sábado, 13 de diciembre de 2014

LAS GUERRAS INDIAS



              
                THE NEW LHORK HERALD TRIBUNE

                                                     LAS GUERRAS INDIAS


Más Erre (¿Cuántas van?).- Bufalhork Bill se acercaba al teepee de Caballo Lhorko. Invitado por su viejo amigo de juergas, se sorprendió al oír los estruendos, gritos, explosiones y demás ruidos que salían de la cabaña. Sacando su revólver, entró precipitadamente en la tienda, para ver al gran jefe indio cómodamente sentado, con una pantalla de televisión delante y un extraño trasto entre las manos, que aporreaba furio­samente.
-¿Qué es ese ruido infernal? -exclamó asombra­do.
-Tranquilo, Bill -Le aconsejó el indio-. Este es el último invento de vues­tros sabios: lo llaman consolador, o algo por el estilo. Sirve para distraer­se mirando la caja de imáge­nes y ordenando a las figu­ritas que hagan una serie de cosas con esto -Levantó una especie de pitillera plana, con varios botones de bri­llantes colores-. Muy diver­tido.
-Pensaba que alguien te estaba torturando.
-Pero siéntate, por favor. Mientras hablamos tranquilamente, pediré al camarero un par de JB.
-¿Te has enterado de lo de Custer? -Le comentó Bufalhork Bill-. Está empe­ñado en echar del Círculo a todos los indios, empezando por Toro Sentado.
-Y Toro Sentado está empeñado en llegar a ser el presidente del Círculo -Dijo a su vez el indio-. Me temo que esto puede terminar muy mal.
-Lo peor de todo van a ser los costos -Ratificó el veterano explorador-. Los seguros tendrán que pagar un montón de dinero por los destrozos de material, y la Administración tendrá que gestionar un montón de pensiones de viudedad y heridas de guerra. Los funcionarios, desde luego, no van a estar nada conten­tos con tanto trabajo.
-Si pudiéramos hacer algo para evitar esta gue­rra...
-Tal vez podamos infil­trar algún topo en las líneas de ambos contendien­tes -Bufalhork Bill estaba pensando en un diabólico plan-. ¿Qué se sabe de aquel extremista chiflado que vestía siempre de negro? Era un tal Mululu, o algo así.
-Precisamente ése está infiltrado en las filas de Custer -Aseguró Caballo Lhorko-. Y sembrando cizaña, en lugar de calmar los ánimos.
-¡Porras! -Exclamó el soldado-. Pero vamos a ver: ¿de qué lado está ese tipo?
-Cuando lo sepas, me lo dices -Sugirió el indio-. Siempre anda por ahí metien­do el cuezo. Lo último que sé es que entre él y Javie­rix consiguieron encontrar a Curro y devolverlo a su sitio, a la Expo 92. Eso sí -sonrió-, después de cargar­le a base de bien de cerveza y martinis.
-¿Entonces, le han despedido de su puesto de trabajo? -Se sorprendió Bill.
-Eso me temo. Se pasaba todo el tiempo escondido por ahí, tumbado a la bartola en el primer paraíso que encon­traba, y se había olvidado de proseguir con los anun­cios aquellos de viajes. ¿Por qué crees que le salie­ron tantos imitadores?
-Entonces, volviendo al tema con el que estábamos, ¿no se ve ninguna perspecti­va de solución?
En ese momento, un indio entró en la tienda.
-Gran jefe, una delega­ción de paparazzis está aquí -Anunció-. Dicen querer hacerle una entrevista acerca de sus amoríos con Calamity Jane y sus líos con Toro Sentado.
-Díles que se vayan a freír búfalos -Se indignó Caballo Lhorko, echando con cajas destempladas al emisa­rio.
-¿Calamity Jane? -Se soliviantó Búfalhork Bill-. ¿Qué tienes tú que ver con ella? ¿No me estaréis po­niendo los cuernos?
-¡Que va! -Se burló el indio, mirando indeciso a su amigo-. Esos dichosos perio­distas son capaces de cual­quier cosa con tal de conse­guir una exclusiva.
-¡A ver si ahora va a resultar que tú y yo vamos a terminar como Custer y Toro Sentado!
-Venga, no te sulfures -Le animó el indio-. No pasa nada.
-Bueno, más te vale -Le amenazó el soldado agitando un dedo ante sus narices-. Tengo cosas que hacer, y no me gustaría tener que volver aquí con el Séptimo de Caballería.
Con un bufido, salió de la tienda, dejando a Caballo Lhorko entretenido con su consola.
Un rato después, cuando consideró que Búfalhork Bill se había alejado suficiente, apagó el trasto y abrió una puerta camuflada al fondo.
-Ya puedes pasar, querida -Llamó-. Ya se ha ido ese pesado.
Calamity Jane cruzó el umbral, con la mala fortuna de tropezar con un armario empotrado, yendo a darse de bruces contra el escritorio.
-Querida, eso es lo que más me gusta de ti -Aseguró dulcemente el indio -: tu maravillosa capacidad para saltarte los piños en cual­quier momento y ocasión.

Jose Francisco Sastre García


Nota de la redacción: tras la última entrega de las aberrantes y delirantes historias de nuestro antiguo articulista, decidimos minar todo el edificio. A ver si de esa manera conseguíamos deshacernos de él de una dichosa vez. Pero ni por esas.
Todas las oficinas habían sido reforzadas con rayos láser que las cruzaban en todas direcciones y a todas las alturas, mientras que por el suelo, conectadas a la vez que la red láser, habíamos dispuesto minas de contacto. Sin embargo, cuando la gente acudió por la mañana a preparar la nueva entrega del fanzine Lhork, se encontraron con el ordenador que una vez ocupó el Sr. Sastre echando más humo que una olla a express, y la impresora completamente quemada. Al parecer, el dichoso articulista se había vuelto a colar, sin saber cómo, y había hecho saltar los plomos de ambos aparatos tras una infernal sesión de escritura e impresión.
Tras unos minutos de estupor, y después de notar el frío que nos congelaba a pesar de tener puesta la calefacción al máximo, conseguimos averiguar cómo había conseguido saltarse nuestras medidas de seguridad: en el techo del edificio había un enorme boquete, de más de tres metros de diámetro, justo encima de la mesa de nuestro antiguo articulista. Los bordes aparecían quemados, como si hubiera usado una potente bomba.
Rogamos a cualquier dios que quiera escucharnos para que castigue a este hombre. Amén.

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