuras conocidas por todos, pero sutilmente diferentes. Estas figuras, algunas de ellas más conscientes de su realidad irreal que otras, son las que nos guían por el intrincado mundo de nuestros sueños más antiguos y los arquetipos más viejos de la Humanidad, entendiendo como tales los grandes logros que marcaron en el ser humano una impronta difícilmente olvidable: el descubrimiento del fuego, el paso del cazador al recolector, de éste al agricultor, la doma de los animales salvajes, y así paulatinamente hasta llegar al hombre actual, lo que se condensa, dentro de la obra onírica de este escritor, en la conversión que va desde el hombre nómada, itinerante hasta el sabio, pasando previamente por los estadios de cazador y, posteriormente, guerrero.
La obra de Holdstock está extrañamente llena de energía, de una energía nebulosa latente en todas partes y que, en determinados puntos, es capaz de obrar el milagro de llevar a una persona capaz de sentir esas energías, mediante un juego complicado que termina por no ser sino un viaje al interior de uno mismo, hasta el punto más antiguo que es capaz de recordar la Humanidad, hasta una especie de oasis o edén que se desvanece cuando comienzan a cernirse sobre los hombres las nubes del cambio.
En suma, nos encontramos, con Robert Holdstock, frente al hombre que profundiza en los rincones más profundos de nuestra mente y los golpea con fuerza para intentar extraer las imágenes más profundas que subyacen en nuestro subconsciente, para demostrarnos que el hombre no es sólo un cuerpo y un alma, sino también unos recuerdos casi más antiguos que la Humanidad misma.

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